Rebel (Renegados 3) Capítulo siete. Penna #2
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Capítulo siete. Penna #2

—Es un profesor —mascullé entre dientes, negando con la cabeza, mientras ponía los libros en el escritorio.

Si mantenía la cabeza gacha toda la clase, tal vez lograría sobrevivir sin ponerme en evidencia.

Al fin y al cabo, él había puesto las normas (y con razón) y lo mínimo que podía hacer era respetarlas.

Él era el profesor y yo la alumna. Y punto.

Podía aguantar toda la clase allí sentada sin problema, siempre y cuando recordara eso.

—Buenas tardes —dijo Cruz al entrar.

Como un imán, levanté la cabeza de golpe y mis ojos fueron directos a él.

Uf. Hoy llevaba unos vaqueros con una camisa azul claro arremangada y una corbata azul oscuro.

Se había dejado crecer una barba oscura y tupida que le bordeaba la mandíbula en los escasos cuatro días que habían pasado desde que yo había empezado a eludirlo minuciosamente, y llevaba el pelo despeinado a propósito.

De pronto, me quedé sin aliento cuando nuestras miradas se cruzaron durante un segundo cargado de electricidad, y bajé la vista de nuevo al papel.

Quería tomarlo de la corbata, como había sugerido Rachel, acercarlo para darle un beso, sentir sus manos en mi cuerpo y oír sus palabras suavizando las asperezas de mi alma.

Lo nuestro no había sido solo una conexión física.

Eso habría podido superarlo. Era la forma en que me veía a través de la coraza de Rebel: a mí .

La forma en que, en esas pocas horas con él, me había sentido inexplicablemente a salvo y, al mismo tiempo, desafiada.

De algún modo, Cruz veía más allá de toda la fachada y esperaba que yo hiciera lo mismo.

Se dirigió al asiento más alejado de la parte delantera del aula con un bol y una hoja en las manos.

—Primero lo primero. Tomen un número del bol y escriban su nombre al lado del número que les toque.

No se olviden de quedarse con el número para que no le toque a nadie más por error.

Van a entregar muchísimos trabajos en esta asignatura para prepararse para la tesis del seminario de investigación, que se entrega un día antes de llegar a Miami.

Eso será apenas dos días después de nuestra última excursión por la costa, que será en Cuba.

La forma en que había pronunciado la palabra «Cuba» con su acento hizo que apretara más fuerte el lápiz.

¿Cómo era posible que alguien tan sexy diera clases?

Bastaba con oír su voz para que me pusiera a cruzar y descruzar las piernas.

Qué sutil, Penna. ¿No había ninguna regla que prohibiera a los profesores sensuales?

—Para poder ponerles nota sin prejuicios a medida que pasa el trimestre, solo van a escribir su número en la primera hoja de cada trabajo y luego lo entregarán dado vuelta. Así será la dinámica.

Me lanzó una mirada fugaz y luego apartó la vista mientras se aclaraba la garganta.

Había encontrado una manera de ponerme notas de manera justa para no favorecerme ni castigarme por nuestra historia.

Si es que se podían considerar «historia» las pocas horas que habíamos pasado juntos.

La verdad era que, para mí, se trataba más bien de algo del presente.

No perdió el tiempo y empezó de inmediato con la lectura sobre las culturas azteca y maya que nos había asignado.

Dejé la vista clavada en el texto y mis apuntes durante el resto de la clase, porque sabía que era mucho más seguro que mirar a Cruz.

Bueno, tal vez eso iba a ser más difícil de lo que pensaba.

Seis horas después, él seguía dándome vueltas en la cabeza cuando apoyé la botella de agua en la consola de la cinta de correr del gimnasio desierto.

Las máquinas estaban orientadas hacia el agua, lo que ofrecía una vista hermosa para correr mientras todavía había luz suficiente para ver el vasto océano.

Estábamos muy adentro en alta mar, sin nada de tierra a la vista, lo cual era justamente mi parte favorita de esta aventura por el mundo.

Los días en los que estábamos aislados del resto del planeta.

Sin retos. Nada de turismo. Nada de llamadas por teléfono.

Nada de correos electrónicos externos. Solo el dulce y glorioso aislamiento.

Aunque, la verdad, nadie había intentado ponerse en contacto conmigo desde que había vuelto al Athena .

Mis padres estaban ocupados con Brooke y todos mis demás seres queridos, excepto Nick, estaban a bordo.

De hecho, había estado ignorando sus correos electrónicos sobre el diseño de las rampas, ya que no tenía ni idea de si iba a necesitar algo en especial para la exhibición final.

Ni siquiera sabía si me iba a presentar a la exhibición final.

Estaba elongando las pantorrillas cuando entró Cruz, con toda la atención puesta en su teléfono. Llevaba unos shorts y una camiseta sin mangas de Under Armour, y de pronto me sentí muy expuesta con mis mallas capri y mi sostén deportivo.

—Doctor Delgado —dije, para no sorprenderlo.

Capté su atención de inmediato y se le insinuó una leve sonrisa en los labios antes de que los pusiera serios.

—Carstairs, ¿te estás preparando para correr?

—Nah. Solo me gusta venir aquí a elongar en la cinta.

—Qué bien —dijo con una amplia sonrisa—. Pensé que esta sería la mejor hora para correr un poco sin que hubiera mucha gente. —Se subió a la cinta que estaba al lado de la mía—. Por lo menos, la música funciona —dijo, asintiendo hacia su teléfono—. ¿Tú corres sin música?

—Sí —contesté, negando con la cabeza—, para mí correr es como estar sentada en el fondo de una piscina. Lo hago para ahogar el ruido, no para exponerme a más ruido.

—¿Quieres contarme qué es lo que estás ahogando? —Me miró pensativo y, en ese momento, no sentí que estuviéramos en el océano Pacífico Norte. Sentía que ese tenso entendimiento mutuo era como el de Las Vegas... y algo más.

¿Cuánto tiempo duraría esa tensión entre nosotros? ¿Se iría apagando con el paso de las semanas? ¿Lo suficiente para hacer que el trimestre fuera un poco más soportable?

—¿Lo dices como mi profesor?

Se le movieron los músculos del bíceps, haciendo ondear el tatuaje de la División, mientras alargaba el brazo hacia el panel de la cinta de correr y la encendía.

Una cicatriz que tenía al lado del paracaídas del tatuaje llamó mi atención.

Era una quemadura del ancho de mi pulgar, con forma de círculo perfecto.

Aparté la mirada rápidamente. Ni Cruz ni sus cicatrices eran asunto mío.

—Como alguien que se preocupa por ti.

—Tú preocúpate por seguirme el ritmo —dije, y prendí la cinta de correr mientras lo evadía. Mis pies encontraron su ritmo, al lado del suyo.

—Yo corro desde antes de que nacieras —bromeó.

—Vamos, no me llevas tantos años. ¿Cuántos, cinco, seis? No es nada.

Se rio con un sonido grave que me puso la piel de gallina.

—Pero ahora mismo es todo. Y sí, ya corría a los cinco. Donde crecí, era necesario.

—¿Dónde fue eso? —Aumentamos la velocidad después de los primeros cuatrocientos metros.

—En Cuba.

Que no se te escape un gemido. Esa palabra no es sexy.

—Guau. ¿Cómo hiciste para...? —Le hice un gesto con la mano, sin perder el ritmo. Qué bien poder mantener una conversación a este ritmo. Tal vez no estaba tan fuera de forma como pensaba.