Capítulo seis. Cruz #3
—¿A todos los profesores les dan una suite? —pregunté, tratando de pensar en algo que decir que no fuera «Necesito un ratito a solas para pensar en qué demonios acaba de pasar con Penélope».
—Sí. Las suites son todas para los profesores, excepto las de la cubierta diez.
Esas son de Paxton Wilder y su grupo de temerarios, porque él es el dueño del barco.
Son bastante buena onda, cuando no están aterrorizando a todo el barco con sus retos.
Hace unos meses, ¡te juro que hicieron parasailing detrás del barco!
Wilder, que tiene veintidós años, es el dueño del barco. Son unos temerarios. Penélope. La cabeza me dio un vuelco y empecé a asimilar toda la información que me llegaba.
—Ah, ¿sí? —pregunté.
—¡Sí! —frunció el ceño—. Ay, Dios, no paro de hablar. Seguro que ya tienes ganas de que se te pase el jet lag, ¿no?
—Sí, más o menos —dije, forzando una breve sonrisa.
—Bueno, ¿quieres que te enseñe el comedor más tarde? —preguntó, apoyándome la mano en el antebrazo.
Para nada.
Me acerqué a mi puerta con la tarjeta en la mano, interrumpiendo el contacto de manera natural.
—La verdad es que sí, sería perfecto. ¿Y si invitamos a un par de docentes más? No me vendría mal hacer amigos.
Se le apagó un poco la sonrisa, pero asintió con la cabeza.
—Sí, totalmente. ¿A las seis te parece bien?
—Sí —respondí. Tras un saludo torpe y distante, pasé por la puerta de mi suite y, por fin, me quedé solo.
Fui directo a mi dormitorio, el primero a la derecha, y tiré el bolso de cuero en la cama, donde estaba mi maleta abierta y desordenada por haber buscado frenéticamente la ropa que había preparado para la clase.
Busqué el archivo que le había preparado a Elisa y lo abrí para ver su foto.
Era la foto más reciente que me había enviado.
Tenía unos ojos demasiado familiares, una sonrisa que había visto miles de veces...
Dios, se parecía tanto a ella ... Volví a colocar la foto encima de las demás, las que ya no podía mirar ni una vez más: las que había tomado para documentar sus golpes, las cicatrices de los clavos que le habían puesto en el brazo la última vez que se lo había roto.
Nunca más , me prometí a mí mismo. Pero cada día que ella pasaba con él era un día más, un día cargado de la posibilidad de que no saliera de ahí con vida. Faltaban demasiados días para poder llegar a ella, pero ya estaba en camino. Cerré el archivo y lo metí en el último cajón de la mesa de noche.
Pasé por alto el desorden, algo inusual en mí, y salí al balcón privado de mi habitación. Apoyado en la baranda blanca, admiré la vista al mar y me relajé con la brisa. Decidí que ese lugar sería mi refugio, donde pudiera empaparme de la calma que tanto necesitaba.
—No me digas que no le estabas mirando el culo.
Oí la voz femenina que venía de arriba y estuve a punto de soltar una risa. Se terminó la calma. Aunque, en realidad, estaba en un crucero lleno de chicos universitarios. La única calma que iba a encontrar seguramente sería en mi camarote. Me di la vuelta para entrar negando con la cabeza.
—No. Te aseguro que no.
Me frené en seco. Conocía esa voz.
—Ay, por favor. Hasta Leah se estaba babeando, y ella está prácticamente casada con Wilder. Yo estoy con Landon y tú eres la única soltera que puede darnos una opinión completamente imparcial sobre el nivel de sensualidad del profesor nuevo.
Ah, mierda . Estaban hablando de mí.
Tendría que haber entrado. Debería cerrar la puerta, empezar a desempacar y luego ir al gimnasio.
Pero no podía mover los pies.
—No está mal —respondió.
—¡Qué mentirosa, Penna!
Cerré despacio los ojos al confirmar que había adivinado quién era la dueña de esa dulce voz.
—No estoy mintiendo. Tal vez no es mi tipo y ya está. Tal vez me gustan más los rubios larguiruchos que...
—¿… los tipos sin un gramo de grasa de más, que te dan ganas de traerlos de la corbata para darles un beso?
—Me pregunto cómo se llamará. Seguro que es un nombre delicioso.
—Es un profesor, así que hay que decirle «doctor» —espetó Penélope.
—No la molestes más, Rachel.
Por fin me volvieron a funcionar los pies, pero, en lugar de entrar, volví a apoyarme en la baranda.
—Bueno. Perdón, Penna. Es que me parece que tal vez deberías salir un poco más. Sabes que Alex estuvo molestando a Landon para que te emparejara con él.
Me dio un vuelco el estómago, aunque mi cerebro intentaba pararme los pies.
—Eh, sí, eso no va a pasar —respondió Penélope.
Me negaba a creer que la respuesta de mi estómago fuera relajarse, pero así fue.
—Sí, bueno, piénsalo, nada más. Leah, ¿vienes?
—Sí, claro. Nos vemos para cenar, Penna.
Oí cómo se cerraba la puerta corrediza del piso de arriba y, al levantar la vista, vi a Penélope apoyada en su baranda, con el pelo rubio suelto y al viento.
Me ignoraba por completo, aunque yo estaba justo debajo de ella.
Contuve todos mis impulsos de llamarla, entré en mi habitación y cerré la puerta.
Ya no era la chica cautivadora, hermosa, emocionante y peligrosamente dañada con la que había conectado en Las Vegas. Era una alumna.
Y tenía razón.
Mierda, qué barco más pequeño.