Capítulo seis. Cruz #2
—Por estos cinco minutos no, ¿te acuerdas? —Se cruzó de brazos debajo de sus perfectos pechos y levantó una ceja.
Mierda, esta era una mujer que sabía contraatacar.
—Cierto.
La tensión entre los dos aumentó, con una presencia casi tangible.
—¿Qué hacemos? —preguntó en tono suave, deshaciendo esa actitud agresiva que me había enganchado en Las Vegas y mostrando esa parte vulnerable que me terminó de atrapar.
—No hay nada que hacer —respondí, bajando la voz—. Yo soy tu profesor. Tú eres mi alumna durante los próximos tres meses.
—¿Y después?
—Te irás a tu casa y yo me iré a la Costa Este. Tengo que ir a trabajar allí.
Bajó la vista al escritorio y no me gustó nada cómo cerró despacio los ojos.
—Bueno, pero ¿y si me cambio a otro seminario de investigación?
—Penélope.
Tragó saliva.
—Mírame. —Mi voz era tan suave que era casi un susurro.
Levantó la mirada lentamente hasta que esas esferas del color del Caribe se posaron en mí y, por poco, me hicieron perder la determinación de decir lo que tenía que decir.
—No importaría. Sigues siendo una alumna y yo sigo siendo un profesor que no se puede permitir que lo echen de su primer trabajo porque tiene...
—Mierda, no podía ni pensar las palabras.
Porque no existían. Lo nuestro no era algo de una noche, porque no habíamos podido terminarla.
Dios, cómo me habría gustado terminar la noche.
No estábamos juntos en ningún sentido de la palabra y, aun así, habíamos experimentado algo intenso y significativo.
Sabía en lo más profundo de mi ser que ella también lo había sentido.
Volvió a levantar esa ceja, desafiándome a encontrar las palabras—.
Bueno, lo diré: porque tengo una conexión con una alumna.
Parpadeó rápidamente y asintió.
—Claro. Sí, claro, tienes razón. Además, necesito aprobar Historia para graduarme y no hay otra asignatura de Historia en este momento. Es un barco pequeño.
—Es un barco pequeño —coincidí, y en ese momento me di cuenta de lo difícil que iba a ser. Ella iba a estar en todas partes: en mi clase, en los pasillos, en la cafetería, en mi cabeza... pero nunca en mi cama. A partir de ese momento, era intocable.
—¿Quieres que renuncie a la asignatura?
—No —negué con la cabeza.
—No hay motivo para castigarte, sobre todo si necesitas aprobar la asignatura para graduarte. No lo sabíamos de antemano.
—Pero ¿no te va a generar problemas?
La preocupación que se reflejaba en su mirada y la arruguita que le apareció entre las cejas estuvieron a punto de hacerme cambiar de opinión. Más allá de que solo hubiéramos pasado unas horas juntos, me importaba esta chica, esta mujer, y sabía que a ella también le importaba yo.
—Creo que, mientras seamos discretos sobre nuestro pasado, todo irá bien. No puedo permitirme perder este trabajo. — Ni mi única oportunidad de llegar a Elisa.
—Cuando dices «discreto», quieres decir «secreto». —Se le escapó una mirada al reloj. Ya casi se terminaban nuestros cinco minutos.
—Solo si tú estás de acuerdo. Nunca te pediría que mintieras por mí. — Y no importa lo que pueda llegar a costarme.
—Por supuesto que voy a guardar el secreto. No quiero que te quedes sin trabajo. Como dijiste, tampoco es que lo supiéramos de antemano. —Negó con la cabeza y soltó un resoplido de exasperación—. Ojalá siguiéramos sin saberlo.
—Penélope —susurré, como si el dolor que me rebanó el pecho también me hubiera cortado las cuerdas vocales.
—Ya sé. Me tendría que ir yendo.
—Espera. Me quedan treinta segundos más. —Se me escaparon las palabras de los labios antes de que pudiera pensarlo mejor—. Ojalá tuviera algo mejor que decir para llenarlos.
—No hace falta que digas nada —respondió.
Nos quedamos ahí, mirándonos fijamente, escuchando el tic-tac del reloj de los segundos que pasaban como si fueran un metrónomo.
El escritorio seguía en medio de los dos, como una tierra de nadie.
Pero, carajo, todavía la sentía entre mis brazos en Las Vegas.
Se me crisparon los dedos al recordar su piel sedosa. Era una locura. Una demencia total.
—Se terminó el tiempo —dijo, dando un paso atrás—. Dr. Delgado.
—Carstairs —dije, inclinando la cabeza.
—Supongo que nos veremos por ahí. Es un barco pequeño, ¿no? —Forzó una sonrisa y salió sin esperar respuesta.
—Es un barco pequeño —le dije a mi aula vacía.
***
—Bueno, ¿necesitas ayuda con algo? —preguntó Lindsay mientras salíamos del ascensor en la cubierta nueve.
La profesora rubia, que parecía tener unos pocos años más que yo, había tenido la amabilidad de enseñarme dónde estaba mi habitación, que estaba al otro lado del pasillo de la suya, cuando subí a bordo esa mañana.
Era guapa, con una cara y una figura normales...
O tal vez era hermosa, pero Penélope había dejado la vara muy alta.
—Creo que no —respondí—. Hasta ahora ya he encontrado mi habitación, el baño y mi aula.
—¿Qué te pareció la suite? —preguntó mientras nos acercábamos a la puerta que estaba al final del largo pasillo.
—Es muy bonita. Y me cae bien el profesor con el que me tocó compartirla, Westwick.
—Es simpático —dijo asintiendo con la cabeza.