Rebel (Renegados 3) Capítulo seis. Cruz
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Capítulo seis. Cruz

CAPÍTULO SEIS CRUZ

EN EL MAR

Dr. Delgado . Después de tantos años rompiéndome el lomo, por fin podía decírselo a un aula llena de estudiantes.

Sabía que solo estaba allí porque la doctora Messina había sido mi mentora en la UCLA el año anterior, pero con eso me conformaba.

Era profesor universitario..., siempre y cuando no la cagara.

Las Vegas casi me arruina esta oportunidad, pero tenía que admitir que no podía dejar de pensar en ella cada cinco minutos. Penélope no era una chica de la que uno se olvidara fácilmente.

Hice un esfuerzo por mirar a los ojos a cada uno de mis alumnos mientras pasaba la mirada por el aula, de derecha a izquierda, asegurándome de mirarlos a todos y reconocerlos como individuos.

—Nos queda poco más de una semana hasta que crucemos el Pacífico y empecemos a bajar por la costa; después, espero que asistan al 90 % de mis excursiones por tierra firme para la asignatura.

—Miré la fila siguiente, donde un tipo que me resultaba extrañamente familiar me tomó desprevenido por un instante.

Luego, un manojo de pelo rubio captó mi atención y se me fue la mirada un segundo—.

Sé que tienen otras asignaturas, pero...

Mierda. No puede ser.

Sentada en mi clase, con la boca entreabierta —con esos labios suaves y hermosos apenas separados— y unos ojos celestes cristalinos abiertos de par en par, estaba Penélope.

Mi Penélope .

Aparté ese pensamiento de mi mente.

Estaba aquí. En este barco. En mi aula. No hacía falta buscar en Facebook a todas las Penélopes rubias. No hacía falta que saliera en busca de Brandon Wilder —al menos había conseguido esa información de la policía— y le rogara que me dijera dónde encontrar a mi Cenicienta.

La tenía sentada justo enfrente de mí.

Un chico tosió y me hizo parpadear. Mierda . Estaba de pie frente a mi primer grupo universitario, mirando fijamente a una alumna .

—Bueno —dije, y bajé la vista a la alfombra industrial que tenía debajo de los pies para quitarle los putos ojos de encima a Penélope.

Sacudí la cabeza, me tranquilicé en un segundo y volví a levantar la mirada.

Si había sido capaz de pasar un año en una base avanzada en la frontera entre Afganistán y Pakistán, podía con esto.

Levanté la cabeza y miré a los ojos a todos los alumnos, uno por uno. Bueno, a todos menos a una.

—Perdón. Como decía, espero que asistan al 90 % de mis excursiones en tierra firme. La tesis no es poca cosa y les conviene aprovechar todas las experiencias que les pueda ofrecer.

Entonces, mi atención se desvió hacia la mirada atónita de Penélope, que tenía la cabeza ladeada como si no pudiera creer que yo estuviera allí. Su rostro lo decía todo.

Aparté la mirada y volví a mi escritorio, donde había dejado una carpeta con unas copias del programa. Contrólate, porque si no vas a arruinar todo.

Con los papeles en la mano, fui hasta la primera fila de cada hilera y di un montón a cada alumno para que se lo pasara al de detrás.

—Este es el programa de este trimestre —dije mientras me apoyaba en el escritorio y miraba a cualquiera menos a Penélope—. Cuando piensen en el tema de su tesis, que si miran el programa verán que tiene fecha de entrega el quince de marzo, lo cual coincide con...

—Perú —dijo una alumna del lado derecho del aula.

—Perú —confirmé—. Los temas que me parecen interesantes están relacionados con la cultura y la historia: cómo los acontecimientos forjan a las personas que, a su vez, forjan su nación, y viceversa.

Este trimestre tendrán muchas oportunidades para sumergirse en la rica historia de Latinoamérica.

Como lo único que tenía planeado para la clase de hoy era asignarles las lecturas y entregarles los programas, ¿hay alguna pregunta?

—Hice una pausa y, como nadie levantó la mano, di por finalizada la clase y les recordé que mis horarios de consulta y mi dirección de correo electrónico estaban en la parte trasera de la descripción del curso.

Me mantuve ocupado apilando mis papeles, rogando que Penélope no se quedara mientras salían los demás alumnos. Cuando se cerró la puerta y quedé solo, sumido en un silencio glorioso, me apoyé en el escritorio y me froté los ojos con las manos.

Todo va a ir bien. Podía ignorarla, hacer como si no conociera el espíritu rebelde que se escondía detrás de sus ojos azules, como si no supiera que el sabor de sus besos era el del pecado más dulce, ni cómo se sentía tocarla por debajo de esos vaqueros.

Mierda, esto estaba mal. Ya no podía pensar en ella de esa manera. De alguna forma, estábamos juntos al otro lado del mundo y ahora era mi alumna. Nada más. Alumna.

Un momento, o sea que...

Mis dedos fueron volando a buscar entre los contenidos del sobre de manila del escritorio, luego recorrieron toda la lista de nombres hasta encontrar el suyo.

—Penélope Carstairs —dije en voz baja, probando cómo sonaba en mi boca.

Se me encogió el estómago cuando la sorpresa dio paso a algo más oscuro. ¿Cómo era posible? ¿Cómo era posible que hubiera vuelto a encontrar a esta mujer extraordinaria solo para que estuviera completamente prohibida?

—Va a estar todo bien —me repetí la mentira en voz baja. Había pasado solo unas horas con ella; tampoco teníamos una historia juntos.

Habíamos tenido una conexión.

Nos habíamos dado un par de besos, ¿y qué? No habíamos tenido sexo, así que ese límite no lo habíamos cruzado, ¿no? No estaba enamorado de ella. Qué digo, si apenas la conocía. Nada más resultaba ser que teníamos cierta química.

Una química tan fogosa que te prendía fuego las terminaciones nerviosas.

Y el sentido común.

Repasé el resto de la lista de alumnos y me fijé en otro apellido. Bueno, pero qué espectacular, ¿no? Tal vez al final no era mi Penélope.

Se abrió la puerta y me di la vuelta para encontrarme con la misma mujer con la que llevaba obsesionado cuarenta y ocho horas. Miró atentamente todo el aula y, al ver que estábamos solos, cerró la puerta detrás de sí, con el labio inferior apretado entre los dientes.

Yo sabía exactamente lo suave que era ese labio y cómo le gustaba que se lo mordisqueara apenas un poquito.

Alumna. Es una alumna.

—Carstairs —dije con voz suave. Pero carajo, me salió mucho más íntimo de lo que quería.

—Dr. Delgado.

Mierda, eso sonaba todavía mejor saliendo de su boca que de la mía.

Examinó el suelo, el techo, cada una de las paredes y el ventanal antes de permitirse mirarme a mí.

Pasaron unos segundos en silencio y nos quedamos ahí, mirándonos.

Esa conexión intensa no era algo que me hubiera imaginado.

Era real. Era eléctrica, y ahora suponía un peligro para todo en lo que había estado trabajando.

Me había metido en un lío y, la verdad, me habría gustado meterme en otra cosa.

—Penélope —susurré, permitiéndome ese simple placer.

—Cruz —respondió con una sonrisa tímida. Cuando dio un paso hacia mí, di un paso atrás y rodeé el escritorio para que me protegiera.

—Tú te quedas ahí. Yo me quedo aquí —dije.

Se limitó a levantar una ceja.

Tragué saliva.

—Soy tu profesor. Tú eres mi alumna.

—Esto es muy jodido —dijo, pasándose las manos por la cara. Yo quería quitárselas, hacer que me mirara con esos ojos del color del mar para poder solucionarlo todo.

Pero no había forma de solucionarlo.

Tenía tantas preguntas que hacerle. Quería preguntarle cómo había llegado hasta allí. De dónde venía en realidad. Qué hacía en Las Vegas en un principio.

—¿Paxton Wilder es tu novio?

Mierda, no era eso lo que quería preguntarle.

—A mi profesor no le importaría —respondió con una sonrisa que me dejó sin aliento. Era demasiado hermosa para mi propia paz mental.

—Bueno, pues durante los próximos cinco minutos, hagamos como si no lo fuera. Después nos ponemos cada uno en su rol oficial —propuse. Ese tenía que ser el mejor plan, ¿no? Si no, me volvería loco con las preguntas.

—Entonces, ¿a Cruz le importa, pero al doctor Delgado no? —preguntó Penélope con una sonrisita de satisfacción increíblemente sexy.

—Algo así —admití. Y cómo me importaba.

—Pax es básicamente mi hermano. Brandon también. Por eso lo llamé para que nos sacara del lío en el que nos metimos en Las Vegas. Tiene mucha experiencia en solucionar nuestros problemas.

—¿Eso pasa muy a menudo?

—¿Que nos arresten o que metamos la pata?

—¿Las dos cosas? ¿Cualquiera de las dos? —Di un paso atrás, tratando de poner más distancia entre nosotros. Aunque, en realidad, no importaba. Hasta el aire que nos separaba estaba cargado de electricidad.

Se encogió de hombros.

—A Pax lo arrestaron en Madagascar, pero esa es una historia larga. —Como si recordara lo que hubiera pasado, se le apagó el rostro—. Pero sí, cometemos errores. Podría decirse que eso es lo nuestro.

—Conocen gente en bares, los llevan a hacer salto BASE y, después...

—¡No, y lo otro menos! Nunca había hecho ninguna de esas dos cosas. Además, ¿tú qué eres?, ¿el profesor más joven de la historia de...? —Gesticuló bruscamente con las manos—. Bueno, sí, ¿el profesor más joven de la historia?

—Bien expresado —reí—. Me gradué del instituto a los diecisiete, con suficientes cursos avanzados para entrar directamente en segundo año de la universidad.

Me alisté en el ejército y tomé clases a través de su programa todos los días durante mis tres años de servicio.

Recibí la licenciatura apenas salí, a los veinte años.

Le dediqué dos años a la maestría y después pasé directamente a un doctorado.

De hecho, acabo de defender mi tesis durante el receso.

La doctora Messina fue mi directora de tesis y me pidió que la reemplazara durante los últimos tres meses porque no podía quedarse y yo estaba libre hasta el otoño.

Solo fui a Las Vegas para despedirme de mis amigos antes de tomar el vuelo.

—Pero eres tan joven... y sexy. ¿Ya te he dicho que eres sexy? Y besas muy bien.

No le hice caso a mi verga, que se despertó de golpe, y le ordené a mi cerebro que dejara de revivir las imágenes de ella en la cama, debajo de mí.

—Soy tu profesor, Penélope.