Capítulo cinco. Penna #3
Ellos dos y la familia que habíamos construido eran lo único de lo que había estado segura en toda mi vida.
Se había sumado Nick y Brooke había sido mi sostén; mi futuro había sido tan claro desde el momento en que toqué una moto de cross.
Pero entonces Nick quedó en silla de ruedas y Brooke se convirtió en la más temeraria del grupo y se fue todo a la mierda.
Se abrió suavemente la puerta corrediza a nuestras espaldas.
—Oigan, no quiero interrumpir, pero vamos a llegar tarde a clase si no salimos ya —dijo Leah.
—¿Penna? —preguntó Landon.
—Estoy aquí, ¿no? —Forcé una sonrisa, pero por la mirada de Pax se notaba claramente que era falsa.
—Vamos a clase. Después vemos qué hacer con este tema.
Pax apretó la mandíbula y Landon me estrechó más con el brazo, pero los dos asintieron.
Esta conversación daba para más que los diez minutos que le habíamos dedicado.
De hecho, daba para más de diez horas. El problema era que ahora había admitido que quería irme a casa.
Al decirlo en voz alta, había dado fuerza a las palabras y resquebrajado otra capa de mi fachada de Rebel.
Me cambié rápido porque necesitaba quitarme el olor a avión.
Después de ponerme unos vaqueros ajustados, mi camiseta de la Mujer Maravilla y mis Vans, me recogí el pelo en una coleta suelta sobre la cabeza y aparté de un soplido los mechones que se me vinieron a la cara.
Como no tenía que impresionar a nadie, el maquillaje de esa mañana —o, mejor dicho, el de la noche anterior— iba a estar bien.
Diez minutos después, el centro del aula estaba ocupado por los Renegades y Landon y Pax me flanqueaban, como si temieran que me diera la vuelta y saliera corriendo en cualquier momento.
Saqué mi cuaderno y mi bolígrafo violeta de la mochila y los puse sobre mi escritorio mientras Pax miraba a través de los ventanales, que iban del suelo al techo y ofrecían una vista plena del mar abierto.
¿A Cruz le gustaría este lugar? ¿Era de los que preferían la montaña o el mar? ¿O los dos?
—... así que al final se fue —oí que decía Leah detrás de Pax, interrumpiendo unos pensamientos que no tenían nada que hacer en mi cabeza.
Me giré en el asiento.
—¿De qué hablan?
—Ah, de nuestra profesora de Culturas del Pacífico del trimestre pasado. La Dra. Messina —dijo Rachel—. Creo que se suponía que iba a dar esta asignatura también.
—Me di cuenta del cambio cuando miré mi horario esta mañana —coincidió Leah.
—Yo no la tuve el trimestre pasado, pero sí el primero —dije—. ¿Se ha ido?
—Tal vez echaba de menos su casa o algo así —dijo Rachel, encogiéndose de hombros.
—Trimestre nuevo. Profesor nuevo —dije, y me volví hacia mi cuaderno. Empecé a hacer garabatos, concentrándome en los reflejos violetas mientras hacía un boceto de la High Roller. El violeta era casi el mismo que el de las luces de la rueda de la fortuna.
Dios, qué guapo estaba él bajo esa luz: fuerte, decidido, seguro y con todo bajo control, aunque estuviera en una situación en la que el control no existía.
Se abrió y se cerró la puerta y, en ese momento, supe que tenía que dejar el bolígrafo y volver a la realidad. Bostecé cuando por fin me afectó el jet lag. Necesitaba dormir de verdad o tomar cafeína de verdad.
—Bienvenidos a Historia Latinoamericana.
Al oír esa voz grave con un ligero acento, se me cayó el bolígrafo sobre el papel, tan inútil como mi cerebro.
—Esta asignatura también formará parte del seminario de investigación de Estudios en el Mar, por lo que tendré el placer de conocerlos muy bien durante los próximos tres meses, ya que deberán redactar una tesis de treinta páginas.
Toda la clase soltó un quejido y yo levanté la vista del papel lentamente.
Miré por encima del hombro del chico pelirrojo que tenía delante y me encontré con el hombre que estaba de pie al frente de la clase, apoyado en el escritorio, muy tranquilo.
Me detuve a observar cómo se le marcaban las caderas con los pantalones, el contraste entre su camisa blanca arremangada y su piel morena, la corbata verde floja alrededor del cuello.
Mi mirada se quedó atrapada en sus labios, en los ángulos marcados de la nariz y los pómulos, en esos ojos color chocolate que me derretían y que ahora miraban al otro lado del aula mientras hablaba con los estudiantes que estaban allí.
Tenía el pelo como si se hubiera pasado las manos por él unas cuantas veces, y los dientes le relucían con un destello blanco cuando sonreía, haciendo aparecer esos hoyuelos que te disolvían las bragas.
Se me paró el corazón y se me congeló el aire en los pulmones, como si el más mínimo movimiento fuera a hacer que desapareciera.
Una ola de calor me inundó la piel y se me aflojó el nudo que tenía en el pecho, desanudándose con la misma seguridad con la que mi cuerpo lo había hecho la última vez que lo había visto.
—Bueno, ¿empezamos? Acabo de llegar hoy desde Estados Unidos, pero me voy a aprender sus nombres para el final de la semana. Ahora, si me lo permiten, quiero disfrutar este momento. Llevo ocho años esperando para decir esto: soy el doctor Delgado.
Me embistieron dos pensamientos a la vez.
Primero: Delgado . Al menos, ahora sabía su apellido.
Segundo: la. Puta. Madre. Cruz era mi profesor.