Rebel (Renegados 3) Capítulo cinco. Penna
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Capítulo cinco. Penna

CAPÍTULO CINCO PENNA

LAS VEGAS

—Señorita Carstairs. —El señor Schur me saludó educadamente con la cabeza mientras se subía a la limusina y se deslizaba por el largo asiento lateral hasta el asiento del conductor.

—Señor Schur —respondí, muy consciente de que no era precisamente su persona favorita—. ¿Él está bien? —Le pregunté a Brandon cuando entró en la limusina y se sentó en el asiento vacío junto a mí.

—Ya podemos ir —le dijo el señor Schur al chofer de la limusina.

—Firmó —dijo Brandon, como si con eso diera por terminada la conversación.

—Pero ¿está bien? —repetí mientras la limusina se alejaba de la comisaría de Las Vegas—. Nos trajeron hace horas.

Me lanzó una mirada fulminante y yo se la devolví. Conocía a Brandon de toda la vida y no iba a tolerar sus malos tratos.

—Cuando me llamaste, en menos de una hora ya estaba en un avión desde Los Ángeles, con abogado y todo. La verdad es que no sé qué más podría haber hecho para sacarte antes.

—No es eso lo que quise decir —dije, aceptando el escarmiento bien merecido—. Gracias por venir tan rápido... Gracias por venir.

—¿Cómo no iba a venir? Para mí, eres lo más cercano a una hermana pequeña. Lo cual no quita que esté muy enfadado contigo.

—Ya sé. —Conté hasta tres respiraciones, pero ya no pude esperar ni un segundo más—. Pero ahora en serio: ¿está bien Cruz?

El suspiro de Brandon podría haber propulsado al equipo nacional de vela.

—Sí, está bien. El tipo con el que hiciste un salto BASE ilegal. Ya sabes, el que te llevaste a la cama sin saber ni su apellido. Él está muy bien.

—No sé quién eres tú para reprocharme eso, Brandon. Sobre todo, cuando te acostaste con la mitad de la población de Los Ángeles..., siempre una noche y nunca más. —Se me revolvió el estómago cuando doblamos en dirección al aeropuerto en vez de volver al hotel—. Mis cosas...

—Ya están en el avión. Si despegamos en menos de una hora, te podemos devolver a Los Ángeles para que te tomes el vuelo a Tokio con los demás Renegades. ¿O te olvidaste de que tienes que volver a clases en menos de veinticuatro horas?

—¿Ya se ocuparon de mis cosas? —pregunté, sin querer pensar que, en menos de un día, estaría de vuelta a bordo del Athena , viajando por el mundo y tomando clases, mientras grababa un documental en el que ya no sabía si debía seguir participando.

—Sí, le ofrecí un acuerdo muy generoso al dueño de la propiedad que invadiste, me aseguré de que no presentara ninguna denuncia, hice una donación a la cuenta de un periodista muy astuto que consiguió la única buena toma que logró captar la policía de ti cuando subías a la High Roller y, además, mandé a alguien a tu habitación del hotel para que recogiera tus cosas e hiciera el check - out por ti.

—Tomó su teléfono y se puso a contestar mensajes.

—Qué eficiente —dije despacio. Estaba agradecida, pero también me acababa de arrebatar mi última oportunidad de ver a Cruz.

Sentí un vacío en el pecho que no sabía cómo procesar y me froté justo encima del esternón, como si eso fuera a aliviarlo.

Solo lo conociste por un par de horas; basta ya de sentimentalismo.

—Paxton dice que nos sobra tiempo para dejarte en el aeropuerto de Los Ángeles y que te tomes el vuelo con ellos dentro de unas horas.

Paxton. Landon. Mierda. Iba a tener que darles explicaciones y no sabía qué decirles.

—¿Sabes qué? Tengo que pasar por mi casa de Los Ángeles por mi bolso, así que tal vez...

—Estuviste en Estados Unidos solo siete días, ¿cuánto equipaje trajiste? —Me levantó una ceja.

—Bastante como para no querer dejarlo en casa —respondí, y me sentí como la niña caprichosa que había sido alguna vez a sus ojos.

—Pueden retrasar el vuelo. Esa es la ventaja de tomar el avión privado de Wilder Enterprises —dijo mientras volvía a mover la pantalla del teléfono con el pulgar.

—Brandon —dije en voz baja, y me miró a los ojos—. Por favor. No puedo verlos todavía. Diles que voy a ir en un vuelo comercial más tarde. Llegaré a tiempo para las clases.

Deslizó el dedo por la pantalla un par de veces y se llevó el teléfono a la oreja.

—Cynthia. Sí, ya sé que son las tres de la mañana.

Sentí un pinchazo de culpa. De nuevo estaba complicándole la vida a alguien porque no era capaz de poner mis cosas en orden.

—También sé lo mucho que te pago —dijo Brandon, poniendo los ojos en blanco—.

Claro. ¿Podrías reservar un vuelo para Penélope Carstairs de Los Ángeles a Tokio a las seis de la tarde?

Sí, esa Penélope. Perfecto, gracias. —Terminó la llamada y abrió la bandeja de entrada.

Era difícil de creer que compartiera genes con el temerario de su hermano. No podían ser más distintos.

En menos de media hora, nos subimos al avión privado con la insignia de Wilder y me abroché el cinturón en un mullido asiento de cuero frente a Brandon, que terminaba otra llamada de negocios, esta vez en francés.

Por primera vez en la vida, me daba terror despegar.

No quería volver al barco, ni a los retos, ni a los amigos que casi mueren por mi culpa.

No quería volver al rompecabezas en el que antes encajaba perfectamente y saber que la forma de mis bordes había cambiado por completo. Ya no estaba segura de si encajaba.

Pero, aunque solo fuera por un rato, esa noche había encajado con él . Sin presión, expectativas ni suposiciones. Simplemente había sido yo misma , con todas mis piezas rotas, y con eso había bastado.

—¿No puedes decirme al menos su apellido? —le pregunté a Brandon. Era lo único que necesitaba para encontrarlo en las redes sociales.

Brandon miró hacia la avenida mientras nos elevábamos por encima de Las Vegas.

—No te lo voy a decir.

—No hace falta que me protejas, Brandon. Ya soy mayor.

Me atravesó con la mirada.

—No es para protegerte a ti. Es por él. Ahora no eres la misma de siempre. Déjalo ir.

De algún modo logré enderezarme en el asiento aunque sintiera que me acababan de dar un golpe en el estómago.

Brandon tenía razón. En cuestión de horas, había convencido a un desconocido hermoso y extraordinario de hacer un salto BASE ilegal y después lo había llevado a mi habitación del hotel, donde lo habían atrapado para llevarlo a la comisaría.

Había sido muy impropio de mí, incluso en mi momento más descontrolado.

Había sido muy imprudente, y, si no hubiera sido por Brandon, Cruz habría tenido que afrontar las consecuencias.

Sí, era mejor que no supiera su nombre, que no pudiera buscarlo.

Pero eso no significaba que no quisiera hacerlo.

***

—Ah, ya te quitaron el yeso —dijo el modelo de Abercrombie que estaba conmigo en el ascensor, con su lento acento sureño.

—Sí —contesté, sin apartar la mirada de los números que indicaban el piso.

—Bueno, avísame si te entran ganas de... ejercitar un poco la pierna, Rebel.

Apreté la manija de mi equipaje con el puño. No había pasado ni media hora desde que había vuelto a subir al Athena y ya tenía a los universitarios calientes encima. Genial.

Con una campanita, se abrieron las puertas en mi piso.

—Sí, te aviso —dije con una sonrisa sarcástica, mientras bajaba del ascensor y arrugaba un poco la nariz. Y luego murmuré entre dientes mientras arrastraba el equipaje por el estrecho pasillo que llevaba a nuestra suite—: Antes muerta.

El barco se mecía suavemente mientras salíamos del puerto de Yokohama.

Estuve tanto tiempo dando vueltas por el aeropuerto de Tokio que el barco casi zarpa sin mí.

Y, la verdad, casi habría preferido eso.

Mi mal presentimiento crecía con cada paso que daba, pero finalmente pasé la tarjeta para abrir la puerta de nuestra suite.

La entrada de mármol me dio la bienvenida. La verdad es que las suites de los Renegades eran un poco excesivas, pero nosotros también.

—¡Amor, ya llegué! —exclamé, yendo del pasillo a mi dormitorio.

Estaba exactamente igual que como lo había dejado una semana atrás: hasta seguía estando mi sostén tirado en el sillón.

El orden nunca había sido una de mis virtudes y nunca dejaba que Hugo limpiara mis cosas.

A Hugo le habían asignado nuestro camarote para su programa de trabajo y estudios, algo parecido a lo que hacía Leah para su programa como tutora de Pax.

Pero seguía resultándome raro que siempre hiciera cosas por nosotras.

Arrojé la maleta sobre la cama y me quedé mirando por la puerta corrediza de cristal de mi balcón, viendo cómo se iba achicando la silueta de la ciudad.

Oí un ruido en la puerta que me hizo darme la vuelta.

—¡Ahí estás! ¡Cómo nos hemos preocupado! —dijo Leah, con una inquietud que se reflejaba en sus ojos de color whisky. La novia de Pax era una de mis personas favoritas: cálida, muy inteligente y buena de verdad.

—¡Nos preocupaba que te quedaras sin margaritas! —gritó Rachel desde el pasillo.

Sonreí, negando con la cabeza, mientras le rodeaba los hombros con el brazo a Leah y la llevaba por el pasillo hasta la sala de estar.

Rachel (que no medía más de un metro cincuenta, con el pelo negro y violeta, y muy fogosa) estaba de puntillas llenando de tequila una máquina de margaritas decorada con la letra de una canción de Jimmy Buffett.

—¿En serio? —pregunté.

Rachel me sonrió por encima del hombro.

—Estarán listas después de clase.

—Mierda, ¿hoy tenemos clase?

—Solo tenemos la clase del seminario de investigación, porque hoy empieza oficialmente el tercer trimestre —me aseguró Leah. Por supuesto, ella ya había decidido el tema de su tesis de fin de año y, a estas alturas, seguro que ya la había empezado.

—¿En cuál estás? —pregunté.

—Historia Latinoamericana —respondió mientras Rachel se bajaba de la encimera habiendo completado su misión de preparar margaritas.

—Ah, qué bien, creo que yo también —dije.