Capítulo cuatro. Cruz
CAPÍTULO CUATRO CRUZ
LAS VEGAS
No paraba de hacer rebotar la rodilla debajo de la fría mesa de metal de la sala de interrogatorios, con las manos todavía esposadas sobre la superficie lisa.
Como este cuarto pequeño no tenía reloj, era imposible saber cuánto tiempo llevaba ahí dentro, pero, considerando que tenía hambre, calculaba que habían pasado horas.
Horas desde que me puse la camisa y salí al pasillo para ver por qué tardaba tanto Penélope.
Horas desde que me empujaron contra una pared como si fuera una amenaza y me esposaron las manos por la espalda.
Horas desde que me arrastraron hasta esa comisaría, me metieron en esa sala y se olvidaron de mí.
No hubo ninguna llamada.
No había ningún baño a la vista.
Ninguna información sobre dónde estaba Penélope.
Penélope . Intenté evitar pensar en ella, porque lo único que conseguiría sería volverme loco, y no podía hacer nada para ayudarla desde ahí, pero su imagen se me metía en la cabeza cada dos minutos.
Ojalá estuviera bien. Ojalá no tuviera miedo. Esa mujer tenía un temple de acero, eso lo supe desde el primer momento en que la vi, pero también tenía un lado frágil, como si toda esa armadura que se ponía pendiera de un hilo deshilachado.
¿Qué demonios se me había metido en la cabeza? Por el amor de Dios, tenía que tomar un vuelo desde Las Vegas en menos de veinticuatro horas. ¿Habían costado esas últimas horas todo lo que había trabajado en mi vida adulta?
Había sido un completo imbécil por saltar así con ella.
Pero ella necesitaba a alguien y no estaría de más admitir que yo quería ser ese alguien.
Además, ¿poder abrazarla, tocarla, sentir todas las suaves curvas de su cuerpo perfecto contra el mío? Valía la pena. Nunca antes había sentido una química así con nadie y, con Penélope, me había convertido en una polilla atraída por una llama: indómita, hermosa e hipnóticamente irresistible.
Miré hacia la pared del espejo. Había visto suficientes episodios de La ley y el orden como para saber que había muchas probabilidades de que hubiera policías al otro lado del cristal observándome.
Por primera vez desde que la conocí, me alivió no saber el apellido de Penélope.
No podía darles más información para usar en su contra que la que ya tenían. ¿Cómo mierda nos habían encontrado?
Giraron el picaporte, lo que captó toda mi atención al instante.
Primero entró un policía, me abrió las esposas sin mediar palabra y me quitó el metal de las muñecas.
Cuando se fue, entraron dos hombres más, cada uno vestido con un traje hecho a medida.
El más bajo y corpulento llevaba un archivo, mientras que el más alto, que estaba detrás de él, claramente ostentaba el poder.
Se cruzó de brazos, apoyó la espalda en la pared y me miró de una manera que reconocí demasiado bien de mis años en el ejército: estaba analizando hasta el último detalle.
La sonrisita de superioridad que tenía me indicaba que no estaba muy impresionado.
Parecía de mi edad, pero sin duda me ganaba en imbecilidad.
La silla que había delante de mí chirrió cuando el hombre más bajo arrastró las patas por el suelo de linóleo antes de sentarse. Tragó saliva, nervioso, se acomodó las gafas y me pasó una hoja y un bolígrafo.
—Señor Delgado —dijo—, si firma esto, seré su abogado oficialmente y todo lo que hablemos será confidencial.
Me quedé atónito.
—No pude hacer ninguna llamada.
—Y no lo vas a necesitar. No te van a detener ni a presentar ningún cargo —respondió el más joven—. Pero ese acuerdo solo es válido bajo dos condiciones. La primera es que firmes este documento para nombrar al señor Schur como tu abogado.
—¿Quiénes son ustedes? —Leí el sencillo documento, que era exactamente lo que me habían dicho, pero dudé antes de firmarlo.
—¿Es usted un abogado de oficio?
—Lejos de eso —dijo el señor Schur con una risita burlona.
Por la ropa fina que llevaba, le creí.
—Entonces, ¿por qué me representaría a mí?
—Porque es lo que quiere Penélope —respondió el más joven con voz apagada.
—¿Está bien? ¿Dónde está?
Entornó un poco los ojos.
—Está bien y está fuera, esperando a que terminemos para subirse a un avión.
—¿Y tampoco le presentaron ningún cargo? —No iba a aceptar ningún trato en el que yo quedara libre y ella recibiera una penalización.
Se le levantaron las comisuras de la boca, pero no era exactamente una sonrisa.
—Tampoco hay ningún cargo para ella —me aseguró con un tono más amable.
Tragué saliva, barajando mis opciones, y decidí confiar en Penélope y firmar en la línea que decía «cliente».
Era la segunda vez esa noche que ponía mi vida en sus manos.
El señor Schur se relajó visiblemente al otro lado de la mesa.
—Bueno, ahora que ya nos ocupamos de eso, solo tiene que firmar este acuerdo de confidencialidad y se puede ir. Sin cargos. Sin foto de prontuario. Sin ningún registro de que esto haya sucedido jamás.
—¿Confidencialidad? —pregunté, repasando el documento—. ¿Por qué?
—Porque, si bien lo que quiere Penélope es que quedes libre de toda implicación en cualquier tipo de delito, lo que necesita es esto —respondió el más joven, que seguía apoyado contra la pared.
—¿Y quién eres tú? —pregunté.
—El que termina solucionando las cosas cada vez que ellos las estropean. —Soltó un fuerte suspiro.
—¿Ellos?
—Firma el papel, Delgado.
Lo miré con los ojos entornados.
—¿Cómo sabes mi apellido? Nunca se lo dije a Penélope.
—Pero se lo dijiste a la policía cuando te trajeron y, desde el momento en que Penna exigió que te liberaran, te convertiste en mi asunto. Así que déjame solucionar este tremendo desastre. Firma el papel y te puedes ir.
—¿Penélope está fuera?
—Solo hasta que terminemos con esto. No esperes volver a verla nunca más.
¿Quién era este tipo en la vida de ella? ¿Un hermano? ¿Un amigo? ¿Un... amante? Me tragué la punzada de ira que me produjo ese pensamiento. No tenía sentido ponerme en modo primitivo por una mujer a la que no iba a volver a ver nunca más.
Pero, entonces, ¿por qué tuve una breve fantasía en la que lo agarraba de la cabeza y se la estampaba contra la pared?
—Mira, Delgado. Puedes firmar ese papel y presentarte en la UCLA el lunes, como corresponde, o podemos denunciarte por allanamiento, cosa que sé que a los de la universidad no les va a gustar mucho. ¿Qué vamos a hacer? —Me levantó una ceja con aires de superioridad.
Puede que tuviera más dinero que yo (mejor dicho, era obvio que sí), pero desde luego no era superior. Yo tenía dos títulos universitarios y un baúl lleno de medallas en casa que lo demostraban.
Por mucho que me costara admitirlo, tenía razón. Tenía que firmar el papel. Eso me aseguraba que ningún evento sucedido esa noche saldría nunca a la luz.
—No aparece su nombre —dije.
—No —dijo el señor Schur.
—¿Ni siquiera tengo derecho a saber su apellido? —pregunté mientras firmaba ese papel de mierda.
El hombre alargó el brazo por encima del señor Schur y arrebató el papel de la mesa.
—Gracias. —Se dio la vuelta y salió de la habitación dando pasos largos, con el señor Schur pisándole los talones.
Me levanté de la mesa de un empujón y los seguí, aunque una parte de mí esperaba que los policías me detuvieran y me dijeran que se había producido un error.
Ya habían cruzado la puerta por donde me habían hecho entrar los policías y yo salí corriendo para alcanzarlos.
Necesitaba ver a Penélope, saber que estaba bien.
Al menos, quería tener una manera de ver cómo estaba, tener alguna posibilidad de volver a verla.
—¡Eh! —grité cuando lo vi en la sala de espera y me di cuenta de que todavía no sabía cómo se llamaba el tipo.
Se dio la vuelta, con la mano apoyada en la puerta de salida.
—¿Sí?
—¿Cuál es su apellido? —pregunté, porque necesitaba saberlo.
Sostuvo la puerta abierta y el señor Schur salió.
Sentí una presión en el pecho acompañada de una desesperación que no había sentido desde la última vez que estuve destinado.
—Por favor —dije en tono suave, y no me gustó nada verme obligado a pedirle nada.
El hombre negó con la cabeza.
—Perdón. Tampoco tengo ninguna zapatilla de cristal. —Me lanzó una sonrisita altanera que quise arrancarle de la cara inmediatamente, y después se fue.
Fui corriendo a la puerta, pero, cuando llegué y la abrí de par en par, lo único que alcancé a ver fueron las luces traseras de la limusina en la que se encontraba Penélope. Lo supe en lo más profundo de mi ser.
Ese único vistazo me confirmó lo que ya sabía.
Esa chica había estado fuera de mi alcance desde el principio.