Rebel (Renegados 3) Capítulo tres. Penna #2
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Capítulo tres. Penna #2

Lo tomé de la mano y lo llevé por el impecablemente decorado pasillo, cruzando la corta distancia que nos separaba de mi puerta.

Me temblaba un poco la mano cuando saqué la tarjeta de acceso del bolsillo trasero de los pantalones, por lo que fallé al lector, rozándolo apenas.

Olvídate de eso de quedar como una campeona que es dueña de su propia sexualidad.

Cruz me cubrió la mano con la suya, fuerte y caliente, mientras se apoyaba suavemente en mí, acariciándome la parte externa de la oreja con los labios.

—No tienes ninguna obligación de abrir esa puerta ni de invitarme a pasar, Penélope.

Dios, me encantaba cómo decía mi nombre. A duras penas contuve el escalofrío que me recorrió la columna de arriba abajo. Con un movimiento veloz y decidido, destrabé la puerta.

En cuanto se encendió la luz verde, giré la manija, pasé a la suite y miré por encima del hombro al hombre hermoso que seguía de pie en el umbral.

—¿Te hace falta una invitación? —pregunté.

—Sí —respondió, apoyándose en el marco de la puerta con las manos, como si necesitara sostenerse.

Listo. ¿En serio iba a invitar a pasar a un desconocido a mi habitación? ¿A mi... cama? Nunca terminas de conocer a nadie hasta que saltas con esa persona . ¿Cuántas veces les había dicho eso a los nuevos Renegades?

Cruz se quedó ahí, esperando, emanando una energía sexual cruda mientras me veía tomar la decisión, con una mezcla intensa de deseo y paciencia en la mirada. Algo me decía que en la cama sería igual: sin prisa, minucioso y totalmente voraz.

Por primera vez en la vida, quería que me devoraran.

—Pasa —dije con voz suave.

Se apartó del marco de la puerta y, con tres pasos decididos, me envolvió en sus brazos. Me agarró de la cintura con una mano mientras me rodeaba la cara con la otra. La puerta se cerró detrás de él al mismo tiempo que su boca se unía a la mía.

Este beso no era la caricia suave que había sido el primero.

Me pasó la lengua por el labio inferior y, cuando me apretó suavemente debajo del labio con el pulgar, abrí la boca para dejarlo entrar.

Me metió la lengua caliente e insistente y me acarició la mía con un dominio que me hizo aferrarlo de la camisa en cuestión de segundos.

Me hizo dar un paso atrás hasta que mi culo chocó contra la mesa que había detrás del sofá y se cayó un jarrón al suelo con un golpe seco y anticlimático.

Sentí su sonrisa contra mis labios, que la imitaron durante un milisegundo, antes de que él recuperara el control de mi boca mientras deslizaba la mano entre los mechones de mi pelo.

Cambió el ángulo para darme un beso más profundo y mi mundo entero se redujo a la sensación de su boca sobre la mía, a la electricidad que me recorría todo el cuerpo y a mi necesidad ciega de acercarme más a él.

Me besó y me besó, sin forzarlo nunca, pero sí respondiendo a todo lo que yo le daba.

El sabor de su boca era enloquecedor, tan rico y profundo como su aroma.

Mis dedos fueron vagando por los músculos marcados de sus pectorales hasta llegar a su cuello, que le rodeé con los brazos, apretando los pechos contra esos músculos mientras él me estrechaba más cerca.

Quería más; necesitaba saciar este ardor delicioso que me había invadido el vientre, esta desesperación desgarradora por sentir su piel contra la mía. Se me endurecieron los pezones y se volvieron hipersensibles al más mínimo roce de la tela.

—Al dormitorio —susurré.

—¿Dónde? —preguntó, apretándome el lóbulo de la oreja suavemente entre los dientes.

Ah. Mierda. Qué increíble se sintió eso.

—Por ese pasillo. —Señalé con la cabeza sin querer soltarlo.

Me levantó, sosteniéndome del culo, con un movimiento sin esfuerzo, lo que lo hacía mucho más sexy.

Le rodeé la cintura con las piernas mientras su boca volvía a la mía y me llevó por el pasillo hasta el dormitorio.

Las cortinas estaban abiertas y las luces de la avenida le suavizaban los rasgos del rostro mientras me dejaba acostada sobre la suave funda nórdica.

Cruz era hermoso, elemental y perfectamente sexy, casi primitivo, pero verlo encima de mí lo llevaba a otro nivel.

Su boca bajó despacio por la línea de mi mandíbula y se me cortaba la respiración con cada beso que me daba en el cuello. Solté un grito ahogado cuando me chupó suavemente una parte sensible de la piel y presioné con los dedos los mechones oscuros y gruesos de su pelo para apretarlo contra mí.

Me sentía embriagada, intoxicada por su boca, su aroma y su peso, mientras se acomodaba entre mis muslos.

En ese momento, entendí la locura del sexo, el ímpetu de este placer intenso que arrollaba todos mis sentidos.

Los pocos y míseros besos que había dado antes no tenían nada que ver.

Besar a Cruz me hacía sentir al borde de la locura: desapareció todo rastro de lógica cuando me besó la clavícula y me convertí en una criatura de pura necesidad física.

Piel. Quería sentir su piel contra la mía, quería pasarle los dedos por los músculos que su camisa dejaba al descubierto.

Jalé de la tela de la camisa y, cuando se incorporó sobre las rodillas, mis piernas cayeron abiertas de par en par al soltarse de sus caderas.

Se le insinuó una sonrisa en los labios mientras se llevaba una mano detrás de la cabeza y se quitaba la camisa de un solo movimiento.

Me quedé sin aliento admirando la perfección absoluta de su torso.

Estaba acostumbrada a los hombres musculosos, pero Cruz era el ejemplar masculino más perfecto que había visto en la vida.

Lo toqué, rozando con los dedos los surcos profundos de sus abdominales y explorando las líneas de los músculos que le marcaban el torso.

Un tatuaje de la División sobresalía en la curva de su bíceps, pero el resto de su cuerpo estaba limpio de marcas: eran metros y metros de una piel morena y suave como el terciopelo que mi boca deseaba probar.

—Estás... —Moví la cabeza de lado a lado, sin encontrar las palabras, y me pasé la lengua por los labios, hinchados de tanto besar—. Estás increíble.

—Yo estaba pensando lo mismo de ti —dijo, pasándome una mano entre los pechos sin llegar a tocar las cimas erguidas—. Pero tal vez algo un poquito más sucio.

Me enrosqué entre los dedos la cadena de plata que le colgaba del cuello, con un medallón que cabía perfectamente dentro de mi mano, y me lo traje hacia mí. Se fue apoyando el peso de su cuerpo despacio y se inclinó brevemente para mordisquearme el labio inferior y tirar un poco.

—¿Cuánto más sucio? —pregunté, casi jadeando.

—Muy sucio —dijo en mi cuello, bajando hasta mi escote.

Me iba a volver loca si no empezaba a tocarme pronto.

Cuando me rozó las costillas con los dedos, arqueé la espalda y, como si me hubiera leído la mente, me rodeó un pecho con la mano.

Gimoteé cuando me frotó el pezón con el pulgar; una sensación que me lo ponía duro, pero que me ablandaba todo lo demás.

Balanceé las caderas contra las suyas y él soltó el aire entre los dientes mientras yo notaba su miembro, largo y duro, entre nuestros cuerpos, separados solo por unas pocas capas de tela.

Dios, estaba deseando , y aunque era una sensación nueva para mí, la recibí como todas las experiencias nuevas: con ganas. Tenía veintiún años y, si esa iba a ser la única vez que iba a sentir el deseo de esa manera, me iba a aferrar a él todo el tiempo que pudiera.

—Cruz —gemí cuando puso la boca en un pecho, raspándome con los dientes a través de la tela de la camiseta y el sostén.

La fricción era exquisita y, aunque no me había tocado debajo de la cintura, era ahí donde se acumulaban las sensaciones, obligándome a apretarle el pelo con los puños cerrados mientras se apoderaba de mí una agitación totalmente gloriosa—.

Por favor —le rogué, arqueando las caderas para frotarme contra él.

—Dilo otra vez —gruñó, con una voz grave que me recorrió los muslos con una oleada de calor.

—Por favor —repetí, sabiendo que necesitaba más y que él podía dármelo.

Se incorporó sobre mí hasta que nos miramos fijamente a los ojos.

—Mi nombre, Penélope. Dime mi nombre. Alguien tan hermosa e hipnótica como tú nunca tiene que rogar, sobre todo cuando lo único que quiero es venerar cada rincón de tu cuerpo.

Uf . Se me derritieron las rodillas al oír esas palabras y ver el deseo que ardía en sus ojos marrones. Me hizo sentir sexy, como una sirena poderosa. Le acaricié suavemente los labios con los míos y me aparté lo justo para dejar el menor espacio posible entre nosotros.

—Cruz —susurré.

Un sonido grave le brotó del pecho cuando tomó mi boca y la hizo suya con la lengua, igual que deseaba que hiciera con todo mi cuerpo: con movimientos seguros y poderosos que me arrancaban hasta la última gota de placer.

Volví a mover las caderas buscando un contacto que calmara la urgencia que me retorcía por dentro. Me desabrochó el botón del pantalón y luego apoyó la frente sobre la mía. Se mezclaron nuestras respiraciones mientras él hacía una pausa.

—Sí —le dije, porque sabía que quería oírlo—. Tócame.

Deslizó la mano por dentro de mis vaqueros abiertos y me frotó con los dedos la tanga de encaje azul que llevaba puesta. Nunca había agradecido tanto mi fetiche con la ropa interior bonita.

Entonces cesó todo pensamiento cuando me corrió la tela a un lado y me pasó los dedos por la línea de mi centro. Me besó en la boca, dejándome sin aliento, mientras tanteaba con el pulgar, rozándome apenas el clítoris.

Interrumpí el beso con una bocanada de aire cuando sentí una explosión de placer que se irradiaba por todo mi cuerpo.

—Penélope —dijo mi nombre como si fuera una revelación, con fascinación y admiración, despojándome de todas mis defensas y de todas las capas que tanto me había esmerado en construir.

En ese momento, no era Penna. No era Rebel.

Era la Penélope de Cruz, y eso era... todo .

Nos miramos a los ojos y sentí la conexión más intensa que había sentido con ningún ser humano en mi vida.