Capítulo tres. Penna
CAPÍTULO TRES PENNA
LAS VEGAS
Ah, mierda. Lo hiciste.
La adrenalina me recorría las venas, avivando la oleada de euforia que me inundaba todos los sentidos. Lo había conseguido. Seguía siendo yo.
Puede que estuviera dañada, un poco rota, pero seguía siendo yo . Mientras tuviera eso, todo lo demás tenía sentido. Incluso si no lograba hacerlo delante de las cámaras ni subir a las rampas con los demás Renegades, tenía este momento.
El suelo se acercaba rápidamente y, aunque el paracaídas ralentizaba mi descenso, no lo hacía lo suficiente como para lograr un aterrizaje fácil.
Esquivé el poste de luz, pasé el árbol y me dirigí al estacionamiento donde nos esperaba Little John.
Doblé las rodillas, corrí al hacer contacto con el asfalto y la Tierra me dio la bienvenida.
Al instante, me di la vuelta para ver si estaba Cruz y casi me desplomo de alivio al verlo aterrizar a unos seis metros a mi derecha. Nos miramos bajo la tenue luz y entre nosotros hubo algo tangible, pero imposible de describir.
Pero el momento duró poco y enseguida me puse a recoger el paracaídas rápidamente antes de que llegaran los de seguridad. Era imposible que no nos hubieran visto.
—¡Deja el paracaídas! —gritó Cruz, que venía corriendo y ya se había quitado el suyo.
Little John dio un volantazo, frenando de golpe justo delante de nosotros.
—¡Lo puedo llevar! —dije, juntando la tela entre mis brazos.
Cruz me abrazó, me desabrochó el arnés del paracaídas y me dijo:
—Nos tenemos que ir. Deja. El. Paracaídas.
No levantó la voz, pero no dio lugar a la discusión.
—Está bien —dije, como si él no hubiera tomado la decisión por mí. Tenía razón, no importaban los paracaídas. No tenían marcas que nos identificaran ni que les sirvieran para rastrearnos.
Me tomó de la mano, me llevó hasta el coche y abrió la puerta de un tirón. Me lancé al asiento trasero, me deslicé hasta quedar detrás de Little John y Cruz se sentó a mi lado.
—¡Arranca! —grité mientras él daba un portazo.
Little John arrancó y cruzó el estacionamiento a toda velocidad en dirección opuesta a nuestro hotel. Cruz tenía la mandíbula apretada y los músculos contraídos cuando se dio la vuelta para mirar hacia atrás.
—Por ahora estás fuera de peligro —le dijo a Little John.
—Bien, bien —murmuró Little John.
Avanzamos en silencio, bajando del subidón de adrenalina, mientras vigilábamos que no viniera nadie. Unos cinco minutos después, Little John se metió en un barrio residencial y se detuvo.
—Un minuto —dijo mientras bajaba de un salto.
—Guau —dije, incapaz de pensar en otra palabra que resumiera lo que había sido esa experiencia.
—Tal cual —dijo Cruz mientras se desabrochaba el casco y se pasaba la mano por el pelo.
Little John volvió a subir.
—Bueno, ya he vuelto a poner la matrícula, así que nos vamos para el hotel. ¿Cómo te sientes?
Se me curvaron los labios.
—Rebelde.
—Gracias a Dios —dijo Little John, golpeando el volante—. Si eso te ha traído de vuelta, entonces ha valido la pena.
—Sí —dije en voz baja. ¿Me había traído de vuelta? Me sentía como siempre: la emoción era la misma, la sensación de haber superado todos los pronósticos y también mis propias expectativas. Pero ¿estaba lista para volver al ruedo de verdad, para subirme a la moto y para grabar?
—Bobby se va a poner como loco porque no lo filmaste.
—Fue para mí, no para el documental. Este año el mundo ya me vio autodestruirme una vez y le dejé usar ese material. Esto era cosa mía.
—¿Y tu contrato? —preguntó cuando llegamos a la entrada del Bellagio.
—Mi contrato dice que tengo que dejar que me filme practicando todos los deportes extremos patrocinados por los Renegades. Y este... no era el caso.
—Como digas. De todas formas, no veo la hora de recibir esa llamada.
Me adelanté para abrazarlo con el asiento de por medio.
—Gracias. Ya sé que esto no es lo que querías para mí, pero te lo agradezco de verdad.
Me dio unos golpecitos en la mano y después un apretón.
—Movería montañas por ti, Penna.
—¿Y eso incluye dejarme dormir hasta tarde mañana?
—Ah, no —rio—. El vuelo es al mediodía. Estaré en tu cuarto a las ocho, y más te vale que estés lista para salir.
—Bueno. Le di un beso en la mejilla mientras él acercaba el coche a la puerta de entrada y lo estacionaba.
—¡Nos vemos por la mañana!
Cruz me abrió la puerta y salí. Estaba tenso, con la mirada fija en cualquier cosa menos en mí. Me puso la mano en la parte baja de la espalda cuando pasamos por la entrada y no se la aparté. Al contrario, saboreé el contacto y deseé poder apoyarme en él.
Qué irónico: por fin había encontrado a un tipo por el que sentía una atracción inexplicable, y solo me quedaban treinta segundos más con él.
Fuimos hasta los ascensores en silencio, sin hacer caso al ajetreo del casino, y se cerraron las puertas con nosotros dentro, sumiéndonos en un silencio lleno de tensión.
¿Qué se le dice a un desconocido después de hacer juntos un salto BASE sumamente ilegal?
¿Qué se supone que tenía que decirle acerca del zumbido que sentía en la sangre, de cómo su fragancia me incitaba a acercarme y acurrucarme con él? ¿Qué demonios me estaba pasando?
—En fin... —Se me fue apagando la voz mientras trataba de pensar en algo que decir y tocábamos los botones de nuestros pisos.
—Estás desquiciada —dijo Cruz, que por fin se giró hacia mí con esos ojos deliciosos que me derretían y me tragaban entera—. Lo sabes, ¿no? Eres muy sexy (no, exquisitamente hermosa), inteligente, fuerte e increíblemente magnética, pero un poco loca.
—Sí —susurré mientras el ascensor empezaba a subir.
Se quedó parpadeando un par de veces, con una sonrisa que iba y venía, mientras negaba con la cabeza, como si no pudiera creer que yo lo hubiera admitido. ¿Cómo no iba a admitirlo? No sé si se podía hacer lo que hacían los Renegades sin perder un poco la cordura.
Últimamente, cada vez me cuestionaba más la mía.
—Nunca he conocido a alguien como tú —murmuró mientras nos acercábamos a su casa. Me quedaban, quizás, cinco segundos más con él antes de que se fuera.
—Eso es porque no hay nadie como yo —dije con sinceridad—. Te aseguro que soy cien por cien original. —Esbocé una sonrisa ante mi propio juego de palabras, que no había manera de que él entendiera.
Sonó la campanita del ascensor cuando llegamos a su piso. Se había terminado el tiempo.
—Eso seguro.
Se me encogió el estómago cuando cruzamos las puertas del ascensor, que se abrieron para dejar ver un pasillo largo.
No lo volvería a ver nunca más. ¿Y si nunca volvía a sentir una conexión así con nadie más? ¿Y si era el único tipo con el que yo era capaz de sentir algo? ¿Y si estaba a punto de perderme una oportunidad única en la vida porque, irónicamente, me daba miedo dar el paso?
Quedarme con la duda era inaceptable.
Alargó la mano hacia la puerta para mantenerla abierta y me miró por encima del hombro.
—Gracias por hoy. No me lo olvidaré nunca.
Yo tampoco... y no estaba lista para que terminara.
—¿Alguna vez te has quedado en un penthouse de aquí? —le pregunté sin darle tiempo a mi cerebro de frenar a mi boca.
—La verdad es que no —respondió, y le cambió la expresión de los ojos, que me recorrieron los labios.
Ay, Dios, lo voy a hacer. Se me encogió el estómago, más que antes de los últimos X Games.
—¿Quieres? Digo, todavía te debo un champán. —Rogué para que mi voz temblorosa sonara profunda y seductora. A él se le tensaron los músculos de la espalda—. Te juro que me pertenece. Todo es legal. Y no voy a obligarte a saltar por la ventana ni nada de eso.
Se dio la vuelta despacio para mirarme, sin dejar de bloquear las puertas del ascensor con la mano para que no se cerraran.
Cuanto más me miraba, más se me aceleraba la sangre, revolviéndome el estómago y haciéndome sentir los muslos casi líquidos.
¿Cómo era posible que una simple mirada me excitara tanto?
—Penélope... —dijo mi nombre, a medio camino entre una súplica y una plegaria.
—Sé lo que estoy diciendo —le aseguré. Solo iba a tener esa noche con él, y al día siguiente sería un recuerdo, pero era mejor que quedarme con la duda.
—¿Estás segura? —Se acercó despacio y las puertas del ascensor se cerraron detrás de sus anchos hombros. Se me aceleraron las pulsaciones cuando ocupó todo mi campo visual y mis pensamientos se centraron en cómo se sentiría su piel en mis dedos.
Asentí, pero él negó con la cabeza.
—Necesito que digas la palabra. —Sentí su aliento tibio cuando bajó la cabeza, con los labios a meros centímetros de los míos, mientras el ascensor volvía a subir.
Dios, apenas podía pensar con él tan cerca.
Me miró expectante, con más que un poquito de avidez en la mirada.
En general, rechazaría a cualquier tipo llegado a este punto, pero nunca había experimentado nada parecido.
El deseo evidente de Cruz me hizo sentir poderosa, intrigada y excitada, vibrando con una electricidad deliciosa.
No me quería como un trofeo: no sabía ni quién era.
Solo me quería a mí .
—Sí —dije por fin, y con esa palabra le daba mi consentimiento, no solo a él, sino también a mí misma. Tenía la libertad de soltar todo por una vez en la vida, a la mierda las consecuencias.
Me rozó la boca con dulzura, como si me estuviera pidiendo físicamente el permiso que ya le había dado verbalmente.
Nuestros labios se encontraron en una caricia suave que me tenía en puntas de pie buscando más.
Era un beso que se notaba en todas mis extremidades, despertando cada una de mis terminaciones nerviosas.
Era el primer capítulo de una novela romántica, una introducción cautivadora que me hizo desear pasar la página, totalmente enganchada después de sentir el sabor de su boca.
Se apartó con una sonrisa y pasó la mirada por mi rostro, haciéndome sentir como una obra de arte. Antes de que pudiera decirle nada, sonó la campanilla del ascensor, anunciando que habíamos llegado a mi piso.