Capítulo dos. Cruz #2
—Te debo una explicación —dijo con voz suave, tomándome por sorpresa.
—Me gustaría, pero ya tomé mi decisión. No me debes nada—. Nos rozamos los hombros al movernos y volví a sentir la misma electricidad que antes. No sabía quién era esa chica, pero había una química brutal entre nosotros.
—Es la primera vez que hago esto.
—¿Qué de todo? ¿El salto BASE? ¿Hacer algo ilegal? ¿O preguntarle a un desconocido si quiere cometer un delito contigo? —Se me curvaron los labios hacia arriba ante la total absurdidad de la situación.
Ella soltó una risa leve, con un sonido hermoso y ligero, que me hizo desear oírlo de nuevo al instante.
—Nunca me había acercado a ningún chico. Y menos a un tipo en un bar. Eso, sumado a que después te pregunté si querías poner en riesgo tu vida con una desconocida, hace que esta noche esté llena de primeras veces.
—¿En serio? A mí me pasó justo lo mismo la semana pasada en Seattle —bromeé.
Con eso me gané una sonrisa impresionante y otra risita.
Dios mío, esta chica era una obra maestra de verdad.
Tenía rasgos clásicos, casi griegos: pómulos altos, nariz respingada y una boca que me pedía a gritos que la besara.
Pero esos ojos... Eran celestes con unas manchas más oscuras y me obligaban a mirarlos mucho más tiempo del necesario.
—¿Y cuántos años tienes tú? —preguntó.
—Veintisiete. ¿Te preocupa que sea menor de edad?
—Nah, solo quería confirmar que no estuvieras para jubilarte.
—Uf —dije riéndome.
Concentró la mirada en los edificios a medida que íbamos pasando los pisos, elevándonos despacio hacia el horizonte de Las Vegas.
—No puedo creer que haya hecho esto. —Le sonó una notificación del teléfono con un ding , y luego otro ding , antes de que llegara a sacarlo del bolsillo.
—Mierda —refunfuñó, mientras leía los mensajes de texto por encima.
—¿Hay problemas?
Pasó los mensajes con el pulgar mientras le llegaba otro más.
—Pax. Leah. Landon. Rachel. Nick. Mierda. Saben que estoy aquí.
Se le empezaron a llenar los ojos de pánico y reflejó esa preocupación mordiéndose el labio inferior.
Miré mi reloj de pulsera.
—Bueno, tenemos como diez minutos hasta llegar a la cima.
—Sí, sí —dijo sin dejar de leer los mensajes.
—Y lo más probable es que no te vuelva a ver después de que aterricemos.
Levantó la vista hacia mí.
—¿Aterri… cemos ?
— Si es que salto contigo —aclaré—. El punto es que estás aquí arriba con alguien a quien acabas de conocer hace una hora en un bar, cuando hay gente que claramente se preocupa por ti. No es asunto mío, pero falta algo en esta ecuación.
Me miró, luego miró el horizonte, apagó el teléfono y se lo guardó en el bolsillo trasero del pantalón.
—No sabes nada de mí.
—Y tal vez, justamente por esa razón, puedo decírtelo.
—¿En serio iba a tener que saltar con esta chica para que se abriera conmigo?
Algo la estaba carcomiendo por dentro y era evidente que no iba a pedirle ayuda a ninguna de las personas que le habían enviado esos mensajes de texto misteriosos.
Volví a mirar el equipo que estaba en el suelo.
—¿Cómo guardaste las líneas? —Si iba a considerar siquiera la idea de saltar desde esta rueda de la fortuna, tenía que saber que había un paracaídas de verdad ahí dentro.
—En ocho, clásico.
—¿Sin stow primario?
—Y sin slider . —Se encogió de hombros.
—Espera, ¿sin slider y sin stow primario?
—Quitarle el slider nos permite una apertura más rápida y, a ciento sesenta y siete metros y medio...
—Necesitamos esos segundos —deduje. De por sí, solo íbamos a caer unos segundos. Si Little John estaba ahí cuando aterrizáramos, si podíamos dejar los paracaídas y si las gorras nos permitían eludir las cámaras, quizá no nos atraparían.
—Además, el stow solo añadiría un paso más al despliegue que no es necesario —concluyó Penélope.
—Eres muy buena en esto, ¿no?
Se le levantó una comisura de la boca.
—Soy una atleta de deportes extremos muy bien pagada. O, por lo menos, eso era antes —agregó en un susurro.
—¿Ya no? —Me fulminó con la mirada y levanté las manos—. Tengo una sola noche, unos pocos minutos dentro de esta eternidad nuestra, para tratar de entenderte. — Para tratar de ayudarte.
—¿Necesitas entender a todo el mundo?
—Sí. Tengo un problema con el control. — Y un complejo de héroe, según mi abuela.
Sentí su mirada clavada en mí, pero mantuve la vista fija en el horizonte, que, lentamente, comenzaba a quedar debajo de nosotros.