Rebel (Renegados 3) Capítulo dos. Cruz
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Capítulo dos. Cruz

CAPÍTULO DOS CRUZ

LAS VEGAS

No pude evitar echarle una mirada a su culo cuando se inclinó para meterse en el sedán negro azabache que nos esperaba fuera del Bellagio.

Yo no era un misógino de mierda, pero es que estaba ahí , tan redondito y apretable, envuelto en esos vaqueros que parecía que los hubieran fabricado solo para su cuerpo.

—¿Vienes? —preguntó desde el coche, mientras se ponía un abrigo de cuero.

Bueno, podía ser el comienzo de una historia épica o de una película de terror. Fuera como fuese, yo estaba entregado.

Me senté en el asiento de cuero y, antes de que terminara de ponerme el cinturón de seguridad, ya habíamos salido. Un hombre grande y calvo echó una mirada hacia atrás desde el volante antes de girar hacia la avenida.

—Tú no eres Patrick.

—No, yo no soy Patrick —le confirmé mientras él ponía los ojos en blanco. ¿Era su chofer? ¿Su guardaespaldas? Por favor, que no sea un novio celoso.

—Vamos —dijo Penélope, mirando por la ventanilla—, Patrick estaba borracho, así que lo tuve que dejar.

—¿Es broma? —rugió el tipo.

—No. De ninguna manera le iba a poner un arnés en ese estado.

El tipo tamborileó con los dedos sobre el volante mientras esperábamos a que cambiara el semáforo.

—Mierda. Bueno, ¿y este tipo quién es?

—Little John, te presento a Cruz. Cruz, te presento a Little John. Es nuestro coordinador de retos y un muy buen amigo —explicó Penélope.

¿Little John, como el de Robin Hood?

—Está bien —dije, tratando de ir con la corriente. Coordinador de retos... Mierda, ¿quién era esta chica?

—¿Y qué lo califica para poder hacer esto? ¿O te has traído al primer tipo guapo que has visto en el vestíbulo?

—Fue en el bar, en realidad —lo corregí cuando empezamos a avanzar de nuevo, doblando por una calle lateral.

—Me cago en mi vida, Penna. ¿Cómo se te ocurre? No puedes ponerle un arnés a cualquier desconocido y esperar que las cosas salgan bien. Pax y Landon se van a poner como locos.

—No son problema mío —respondió Penélope, pero apretó el puño apoyado en la pierna.

Tal vez sean ellos los novios celosos.

—Claro. Son problema mío. Y este tipo también. —Me señaló con el pulgar de su mano libre—. Cuando se muera por tu culpa.

—Dijo que sabe saltar —le señaló.

—Ah, ¿sí? —escupió Little John mientras entrábamos a la parte trasera del Linq Casino y Hotel—. ¿Qué, por ejemplo? ¿Saltó un par de veces en tándem con un amigo para tacharlo de su lista de cosas por hacer antes de morir? Se puede lesionar de verdad por tu culpa, Penna.

Bueno, se acabó.

—Miren, no tengo ni idea de lo que estamos haciendo ni de quiénes son ustedes, pero he saltado casi cien veces con la 82.ª División Aerotransportada. No soy ningún novato.

Eso me ganó una mirada de sorpresa de los dos, pero disfruté mucho más viendo cómo se le ponían redondos los ojos azules a Penélope. Tenía la sensación de que no era alguien que se sorprendiera fácilmente.

—¿Estás en el ejército? —preguntó Little John.

—Hice tres años y después salí —respondí.

—Gracias por haber servido —dijo Penélope con un hilo de voz—. Ahora me siento mal por molestarte con lo de los saltos. —Arrugó la nariz de la forma más tierna del mundo.

—No pasa nada. Ahora, ¿nos vamos a quedar aquí sentados toda la noche? Porque, si no recuerdo mal, una chica hermosa me prometió hacer algo peligroso y un poco ilegal.

—¿Un poco? —le espetó Little John a Penélope—. ¿No le contaste nada de nada ?

—Mira, fue una decisión un poco impulsiva.

—¿Tú? ¿Impulsiva? Eso jamás —dijo con sarcasmo.

—Basta de portarte como un imbécil. ¿Ya podemos irnos?

Él dijo entre dientes algo que sonó como «Me van a matar» y después abrió la puerta.

Hicimos lo mismo y nos encontramos junto al maletero, donde Little John nos dio dos equipos plegables que venían con arnés y casco.

Al parecer, íbamos a saltar desde algún sitio y, como no había ningún aeropuerto a la vista, íbamos a hacer salto BASE... , que era más ilegal que la mierda.

—¿Todavía quieres hacer esto? —preguntó Penélope mientras se ponía el equipo al hombro y se pasaba el pelo rubio, que le llegaba casi hasta la cintura, por la parte trasera de la gorra. Para alguien tan delgada, manipulaba ese equipo como si no pesara nada.

—Como no sé muy bien qué vamos a hacer, esa pregunta es un poco injusta. —Tomé la gorra negra que me pasó y me la puse. Ella señaló hacia arriba y miré hacia donde apuntaba su dedo, encontrándome con la High Roller, la rueda de la fortuna más alta del mundo.

—¿Es en serio? Esa cosa...

—Mide ciento sesenta y siete metros con seis centímetros en la cima —indicó ella, mientras seguía a Little John hacia la parte trasera del edificio.

Pasamos por debajo de la enorme plataforma de metal por donde subían los pasajeros a la atracción y me empezó a dar vueltas la cabeza mucho más rápido que la rueda de la fortuna.

—No tienes que hacerlo si te da miedo —dijo por encima del hombro.

¿Que yo tenía miedo? El salto en sí mismo no me perturbaba.

Ahora bien, ¿las repercusiones de que me atraparan?

Eso podía echar por la borda todo lo que había estado haciendo durante ocho años.

Por muy hermosa, encantadora y embriagadora que fuera esta chica, no podía tirar todo por la borda por un salto ilegal.

Se dio la vuelta y me sostuvo la puerta.

—Si nos atrapan, cosa que no va a pasar, como mucho sería por invasión de propiedad privada, un delito menor, nada grave. Mira, ni siquiera hace falta que lo hagas. Puedes irte ahora o puedes acompañarme hasta arriba en la rueda y bajar normalmente o puedes saltar.

Me miró y todo su lenguaje corporal gritaba que no le importaba lo que hiciera. Ella iba a hacer lo que le diera la gana. Pero sus ojos decían otra cosa. Se veía algo dañado en ellos, una súplica desesperada que me tocaba el alma con una intensidad a la que me creía inmune.

Mierda, cómo me había equivocado.

Ella no era ninguna damisela. Estaba en apuros, pero no iba a decir nada al respecto, lo que me puso en alerta y activó esa caballerosidad que mi abuela se había roto el lomo para inculcarme.

Carajo. Carajo otra vez. Mierda.

Yo no era temerario por naturaleza, todo lo contrario.

Enfrentaba la vida como si fuera un juego de ajedrez, plenamente consciente de las consecuencias que tendrían mis actos siete jugadas después.

Tal vez era porque sabía que al día siguiente me iba a ir durante unos meses o, si me mentía a mí mismo, podía decir que era por la emoción de hacerlo.

Pero no. Era por ella, este fenómeno de mujer que había conocido hacía apenas una hora.

Un delito menor sería un dolor de cabeza, pero no me arruinaría los planes como un delito grave. Ah, mierda, ¿en serio te estás debatiendo la gravedad de los distintos cargos penales?

—Voy a subir contigo —le dije.

El alivio que se reflejó en su sonrisa me inundó el cuerpo con una ola de calor. Buena decisión para ella. Mala decisión para ti.

Le dije al diablillo que tenía en el hombro que se callara y los seguí por el pasillo oscurecido. Entramos al principio de la fila de entrada, donde no había nadie esperando, como si la fila se hubiera detenido por el momento.

—Me encargué de todo —le dijo Little John a Penna—.

Ya pasamos el punto de control de mochilas, así que no van a ver los paracaídas.

Toma las entradas. Fíjate bien en que la tuya esté arriba.

El empleado la marcó. Se saltarán la revisión de seguridad de la cabina a la que se van a subir y el resto depende de ustedes.

Voy a estacionar justo detrás del edificio.

Cuando aterricen, dejen los paracaídas: ustedes valen más.

—Listo —dijo Penélope, tomando las entradas.

—¿Estás segura de lo que vas a hacer? —le preguntó Little John.

—No —respondió, y todos los ojos se volvieron hacia ella, que negaba con la cabeza—, pero si quiero volver a ser yo , esto es lo que tengo que hacer. Para el documental no puedo ir poco a poco, probando el agua con los deditos del pie. O lo hago bien, o no me merezco ser una Renegade.

—No digas estupideces.

—Es la verdad. —Alzó el rostro y le dio un beso en la mejilla—. Gracias. Ya sé lo que has tenido que sacrificar con ellos por esto. Te veo cuando baje.

—Ten cuidado y, bueno, que no se te muera él. —Se dio la vuelta y nos dejó del lado de adentro de las puertas que llevaban a la plataforma.

El ruido que venía por el pasillo nos indicó que la fila se estaba volviendo a formar y que venían hacia nosotros.

—Vamos —dije, apoyando suavemente la mano en la parte baja de su espalda para acompañarla a pasar por la puerta. No era nada que nunca hubiera hecho en una cita, pero el simple hecho de tocarle la curva de la espalda hizo que se me pusiera dura.

Abajo, amiguito. No hay tiempo para eso. Me apresuré a quitar la mano.

¿Qué carajo estoy haciendo? No paré de preguntármelo mientras nos acercábamos al empleado y lo veía subir a al menos diez personas a la cabina que estaba justo delante de nosotros.

Penélope le dio nuestra entrada al empleado, que abrió ligeramente los ojos al ver la marca del borde. Asintió y nos hizo pasar a la cabina transparente, en la que tranquilamente podrían caber veinte personas o más.

—Van a ver que la puerta de salida está al otro lado —nos dijo—. El paseo dura aproximadamente media hora. Que lo disfruten. Bienvenidos a la High Roller.

Cruzamos los quince centímetros que separaban la plataforma de la cabina y el empleado cerró la puerta, envolviéndonos en una esfera oscurecida, iluminada por una luz violeta. No se balanceó en absoluto cuando empezamos a ascender.

En ese momento, los monitores de televisión se encendieron y empezaron a hablar sin parar sobre las estadísticas de la rueda de la fortuna.

Tras tocar rápidamente un par de botones, se silenciaron.

Dejamos el equipo en el suelo al mismo tiempo y luego nos quedamos de pie junto a las ventanas, mirando las luces de Las Vegas que se alzaban sobre nosotros. Pronto quedarían bajo nuestros pies.