Capítulo uno. Penna #2
—Vete a la mierda, Penna. Un día alguien te va a bajar de ese pedestal que te has montado en la cabeza. Todo el mundo sabe que estás rota. Resuelve tus cosas sola. Yo me voy.
Se fue sin mirar atrás y, de pronto, quise que mi vaso estuviera lleno de vodka en lugar de agua.
En una cosa tenía razón: estaba rota. No era algo que yo admitiera a la ligera, pero ahora mis mejores amigos estaban de fiesta en Aspen, festejando las medallas que acababan de ganar en los X Games, y yo estaba encerrada en Las Vegas... Podría decirse que estaba rota.
Tendría que haber estado allí, compitiendo con ellos y contra ellos.
Rebel habría estado. Era dura, astuta, consciente de sus habilidades y de su valor.
Pero, de alguna manera, había dejado a Rebel en el suelo de la pista de Dubái, aplastada por el peso de una moto de motocross y un reflector del estadio que su propia hermana había arrojado.
Hacía tres meses que me sentía como Penna, simple y aburrida, y por mucho que lo intentara, no lograba despertar a Rebel, no lograba levantarla y hacer que se diera cuenta de que se estaba marchitando.
Los médicos me dieron el alta de la pierna hace un mes, justo antes de Navidad, pero usé todas las excusas habidas y por haber para no subirme a una moto, ni a una moto de nieve ni a nada que me pusiera de nuevo en mi lugar de Renegade Original.
Estaba fuera de forma por los meses que había pasado con el yeso, pero mi cuerpo no era lo único que necesitaba rehabilitarse.
Tenía la mente nublada, no podía concentrarme y tenía el corazón roto.
Extrañaba a la única persona a la que no tenía permitido echar de menos: a Brooke.
Esa noche iba a dar el primer paso para retomar mi vida de siempre. Olvídate de ese plan. No puedes hacerlo sola. Romper esa regla de los Renegades era tan malo como romper la de las sustancias. Nosotros íbamos limpios y sobrios, y nos cuidábamos el uno al otro cuando había que hacer retos.
—¿Estás bien? —La voz de Cruz irrumpió en mi momento de autocompasión.
—Sí —le aseguré, incapaz de esbozar una sonrisa—, mi plan para esta noche acaba de cambiar drásticamente.
—Para mejor, si te refieres a ese tocaculos de mierda.
—Ah, ¿lo viste? —pregunté, agradecida porque ESPN hubiera pasado a mostrar momentos destacados del hockey.
—Sí. Habría saltado a defender tu honor, pero quedó más que claro que podías lidiar con la situación sola. —Me felicitó con un gesto de su vaso, pero lo volvió a apoyar sin beber.
—Gracias. —Al estar rodeada de tipos como Landon y Pax, no se me daba muy a menudo la oportunidad de luchar mis propias batallas. De alguna manera, era bonito que me vieran como una persona fuerte y empoderada.
En ese momento, entró por la puerta la comitiva de una boda. La novia llevaba un elaborado vestido blanco sin tirantes que contrastaba de forma muy hermosa con su piel de color café con leche. Se inclinó sobre la barra a mi lado y, como la camarera no apareció inmediatamente, soltó un silbido.
Era de las mías.
—Necesito una soda. Mi amiga se ha manchado el vestido —le pidió.
—¿Y qué vas a hacer esta noche, ahora que se frustró tu otro plan? —preguntó Cruz.
Miré rápido mi teléfono. Little John estaba esperando fuera.
—No estoy segura. —¿ Qué iba a hacer? Esa era la pregunta del millón.
—No tenemos mucho planeado —dijo, señalando con la cabeza a sus amigos—, pero me encantaría que te quedaras a pasar el rato con nosotros. O podemos quedarnos los dos aquí un ratito más sin beber —agregó con otra sonrisa capaz de parar corazones.
Antes de que pudiera contestar, lo llamaron los chicos del bar.
—Piénsalo —dijo, y se dio la vuelta de nuevo hacia sus amigos.
—Amiga, yo haría más que pensarlo. Me subiría a ese tren —dijo la novia.
Por poco escupo el agua.
—¿Perdón?
—Perdón vas a tener que pedirte a ti misma si no le saltas encima a ese tipo. —Le echó una miradita a Cruz.
Se acercó una rubia con una mancha roja en el vestido verde agua.
—No puedo creer lo que hice —dijo con un acento sureño.
—No te estreses. Ya tomamos las fotos y lo único que queda es la fiesta —la tranquilizó la novia—. Además, no seríamos nosotras si no salieran mal las cosas.
—¿Conseguiste algo? —preguntó una pelirroja, sumándose al grupo.
—Aquí tienes. —La cantinera le pasó una botella sobre la barra.
La chica firmó la cuenta de la gaseosa.
—Gracias. Ember, ¿puedes con eso?
—Sí, no te preocupes —dijo la pelirroja, secándole el vestido a la rubia con unos golpecitos suaves.
La novia se dio la vuelta y apoyó la espalda en la barra.
—¿Y? ¿Le vas a decir que sí? —me preguntó, señalando a Cruz con la cabeza.
—Ah... Eh... No sé.
—Bueno, deberías. La última vez que alguien me miró así... Te lo resumo: se subió a una barra por mí y terminé casándome con él —dijo, sonriendo en dirección a la puerta.
Sonó una notificación en mi teléfono mientras se acercaban tres tipos.
Little John: Ey, vas a venir o no? Se te cierra la ventana.
Tragué saliva y mi cerebro repasó todos los escenarios posibles.
¿Y si lo hacía sola? Landon y Pax se enfadarían mucho, pero igualmente se volverían locos por el hecho de que hiciera esto sin ellos.
¿Y si lo cancelaba? ¿Algún día lograría reunir el valor necesario para volver a intentarlo?
Nunca había sido de las que metían el dedo del pie antes de entrar al agua.
Yo era de las que se lanzaban de cabeza y después miraban qué había en el fondo.
—En serio, dile que sí —me instó la novia justo cuando un tipo enorme y descomunal con esmoquin la levantó y se la puso al hombro.
—Se terminó el momento de charlar —dijo con una sonrisa—. Josh, ¿abres la puerta?
—¡Lánzate! —dijo la novia en un susurro bien audible, con una gran sonrisa, mientras se la llevaban en brazos.
—Con gusto —exclamó otro tipo, abriendo la puerta para que salieran los seis.
Limpié la condensación del vaso con el pulgar y eché unas miradas al trago de Cruz, que seguía intacto. Tal vez ... Era una locura, pero lo que yo estaba a punto de hacer también lo era.
—¿Y? ¿Qué me dices? —preguntó Cruz, volviéndose hacia mí mientras sus amigos se levantaban para salir.
Salta. En eso eres buena.
—¿Cuánto sabes de paracaidismo?
Se le dispararon las cejas hacia arriba.
—Apuesto a que sé más que tú.
—Esa apuesta la perderías —dije, sin poder contener la sonrisa. Sentía que se me encogía el estómago cada vez que nos mirábamos a los ojos, pero me sentía mejor que nunca.
—Por alguna razón, no me sorprende —dijo lentamente.
—Cruz, ¿estás listo? —preguntó uno de los tipos.
Me miró ladeando la cabeza como preguntando.
—Tengo una mejor idea —dije despacio.
—A ver.
—¿Quieres hacer algo sumamente peligroso conmigo?
—Contuve la respiración mientras él no solo me miraba, sino que me veía .
En lo que duraron esos pocos latidos, me sentí desnuda, aunque sus ojos no se movieron de mi rostro.
Todos mis instintos me decían que desviara la mirada, pero sus ojos estaban hechos para ahogarse en ellos y yo ya me estaba hundiendo.
—¿Algún otro detalle?
—No. O aceptas o no aceptas —dije, mostrándome más fanfarrona de lo que me sentía.
—¿Cruz? —le insistió su amigo.
Vi el debate silencioso que se desarrolló en su mirada antes de que asintiera despacio con la cabeza.
—Vayan. Los veo más tarde —dijo sin romper el contacto visual conmigo.
Se me aceleró el pulso y me dio un vuelco el corazón . Mierda, voy a hacerlo en serio. Por favor, Dios, que no me estuviera mintiendo, que tuviera experiencia. ¿Qué posibilidades había de que me hubiera sentado en un bar al lado de alguien capaz de hacer eso?
El destino , susurró mi corazón.
Cierra la boca , respondió mi cerebro.
Yo no me ponía melosa por cualquier tipo. La melosidad te volvía blanda y débil.
—¿Vamos? —preguntó, levantándose mientras sus amigos se iban.
Mis pies tocaron el suelo. Epa. A pesar de mis 1,72 m de altura, él me sacaba unos buenos diez centímetros, y qué cuerpo .
El tipo estaba muy definido, probablemente más que Pax, lo cual era difícil de lograr.
Y por cómo se le marcaban esos músculos de los brazos al moverse, se veía que el resto de su cuerpo estaría igual de tonificado.
Nos dirigimos a la entrada del hotel para encontrarnos con Little John, dando pasos largos al mismo ritmo.
—Debo decirte que esto puede que sea un poco ilegal —confesé, guiándolo hacia la salida, donde nos esperaba Little John.
—Eres toda una caja de sorpresas, ¿no? —dijo en voz baja mientras me sostenía la puerta.
—No tienes ni idea.
Me estaba sorprendiendo hasta a mí misma esa noche.