Rebel (Renegados 3)
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Capítulo uno. Penna
CAPÍTULO UNO PENNA
LAS VEGAS
El chico seguía mirándome.
Me quedé parada en el vestíbulo del Bellagio revisando mis mensajes de texto —la mayoría de los cuales estaba evitando descaradamente—, pero, cuando levanté la vista, el adolescente larguirucho seguía mirándome embobado.
Llevaba una gorra Fox de motocross y una camiseta de los Nitro Circus World Games, y por cómo alternaba la mirada entre su teléfono y yo, era evidente que me había reconocido.
Por suerte, sonó una notificación en mi teléfono, lo que me ayudó a no pensar en el hecho de que, probablemente, el chico estuviera publicando mi ubicación en Twitter en ese mismo instante.
Genial.
Little John: Ya está todo arreglado.
Penna: Gracias. Afuera en quince?
Little John: Sigo pensando que es una idea de mierda.
Penna: Tomo nota.
Estaba guardando el teléfono en el bolsillo del pantalón cuando el chico empezó a acercarse, después de mirar de reojo a sus padres para ver si ya habían terminado de registrarse en el hotel.
—Disculpa... —Se le quebró la voz.
—¿Sí? —pregunté con una sonrisa.
—Ya sé que seguro que esto es una estupidez, pero ¿tú eres... Rebel?
Me atraparon .
—La misma. —Obligué a los músculos de mi cara a mantener curvados los labios.
Al chico se le pusieron los ojos redondos y mi sonrisa se volvió genuina.
—Te amo. —Se puso rojo como un tomate—. Digo, amo mirarte. Ay, mierda. No voy detrás de ti como un acosador ni nada por el estilo.
—No te preocupes, sé lo que quisiste decir —dije, y me reí, sacudiendo un poco los hombros.
Después de un par de selfis, el chico estaba en el séptimo cielo.
—¿Me haces un favor? —le pregunté mientras le firmaba la gorra.
—Cualquier cosa.
—¿Podrías esperar un par de horas para publicar eso en las redes sociales? Es muy importante. —Sabía que el chico tal vez lo haría igualmente, pero me quedaba más tranquila con una promesa.
—Sí. Claro, no hay problema. —Me asintió con entusiasmo.
—Gracias. Le devolví la gorra mientras se acercaban sus padres.
Ya me había dado la vuelta para dirigirme al bar cuando me llamó.
—Rebel, ¿esto quiere decir que has vuelto al ruedo?
—Eso está por verse —le dije justo antes de desaparecer de su vista.
Siempre me descolocaba que me reconocieran en público; pensar que, de alguna manera, nos habíamos vuelto lo bastante famosos para que pasaran estas cosas.
Pero esta vez fue distinto. Quizá porque estaba sola por primera vez: sin Pax, ni Landon, ni Nick...
, ni Brooke. Quizá porque hacía tres meses que no participaba en ningún reto de los Renegades.
No, no era por eso. Era porque ese chico había logrado identificarme cuando yo ya no podía reconocerme a mí misma.
Rebel. Me gané ese apodo temprano en la vida, ya que nunca encajé con las normas sociales que mis padres esperaban de una niña.
Motos de cross, tablas de snowboard, paracaídas, cuerdas de bungee: esas habían sido mis casitas de muñecas.
Los X Games cumplieron el papel de las clases de etiqueta y los bailes de sociedad.
Fui contra corriente y gané una medalla de oro en la prueba del whip , que hasta entonces siempre había sido solo para hombres.
En lugar de entrar en la Liga Juvenil, me entregué a mi adicción a la adrenalina y los deportes extremos, y fundé los Renegades con tres de mis mejores amigos, que acabaron convirtiéndose en mis hermanos.
La mejor manera de lograr que hiciera algo era decirme que no podía. Me rebelaba.
Pero esta vez era distinto.
Esta vez me estaba rebelando contra mis amigos, me estaba saliendo del guion.
El ruido del casino me ensordeció mientras me dirigía al bar donde Patrick me había dicho que nos encontráramos. Mi camiseta holgada sin mangas, mis vaqueros ajustados y mis zapatillas Vans negras no eran la vestimenta más común para ir al bar, pero ya estaba acostumbrada a llamar la atención.
Eché un vistazo rápido al local y vi que Patrick todavía no había llegado, así que me acerqué a la barra y me apoyé en la encimera de granito.
—¿Qué te sirvo? —preguntó la camarera.
—Un agua con hielo y limón, por favor —le pedí mientras me sentaba en la banqueta.
—Ya sale —dijo, y se alejó para preparar el pedido.
—Tú sí que vives al límite —dijo una voz grave con un leve acento a mi lado.
Me volví hacia él y, por poco, mi instinto me hace soltar un grito ahogado.
Qué sonrisa. El tipo era tan guapo que era inevitable quedarse mirándolo: tenía el pelo negro y espeso, con un corte militar; unos ojos del color del chocolate; la piel morena, y una sonrisa que me obligó a apoyarme en la barra para que no se me cayera la baba que, sin duda, se me estaba escapando de la boca.
Tenía unos hoyuelos y... Ah, mierda, qué brazos más pornográficos.
Tenía arremangada la camisa, lo que insinuaba de forma provocativa la forma de sus bíceps.
Se me encogió el estómago y fue la primera vez en años que un hombre atractivo me provocaba una reacción física al verlo.
Me levantó una ceja y esa sonrisa se volvió sexy y peligrosa.
Sabía bien el efecto que me generaba, pero el gesto le salió juguetón en vez de creído y guarro, que era a lo que yo estaba acostumbrada.
Solté una sonrisa y negué con la cabeza.
Yo siempre estaba rodeada de hombres atractivos, exquisitos y tonificados, pero, de repente, me estaba volviendo loca por un desconocido en un bar.
Un desconocido que no sabía quién era ni qué hacía, ni qué me había pasado en los últimos tres meses.
—Soy Cruz —dijo, girándose en la banqueta para mirarme de frente.
—Yo soy Pen... Penélope. —Mi nombre completo sonaba extraño, ya que siempre me llamaban Penna. Pero aquella noche no era Penna. Ni Rebel. La verdad es que no sabía quién era.
—Penélope —repitió, acariciando mi nombre con su acento.
No importaba; sonaba delicioso dicho por él . ¿Qué idioma hablaba? ¿Era español? No exactamente, pero era algo así de sexy.
—¿No vas a beber esta noche? —preguntó, bajando el pulgar por el vaso, que todavía estaba lleno. No llevaba alianza.
Le di las gracias a la camarera, puse un billete de cinco en la barra al recibir mi agua con limón y me volví de nuevo hacia Cruz.
—Nop. Necesito estar lúcida.
Levantó una ceja negra.
—¿Menor de edad?
—Te encantaría saberlo, ¿no? — ¿Estás coqueteando? Yo no coqueteaba. Jamás. Tal vez para las cámaras y el público, pero nunca en mi vida personal.
—La verdad es que sí —dijo, inclinándose hacia delante.
Me acerqué también y le susurré al oído:
—Soy carne prohibida y solo estoy aquí para hacer que termines preso. —Dios, tenía un olor increíble: una colonia cálida y costosa, y algo más que no lograba identificar.
Frunció el ceño, como si estuviera intentando dilucidar si bromeaba o no. Al final, me reí con alegría y despreocupación.
—Es broma —dije—. Tengo veintiuno. En realidad, cumplo veintidós el mes que viene.
—Menos mal. —Su mirada despertó todas mis hormonas, que después de tanto tiempo inactivas, se pusieron en marcha de golpe. Bebí otro sorbo de agua, esperando que la temperatura enfriara las partes de mí que no tenían ningún derecho a calentarse en ese momento.
Antes de que pudiera seguir cayendo en las profundidades de esa madriguera de conejo, sentí una fuerte nalgada en el culo. Ah, no, eso sí que no.
Me di la vuelta de golpe, hincándole el codo en el estómago al tipo que estaba detrás de mí, y luego terminé de darme la vuelta y le apreté la garganta con la mano, clavándolo contra la barra.
El imbécil de Patrick.
—Tranquila, Rebel. Solo quería hacerte saltar —dijo con una sonrisa descarada, levantando las manos en el aire.
—Métete las putas manos donde no te da el sol, porque la próxima vez que me toques el culo, te van a quedar como dos muñones chorreando sangre.
Me dirigió una mirada de falsa sorpresa.
—Ah, bueno, ¿así habla una señorita?
—Cállate, Pat. Nunca te habrías atrevido a hacer algo así si Pax y Landon estuvieran aquí. —Le solté la garganta y volví a mi banqueta, muy consciente de que seguro que había quedado como una psicópata delante de Cruz.
Patrick me dirigió otra sonrisa, se sentó en la banqueta que estaba a mi lado y señaló la tele que había encima de la barra, donde estaban pasando en ESPN los momentos destacados de la competición de los X Games del día.
—Bueno, pero no están. Por eso me llamaste.
—Te llamé porque eres el único Renegade que no está ni al otro lado del mundo ni en Aspen y necesito a alguien de confianza. —Miré fugazmente hacia Cruz, que había vuelto con sus amigos.
Es para mejor. Como si fuera a pasar algo.
—Sí, es que lo mío son los juegos de verano —dijo Patrick, devolviéndome la atención.
Era bastante promedio para ser un Renegade.
Un atleta excelente, pero no el mejor. Atractivo, pero no...
Digamos que no como Cruz. Se me acercó poniéndome el aliento caliente en la cara—.
Y yo que esperaba que solo quisieras verme a solas.
Me quedé atónita y me alejé. No podía ser, ¿o sí?
—¿Estuviste bebiendo? —pregunté, rezando para estar equivocada. Por supuesto, los Renegades éramos temerarios e incluso peligrosos, pero había un límite que nunca cruzábamos: nunca mezclábamos retos y sustancias. Una cagada así te podía matar.
Se encogió de hombros.
—Solo me tomé un par de tragos. Nada de qué preocuparse. Puedo saltar igual.
—No, no puedes. —Aparté la mirada, viendo cómo mis planes se desvanecían más rápido que el hielo de mi vaso.
—¿Cómo que no? Sí puedo.
Lo fulminé con la mirada.
—No. No. Pue. Des. Algo así de peligroso, no. —¿Qué iba a hacer? ¿Abandonar? ¿Esperar y pedir refuerzos? ¿Admitir que no podía sola?
Su mirada se volvió hostil.
—¿Y quién eres tú para decidir eso?
Mis pensamientos se acallaron cuando me inundó un enojo glacial.
—Soy una de los Originales. Este es mi reto. Mi equipo. Y te estoy diciendo que ya quedaste fuera.
Soltó una risita burlona y se bajó de la banqueta de un empujón.