Rebel Daddy (Billionaire Baby Daddies nº 8) 19. Sara
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19. Sara

SARA

Llevaba tres horas con los ojos clavados en los números de este nuevo software de contabilidad que le había instalado a mamá y se me estaban saliendo de las órbitas.

Al Griddle le iba bastante bien. Las propinas habían subido, el cocinero del turno de tarde se ganaba su sueldo y el equipo de la mañana se había asentado en un ritmo que no requería que yo estuviera pendiente de cada comanda.

Si las cosas se mantenían estables, el restaurante podría mantener a mamá por sí solo sin que ella tuviera que estar tan encima una vez que yo me marchara. No la haría rica, pero serviría para pagar las facturas y llenar la nevera, y eso era todo lo que necesitaba.

Las facturas del hospital eran harina de otro costal.

Los cuidados de mi padre estaban consumiendo dinero más rápido de lo que cualquiera de nosotros podía ganar, y los gastos finales, cuando llegara el momento, recaerían sobre Danny y Andy.

Sus ganancias en las carreras lo cubrirían, pero por los pelos.

Cerré el portátil y fui a buscar a Kip. Estaba en el suelo del salón construyendo una torre con bloques mientras Tiffany se sentaba con las piernas cruzadas a su lado, pasándole las piezas cuando él las señalaba.

Era una estampa normal, pero esta noche me entristecía el corazón.

Mi padre agonizaba en una cama de hospital y este niño nunca conocería al suyo.

Aquello era culpa mía y no tenía forma de arreglarlo.

—Me marcho —le dije—. Le he prometido a mamá que le llevaría un jersey, pero tengo que pasar por el restaurante de camino.

—Tómate tu tiempo —dijo Tiffany—. Aquí estamos bien.

Me arrodillé, estreché a Kip en mis brazos y le besé la coronilla.

Se retorció, pero dejó que lo abrazara unos segundos antes de soltarse y volver a su torre.

Era tan inocente. No sabía nada del drama que lo rodeaba ni de las cosas que yo había hecho para protegerlo a él y a esta familia. Nadie lo sabía.

—¡Mami, no! —soltó, apartándome de su torre como si temiera que fuera a derribarla antes de tiempo. Tiffany se rió por lo bajo mientras yo me ponía en pie.

—Lo siento, cariño. Volveré esta noche.

Cogí un jersey y el chaleco de Garret de donde lo tenía doblado en el fondo de mi armario, escondiéndolo en mi bolso para que nadie lo viera. Estaba a mitad de camino de la puerta cuando Andy salió de la cocina con las llaves en la mano.

—Yo te llevo —dijo, lanzándome una mirada de arrepentimiento. Todavía estaba enfadada con él, lo suficiente como para que no hubiéramos hablado en unos días, y no quería quedarme atrapada en un coche tanto tiempo. No quería oír sus sermones. Era una adulta y podía hacer lo que quisiera.

—Puedo ir en mi moto, Andy. —Intenté pasar por su lado y él me detuvo tocándome el brazo.

—Quiero ver a papá de todas formas. Podemos ir juntos.

—Lo dijo con naturalidad, pero pude notar el remordimiento en su tono.

Había estado más blando conmigo los últimos días; sin llegar a disculparse por el incidente de la escopeta, pero rondando el tema como si supiera que se había pasado de la raya aunque no se atreviera a decir las palabras.

Tampoco tenía una buena razón para rechazarlo. Si ambos íbamos al mismo sitio, ahorraríamos gasolina, lo que significaba ahorrar dinero. Además, montaría un berrinche y me haría sentir aún peor si rechazaba su oferta de amabilidad. No tuve más remedio que ir con él.

—Está bien —dije—. Pero tengo que pasar por el Griddle primero… —Puse los ojos en blanco mientras pasaba junto a él, pensando ahora en cómo le devolvería el chaleco a Garret sin que Andy me viera y causara más problemas.

—Vale, voy a por mi chaqueta —dijo Andy, volviendo a toda prisa hacia su antiguo dormitorio.

No me dijo mucho mientras conducía, aunque yo tampoco estaba para mucha charla.

Mantuve los ojos fijos en la ventanilla, viendo pasar los campos zumbando mientras él cantaba lo que sonaba en la radio.

Así eran los tíos. Podían molerse a palos y, mientras pudieran sentarse en la misma habitación con la otra persona en paz después de eso, pensaban que el asunto estaba zanjado.

Pero yo seguía furiosa con él, y dejé que creyera que todo estaba volviendo a la normalidad.

Entró en el aparcamiento del restaurante y le dije que volvería enseguida. Cogí mi bolso y rodeé el edificio hacia la parte de atrás; Garret ya estaba allí, apoyado contra la pared junto al contenedor de basura con los brazos cruzados.

Parecía cansado. Tenía ojeras y el moratón del puñetazo del Locust se había convertido en una mancha amarillo verdosa sobre el pómulo. Se enderezó al verme, pero no se movió hacia mí.

—Toma. —Saqué su chaleco del bolso y se lo tendí—. Lo he mantenido doblado para que no se arrugara.

—Gracias —dijo, cogiéndolo y poniéndoselo. Se encogió de hombros para asentar el cuero y observé cómo se transformaba de nuevo en el hombre que el club conocía, y que yo sabía que no podía tener.

—Siento lo de Andy —le dije de nuevo, habiéndole enviado ya un mensaje de disculpa—. No tenía derecho a aparecer allí con un arma.

—Tenía todo el derecho. Es su propiedad y su hermana. —Garret se ajustó el cuello del chaleco pero no me miró—. ¿Cuánto tiempo más vas a estar en el pueblo?

La pregunta me dolió más de lo que debería.

No sabía si quería que me fuera o si esperaba que me quedara más tiempo.

—No lo sé. Tenemos que quedarnos hasta que papá fallezca y sus asuntos estén resueltos.

Podrían ser semanas, o más. —Toqué con la puntera una de las viejas raíces del gran roble que habían quedado expuestas con los años por la erosión de la lluvia.

Él asintió, pero apretó la mandíbula. No sabía si la noticia le desagradaba o si todavía sentía rabia por lo de Andy y el hecho de que lo echara.

El yo-yo en mi pecho volvió a girar, atrayéndome hacia él y alejándome en la misma rotación que llevaba siguiendo desde aquella noche en los escalones del restaurante.

—¿Por qué lo preguntas?

Se quedó callado un segundo, sopesando sus palabras. —Las cosas se están calentando con los Locust. Se habla de ciertos movimientos que podrían poner este pueblo patas arriba y, si sale como creo que va a salir, no será seguro para nadie que no lleve parche.

—¿Estás intentando que me vaya? —La opresión en mi pecho me dificultó la respiración. Realmente estaba intentando librarse de mí.

—Sara, no te estoy diciendo qué hacer. Te estoy diciendo que la situación con los Locust podría estallar cualquier día, y odiaría que tú o tu familia acabarais en medio de algo que no tiene nada que ver con vosotros.

Me crucé de brazos y sostuve su mirada. —Agradezco la advertencia, Garret, pero llevo cuatro años cuidándome sola sin que nadie me vigile, y soy lo bastante fuerte para manejar lo que sea que pase en este pueblo.

—Sé que lo eres. No es eso lo que estoy diciendo.

—Se pasó una mano por la cara y dio un paso hacia mí, pero yo estaba confundida y algo dolida.

Fui tonta por dejar que me besara aquella primera noche.

Sabía que los sentimientos que tenía por él eran demasiado fuertes y que me dominarían, y ahora aquí estaba, deseando que simplemente me besara y me dijera que me quería. Pero él estaba haciendo lo contrario.

Garret no tuvo la decencia de responderme.

Bajó la cabeza, desvió la mirada y dejó caer los hombros, igual que cuando mi hermano le apuntó con aquella escopeta y le ordenó que se fuera.

¿Dónde estaba el motero duro que pegaba a la gente y defendía su posición?

Lo mínimo que podía hacer era pelearse conmigo, no dejarme aquí en el limbo preguntándome qué demonios estaba pasando.

—Tengo que irme —dije—, Andy está esperando.

Me di media vuelta, pasando junto a él hacia el aparcamiento, pero tropecé con una de esas viejas raíces y me precipité hacia delante.

Extendí las manos para amortiguar la caída, pero Garret fue más rápido.

Su brazo me rodeó la cintura y me puso derecha antes de que tocara el suelo, y de repente me vi presionada contra su pecho con su brazo sujetándome con fuerza y su rostro a centímetros del mío.

Estaba tan cerca que podía sentir su aliento en mis labios.

Su brazo era sólido y cálido alrededor de mi cintura y su mano estaba abierta sobre la parte baja de mi espalda, manteniéndome firme.

Me flaquearon las rodillas y el pulso se me aceleró.

Me aferré a él por un momento, sabiendo que si me soltaba tropezaría de nuevo. Y quería que me besara.

Quería que olvidara el estúpido asunto de los clubes de moteros y las rencillas. Y quería sacar las amenazas de Tony de mi cabeza y dejarme llevar, derrumbarme y contárselo todo sobre Kip.

Alcé el rostro y sus ojos bajaron a mi boca; sentí la atracción entre nosotros tensarse hasta que pensé que se rompería. Pero la puerta trasera se abrió y Andy salió.

—¿Sara? —Se detuvo al vernos. Sus ojos pasaron del brazo de Garret alrededor de mi cintura al chaleco en su espalda y luego a mi cara, y su expresión se agrió en una mirada feroz—. Suelta a mi hermana y lárgate.

Garret me sostuvo un segundo más. Luego me ayudó a incorporarme y se aseguró de que tuviera equilibrio antes de soltarme.

No tenía miedo de Andy, pero pude ver el respeto que nos tenía a mí y a mi padre en sus ojos mientras me enderezaba.

Me daban ganas de llorar. ¿Por qué no podía ver cuánto lo amaba cuando estaba claro que él sentía lo mismo por mí?

—Que te miren ese tobillo —dijo en voz baja—. Se podría hinchar.

—Garret —protesté, intentando alcanzarlo, pero él se dio la vuelta y caminó hacia el otro extremo del aparcamiento donde estaba su moto.

No miró atrás. Se montó, arrancó el motor con fuerza y salió a la carretera, y yo me quedé allí con el tobillo palpitante viéndolo marchar, sintiendo cómo el corazón se me partía por la mitad.

—Vámonos —dijo Andy desde la puerta. Su voz era severa pero esta vez no gritó—. Papá está esperando.

Me quedé allí unos segundos más después de que la puerta trasera se cerrara de un golpe contra el marco y entonces brotaron las lágrimas.

Estaba enamorada de él. Estaba desesperada, estúpida e irreversiblemente enamorada de un hombre que nunca podría tener, porque escondido en casa de mis padres había un niño de tres años con su cara, y decirle la verdad a Garret lo destrozaría.

Y ahora mi hermano sabía la verdad o, al menos, parte de ella.