Reaper (Código Negro 2) Capítulo 63
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Capítulo 63

Willow

Pensé que iba a ser más original, pero es un maldito hijo de puta predecible.

Intento moverme, pero las cuerdas no me dejan.

Cada músculo grita y la herida en mi abdomen me recuerda que no puedo permitirme un fallo.

Lo que sea que puso en la botella de agua me dejó fuera por horas y ahora, cuando la luz de la mañana empieza a filtrarse por las rendijas del sótano, estoy de nuevo consciente.

Me esfuerzo por respirar sin dejar que el pánico me devore, mis manos atadas a un tablón grande de madera, sintiendo la aspereza de la cuerda en mis muñecas, el sudor resbalando por mis brazos.

Sé exactamente dónde estoy: en el sótano de su casa.

No se expondría a arrastrarme por la puerta principal en este estado.

— Ratoncita.

La voz de Troy me atraviesa, y giro la cabeza demasiado rápido. Lo veo, atado también, recostado contra el radiador, con rasguños visibles y el semblante débil. El dolor en él me rompe el pecho, y no puedo contener las lágrimas.

No. No. No.

—¡Troy! Dios mío. ¿Qué haces aquí?

—Lo mismo te pregunto yo, Ratoncita .

El nudo en mi garganta se aprieta mientras empiezo a sollozar. Cada segundo que pasa siento que la desesperación me engulle. No lo quería que esto pasara, no lo quería verlo a él ni a nadie que amo de esta forma.

—Lo siento, nunca quise que esto llegara a ustedes —digo, la voz rota—. Me voy a encargar… te lo prometo. Lo mataré con mis propias manos.

Troy me sonríe, una sonrisa cargada de dolor y comprensión que me hace temblar aún más.

—Lo sabemos todo, Willow… sobre tu hijo.

El silencio me aplasta. Mis lágrimas caen sin control, y siento cómo cada palabra resuena en mi pecho como un golpe. Saben la verdad y seguramente deben odiarme más.

—¿Es por eso que le dabas dinero? —pregunta, y su voz es suave, pero cortante, directa al centro de mi culpa.

—Se lo llevó cuando nació —susurro, temblando—. Me prometió que me diría dónde estaba si seguía dándole dinero. También para seguir con su juego. No podía seguir haciendo eso a esas chicas… al final, el dinero era lo único que le importaba.

Troy me observa, sus ojos fijos en los míos, y siento que no hay espacio para mentiras ni excusas.

—¿Quién es el padre, Willow?

Las lágrimas se mezclan con sollozos más intensos. No puedo sostener la mirada, siento que todo el peso del pasado me aplasta. La vergüenza, la culpa, el asco. Todo me consume de repente y lo ve en mi rostro.

—Voy a matarlo —dice Troy, su voz baja y temblorosa de rabia contenida—. Lo mataré por ti, cariño. Te juro que pagará.

El aire parece quemar mis pulmones mientras siento que por fin alguien entiende. Que alguien más lleva conmigo este odio, esta furia, este dolor. Troy comienza a volverse loco ahí sentado en el suelo y no entiendo lo que hace. Hasta que veo esa mirada azul intensa. Y veo algo más que me rompe.

Desesperación.

Lo veo romper las cuerdas con fuerza brutal, arrancándolas de la madera con un rugido animal.

Sus manos se mueven rápidas y calculadas, y en un instante rompe un vidrio cercano, cortándose sin importarle la sangre que brota de su brazo.

Después, con precisión, corta las cuerdas que me mantenían atada, liberándome.

Caigo de rodillas al suelo, temblando, pero finalmente libre.

Nos miramos, jadeantes, y sabemos que tenemos que movernos rápido.

Pero no sin antes sentirlo, que está vivo, aunque encerrado por mi culpa. Lo abrazo y él me besa de regreso.

—Te tengo, Willow.

Intentamos salir al salón, esperando que haya alguien allí que nos impida avanzar, pero la casa está desierta.

Todo está en silencio, inquietante, como si el tiempo se hubiera detenido.

Miro hacia la esquina, cada esquina y ni siquiera hay muebles en la casa, nada, es como una casa abandonada, como si nadie hubiera estado viviendo aquí, como si mi hijo no hubiera estado caminando por estos pisos que ahora están completamente vacíos.

Grito, apenas conteniendo mi miedo:

—¡No, Harry!

Troy me toma de la mano, apoyándome mientras cojea por la herida en la pierna, la sangre empapando su pantalón.

—Tranquila, vamos a encontrarlo, te lo prometo.—me dice, y su voz es firme, urgente. — Tenemos que salir de aquí.

Pero no tenemos ni un segundo. Mi tío. Aparece de la nada, la figura del diablo y letal que conocí de niña, que me arrebató todo. Dispara a la pierna de Troy ya herida, y él cae de rodillas con un grito ahogado. Siento un nudo en la garganta, terror y odio mezclados.

—Por favor, no, no le hagas daño, por favor… —mi voz tiembla—Haré lo que quieras…

—Al sótano, de nuevo. No lo repetiré —su orden es fría, sin titubeos.

Asiento con la cabeza, suplicante.

—De acuerdo, por favor, por favor…

Nos arrastra hacia abajo. La oscuridad del sótano me envuelve, y ahora hay tres hombres más de su parte.

Es de noche, la luz que entra desde las ventanas es mínima, y todo se siente opresivo, imposible.

Mi corazón late a mil por hora mientras Troy se desploma contra el suelo, su pierna sangrando, respirando con dificultad.

Mi tío empieza a hablar, sus palabras llenas de arrogancia y amenaza.

—Pensé que tu novio era inteligente —dice con una sonrisa venenosa.

Pero todo cambia cuando afuera se escuchan disparos y explosiones, la casa vibra con cada impacto, y el aire se llena de humo enseguida.

Y El maldito productor de mierda palidece al darse cuenta que ha cometido un error al tenernos a los dos aquí, porque solo existe una persona en el mundo que movería cielo, tierra e infierno para venir por nosotros.

—En realidad, somos dos —responde una voz familiar, firme y peligrosa.

Azrael, vestido de combate, moviéndose con precisión listo para matar.

Estoy atada, Troy herido a mi lado. No puedo moverme, aunque quisiera y siento el peso del miedo aplastándome. Mi tío levanta el arma y me apunta directamente a la cabeza.

—Baja el arma —dice a mi tío—o ella muere.

Ve a Troy que lo fulmina con la mirada

—Y tú también, parece que le importas.

Azrael, lento, tenso, baja su arma. La situación es insoportable, el silencio antes de la tormenta lo llena todo cuando otra persona entra.

Ella.

La esposa del diablo. La mujer que siempre estuvo detrás de todo, cómplice silenciosa. A la que mi hijo llama mamá hace presencia como si hubiera algo que celebrar.

—¿Trajiste lo que te pedí? —le pregunta su marido.

—Aquí está —responde ella, entregándole una bolsa de dinero.

—Verás, Willow, nunca quise que las cosas acabaran así…

Ahora tengo a mi hijo asustado en el auto, muy lejos de aquí.

Nos iremos, pero primero los mataré… —sus palabras me dejan helada, la rabia y el terror se mezclan en mi pecho porque todo acabará de esta manera y yo perderé a todas las personas que amo.

Él levanta el arma hacia mí, y siento que todo se detiene, que el mundo entero se ha reducido a un segundo y a un disparo que podría matarme. Mi corazón explota de miedo y no hay tiempo que perder, si he de morir aquí, no me iré sin antes decirles lo que siento.

—Te amo —le susurro a Azrael, mi voz quebrada, temblando—Y a ti también, Troy. Los amo tanto…

—Qué romántico. Enfermos… —la voz de mi verdugo se desliza con una burla venenosa, rozándome la piel como una promesa de muerte, y en ese mismo instante todo a mi alrededor parece quebrarse en un silencio denso, irreal, hasta que el disparo irrumpe y lo destroza, seco, brutal, cortando el aire como si partiera el mundo en dos; lo espero, lo juro que lo espero, tenso cada músculo, aprieto los dientes, preparo mi cuerpo para el dolor que debe venir, para el final que ya he aceptado, y aun así cierro los ojos porque no quiero ver el último segundo de mi vida, no quiero verle a él cuando todo termine, pero el impacto no llega, no hay fuego, no hay oscuridad, no hay nada…

solo el eco que aún vibra en mis oídos y mi propio pulso desbocado recordándome que sigo aquí; los abro despacio, con un miedo distinto, más frío, más profundo, y entonces lo entiendo, lo siento antes de procesarlo siquiera: ese disparo no era para mí… nunca lo fue.

Todos nos quedamos congelados, mirando. Azrael reacciona al instante, toma su arma y le apunta.

—Baja el arma. —le dice Azrael, apuntándole.

Veo a mi tío, tirado en el piso, con una bala limpia en su cabeza, toda la materia de su cerebro esparcida por todo el lugar.

Demasiado fácil. La rabia me correo, debió sufrir, debió verme irme y dejarlo en la miseria.

Pero supongo que, su esposa era su perdición desde un inicio. Y estoy agradecida.

—No te preocupes, ya me iba —dice ella, y sus ojos brillan con una mezcla de locura y resolución.

—¿Dónde está mi hijo? —pregunto, mi voz rota, desesperada—, por favor, dónde está Harry…

Pero no me dice, en cambio me sonríe. Como si me conociera, como si supiera lo que siento. El dolor lo veo cuando veo sus ojos, el miedo y ¿Arrepentimiento? Imposible.

—Cuídalo mucho.

Y antes de que pueda reaccionar Azrael, se dispara a sí misma en la cabeza. El sonido resuena en todo el sótano, un eco que quiebra todo a su alrededor. Siento que el aire se me corta, que el mundo se derrumba, y miro a Troy, a Azrael, incapaz de procesar la locura que acaba de ocurrir.

—¡NOOOOOOO! —grito, sollozando. —Harry….

El disparo se apaga y el silencio se adueña de todo.

La mujer yace inmóvil, y con eso ya no hay amenaza; la muerte de Thoby Graves y su cómplice deja un vacío que es más aterrador que cualquier grito.

Troy jadea a mi lado, sangrando, débil, y yo siento que mis piernas no me sostienen, pero estoy viva.

Estoy atada, herida, empapada en miedo y sangre, y aun así vivo.