Capítulo 62
Juramento V La verdad siempre sangra. Yo decido cuándo y cuánto.
Azrael
Estoy de pie, respirando con fuerza, el pecho ardiendo mientras Troy me grita. Cada palabra es fuego que quema en mi garganta, cada sílaba cargada de rabia y frustración.
—¡No la dejaste explicar nada! —me grito—. ¡No le creíste nada, joder! Debe haber más explicaciones, más razones de las que estás dejando pasar.
Troy me mira con ojos tranquilos, pero sé que su tranquilidad es solo un muro, un intento de calmar la tormenta que llevo dentro.
—Sé que la amas, yo también… —respondo, con esa calma que le desespera—. Pero ella decidió irse.
—¡Le dijiste que no confiabas en ella! —me grito, golpeando la pared con el puño—. ¿Qué esperabas que hiciera, Azrael? Está herida allá afuera, sola, y tú… ¿acaso no te preocupa?
—Lo estoy, Troy. Claro que me preocupa—digo con suavidad, casi como si temiera mis palabras—. Pero le dije que habría consecuencias si no decía la verdad.
—¡Y una mierda, Azrael! —grita otra vez, inclinándose hacia mí, los ojos llenos de rabia—. Todos tenemos secretos, sí, todos… pero eso no le da derecho a estar en peligro sola, ¡¿entiendes?!
Esta mierda tiene que terminar y sé qué hacer al respecto, no voy a permitir que ellos me odien, no así. No sabiendo que quiero salir corriendo a buscarla.
Es cuando la puerta se abre con un golpe seco y Claus entra en la habitación. Mis músculos se tensan al instante. Sabía que él vendría, que traería noticias porque sabía que no se quedaría con simples fotografías. Lo miro y siento una mezcla de alivio y temor.
—Sabes que cuando investigo algo no paro hasta llegar al verdadero fondo— su voz firme, directa—. La estoy vigilando. Sabía que se había ido, ella estaba en la estación, recibió una llamada que la hizo correr lejos, así que vi la llamada en los registros… Tengo todo controlado. Cada paso que da.
Mi mirada se clava en Troy, quiero decirle que no se enoje conmigo que traeré a Willow de vuelta para él, que la protegiera del peso de esto, que quiero que me odie a mí y no a ella. Pero mi boca no emite palabra. Claus sigue hablando, directo a mí.
—Ella se reunió con su tío…
El silencio se corta y la rabia crece de nuevo dentro de mí. Cada segundo se alarga mientras siento mi corazón encogerse. Sé que lo que viene no va a gustarme.
—¿Qué tienes? —pregunto, respirando con dificultad.
—Hay más, Azrael.
—¿Más mentiras? —digo, la voz baja, peligrosa.
—No. —Claus me entrega un sobre. Lo tomo, las manos temblando. Abro el sobre con dedos rígidos, y allí está. La foto. Mi corazón se detiene un instante, golpeando violentamente contra mi pecho.
Siempre hay una razón. ¿Cómo no lo vi antes? Solamente algo así la desesperaría y lo entiendo entonces más.
—Tiene un hijo.
El mundo se detiene. Mi puño aprieta el sobre, la foto casi se me cae. Siento que mi corazón estalla dentro del pecho. Willow… Tiene. Un. Hijo.
Y ahí, en esa sola frase, en ese golpe directo a mi alma, todo queda claro. Nada más importa en ese instante. Ni la rabia , ni el miedo , ni el odio hacia ella. Solo esa verdad que no me pudo contar, esa revelación que cambia todo.
—¡Tiene un hijo! —grita Troy, casi en un susurro para mí mismo, mientras el silencio llena la habitación.
Miro a Troy, buscando algo, cualquier cosa que me ayude a entender cómo enfrentar esto. Pero sé que no hay nada que pueda prepararme para lo que implica: Willow, su secreto, y el hecho de que alguien la obligó a vivir en la sombra, cargando con algo que jamás debería haber llevado sola.
El dinero era seguramente para saber el paradero de su hijo.
Mi puño se aprieta alrededor de la foto que es la respuesta a todas mis preguntas.
El silencio dura apenas un instante. Luego, un pitido agudo atraviesa la habitación y me hace girar de golpe: la alarma de seguridad suena.
El sonido no es solo un aviso; es un disparo a todas mis alertas, una señal de que algo ha salido mal.
Mis músculos se tensan de inmediato, Troy a mi lado hace lo mismo, sus ojos me buscan y miles de preguntas en su cabeza, y cualquier indicio de quién ha cruzado nuestra línea.
—Alguien está entrando —gruño, mientras me muevo hacia la ventana de vigilancia—. No deberían poder, el perímetro está cerrado.
Los monitores muestran sombras moviéndose rápido, demasiado rápido. Mi instinto se dispara, la adrenalina me hace ver todo en cámara lenta: la figura cruza los sensores, los pasos resuenan como martillos en mi pecho, y cada segundo es una eternidad. Troy me mira, sus ojos oscuros y decididos.
—Prepara la salida —susurro—. No sabemos quién es ni qué quieren.
Ni siquiera tengo tiempo de responder. Un estruendo ensordecedor retumba desde abajo, una explosión que hace vibrar las paredes, que nos deja sordos unos segundos y silencia todo a nuestro alrededor.
El polvo y el humo entran por las rendijas; la alarma sigue chillando, pero ahora se mezcla con un rugido metálico que sacude los cimientos de la casa.
El pitido de la alarma corta el aire como un cuchillo.
Luces rojas parpadean, los sensores se activan, y apenas puedo procesarlo antes de que otro estruendo sacuda toda la casa de nuevo.
Una explosión brutal estalla desde abajo, el suelo vibra bajo mis pies y el aire se llena de humo y polvo.
Todo se mueve a cámara lenta: el sonido, el calor, los fragmentos que vuelan.
El ruido cesa de golpe, como si el mundo hubiera sido arrancado de golpe de su eje. Todo queda en silencio absoluto, pesado y opresivo. Mi cuerpo no responde, mis piernas ceden, y la oscuridad me rodea. Antes de poder reaccionar, siento que caigo, y el mundo desaparece bajo mí.