Capítulo 61
Willow
Presente
Aún puedo sentir el peso de mi hijo siendo arrancado de mis brazos.
Aún puedo escuchar su pequeño llanto.
Aún puedo sentir mis manos vacías.
—Se lo llevará una familia que sí lo merece —me dijo mi tío mientras yo gritaba, mientras intentaba levantarme, mientras mi cuerpo aún sangraba del parto.— No como tú.
El recuerdo se rompe cuando vuelvo al presente. Sigo de rodillas en su salón, mirando a la nada y repitiendo la imagen y la voz de mi hijo en mi cabeza.
Mi hijo está vivo. Está aquí. Ha crecido en esta casa. Llamando papá al hombre que me lo robó.
El aire quema en mis pulmones.
—Me dijiste… —mi voz tiembla violentamente— que estaba lejos.
Mi tío no se mueve.
—Lo está.
Lo miro con incredulidad.
—¿Qué?
—Lejos de la vida que tú llevas.
Siento cómo algo oscuro se retuerce dentro de mi pecho.
—Tú…
Me pongo de pie lentamente. La herida en mi abdomen protesta, pero no me importa voy a matar a este hijo de perra ahora mismo con mis propias manos.
—Tú lo criaste. ¿Qué clase de vida crees tú que llevas?
Él se encoge de hombros con tranquilidad.
—Alguien tenía que hacerlo y mi vida es bastante buena.
No puedo dejar de temblar de la rabia.
—Me lo quitaste.
—Lo salvé del monstruo drogadicto que te volviste.
—Aquí el único monstruo eres tú, maldito hijo de puta. ¡Eres un bastardo!
Las palabras me golpean como una bofetada.
—¡Es mi hijo!
—Era tu hijo —corrige con frialdad—. Ahora es mi hijo. Siempre lo fue.
El silencio que sigue es tan pesado que casi puedo sentirlo presionando contra mi piel.
Lo miro. Veo su cara. Su calma. Su control. Y entiendo algo horrible. Nunca perdió el control sobre mí. He perdido, ¿cómo pensé que llegaría a vencerlo? Él tiene razón, soy un caso perdido.
Nunca podré ser feliz.
—¿Por qué…?
Su sonrisa vuelve.
—Porque ahora sabes exactamente lo que puedo quitarte si decides volver a desobedecerme.
Mi corazón se hunde en el pecho y entiendo que todo volverá a comenzar y nada ni nadie podrá cambiar eso. Él ganó.
La mujer entra al salón justo cuando me pongo de pie, mi corazón sigue latiendo como si quisiera salirse del pecho.
La miro de reojo y sé lo que es: no es solo su cordialidad, su voz suave y educada.
Veo el monstruo en ella también. Cómplice, silenciosa, eficiente.
Su mirada se cruza con la de mi tío y un escalofrío recorre mi espalda.
Harry sigue en su habitación ajeno a todo, haciendo su tarea, riendo, mientras nosotros respiramos un aire demasiado denso, cargado de secretos y amenazas.
—Haz que se calle o Harry la escuchará —le dice a mi tío con la voz más fría que he escuchado nunca en una mujer que aparenta ser una madre ordinaria que lleva a su pequeño hijo a prácticas de futbol.
Él la observa un segundo, y su sonrisa, fría y segura, me hiela la sangre.
—Descuida —responde con esa tranquilidad aterradora que siempre ha tenido—. Se callará pronto.
Mi mirada se cruza con algo en la mesa: la botella que me entregó apenas llegué.
No tiene etiqueta. Mis recuerdos vuelven como golpes secos en la cabeza.
Las botellas de agua adulterada que usaba cuando obligaba a las mujeres a subirse a su coche haciendo auto-stop …
Ellas estaban sedientas, confiadas, y se bebían cualquier cosa.
Mi tío era meticuloso y bueno insertando drogas en el agua en una botella completamente cerrada, sin dejar rastro.
Cómo pude olvidarlo. Cómo pude permitirme pensar que algo de esto no estaba detrás de mí.
Todo comienza a girar.
Siento el vértigo subiendo por mi garganta, el mundo inclinándose alrededor de mí mientras trato de mantenerme en pie.
Me aferro a la mesa, a la alfombra, a cualquier cosa que me recuerde que aún tengo un poco de control sobre mi cuerpo.
Pero no lo tengo. Nada de esto es mío. Todo está bajo su mirada, su plan, su poder.
—Descuida —dice mi tío otra vez, con una voz que ahora me hiela los huesos—. Cuidaremos bien de Harry… una vez me encargue de ti y de ese novio que tienes.
Las palabras se clavan en mí como dagas. Mis piernas se sienten de gelatina. Harry sigue allá arriba. Y yo estoy atrapada en este salón, frente al hombre que me quitó todo lo que amaba, y ahora me recuerda que todavía puede quitarme lo que queda.
Todo gira, todo duele, todo me quema por dentro.
Siento ganas de gritar, de correr, de desaparecer.
Pero sé que no puedo. No aquí. No mientras él esté tan seguro, tan confiado, tan…
letal. Y el monstruo detrás de la mujer, sonriendo como si fuera parte del juego, me observa, y comprendo que nada es lo que parece. Nunca lo fue.