Capítulo 60
Willow
Ocho años atrás
— No eres digna de ser madre, Willow.
— Una niña como tú solo arruina vidas.
— Este niño merece algo mejor.
Las luces blancas.
Mi cuerpo temblando después del parto.
El cansancio.
La sangre.
El dolor.
Y luego… él entrando a la habitación. Tranquilo y sonriendo. Como si hubiera sido algo normal haber parido a su propio hijo después de tantos años de abuso.
—Es un niño —me dijo entonces, como si me estuviera dando una buena noticia.
Yo estaba llorando. No de dolor. De felicidad. De miedo. De todo al mismo tiempo. Apenas tenía diecisiete años y él seguía violándome, el mundo ya era demasiado grande para mí, pero cuando vi a mi bebé… todo dejó de importar.
Era pequeño y perfecto.
Tiene los mismos ojos verdes que yo. Recuerdo cómo lo sostuve contra mi pecho, con miedo de romperlo, con miedo de que alguien me lo quitara. Y tenía razón.
Él se acercó a la cama y se inclinó sobre nosotros. Nunca iba a ser libre si seguía bajo el mando de mi abusador.
No quiero eso para mi hijo.
—No puedes quedártelo —dijo.
Al principio pienso que era una broma.
—Claro que sí —respondí, abrazando más fuerte a mi bebé. Jurando que lo protegería de todo monstruo que quisiera acercarse. Muchas veces esos monstruos no viven debajo de la cama, estan frente a ti y luego tienes a su bebé.
Pero su sonrisa nunca desapareció.
—No, Willow.
El miedo empezó a crecer en mi estómago. Es como si te quitaran una parte de ti, tu vida, todo, tu razón de existir, no sabía que podía sentir amor, amor real. No hasta que vi la cara de mi bebé.
—Este niño merece una vida mejor que la que tú puedes darle.
—No —susurro entonces—. No, por favor…
Intenté levantarme.
Intenté protegerlo.
Pero él ya ha llamado a alguien. Dos enfermeras entraron. Una de ellas evitaba mirarme a los ojos. ¿culpa? Nunca lo supe.
—No —grité—. ¡No! ¡Es mío!
Cuando se lo llevaron no había vuelta atrás. La otra enferma inyectó algo para que dejara de gritar y todo se va apagando poco a poco. Lo mismo hacían las pastillas, apagaban todo, y desde ese momento supe que no iba a poder vivir el resto de mi vida sin apagar el dolor.
—Al menos llámalo Harry…Harry, como mi padre. —fue lo último que le pude decir.