Reaper (Código Negro 2) Capítulo 59
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Capítulo 59

Willow

La casa está en una de esas calles tranquilas de Londres donde todo parece demasiado perfecto para ser real. Las farolas iluminan las fachadas elegantes, los jardines cuidados, las ventanas altas con cortinas claras. Nadie miraría este lugar y pensaría que el diablo vive aquí.

Pero yo sí. Estoy de pie frente a la puerta cuando respiro hondo y toco el timbre.

Un segundo.

Dos.

La puerta se abre.

Mi tío aparece en el marco de su puerta como si nada hubiera cambiado en el mundo. Como si no hubiera destruido vidas durante décadas. Como si no hubiera sido el monstruo que marcó cada segundo de mi infancia.

Es mayor ahora. El cabello gris peinado hacia atrás, algunas arrugas en la frente, la barba perfectamente recortada. Lleva un suéter oscuro y pantalones de vestir, como cualquier hombre respetable que acaba de llegar del trabajo.

Eso es lo peor de él.

No parece un monstruo. Parece confiable. Parece el tipo de hombre al que una mujer le pediría indicaciones en la calle o le confiaría a su hijo unos minutos. Pero yo sé lo que es. Es el mismo diablo en persona, uno que te consumirá para siempre.

Sus labios se curvan apenas cuando me ve.

—Willow.

La forma en que dice mi nombre me revuelve el estómago.

—Pasa.

Dudo un segundo, pero entro. La casa es… enorme. Techos altos, madera oscura, alfombras gruesas, cuadros elegantes colgados en las paredes. Todo huele a limpio, a caro, a vida normal.

Es grotesco.

—¿Es tu casa? —pregunto mirando alrededor.

—Así es —responde con una calma que me pone la piel de gallina—. ¿Te gusta?

Lo miro con desprecio.

—Es demasiado bonita para que una rata como tú viva en ella.

Él suelta una pequeña risa, como si acabara de escuchar un comentario divertido. Ni siquiera le voy a preguntar desde hace cuánto tiempo vive aquí, pero a juzgar por las fotos que Azrael me mostró, él ha estado en la ciudad hace bastante tiempo. Y eso hace que quiera matarlo incluso más.

—¿Quieres algo de tomar? Ha sido un largo viaje.

No lo fue.

—No, gracias.

Aun así, camina hasta la cocina abierta y vuelve con una botella de agua cerrada. Me la extiende como si fuera un anfitrión amable. Durante un segundo pienso en tirársela a la cara. Pero siento el mareo regresar. No he comido, no he dormido, mi cuerpo todavía está recuperándose del disparo.

Tomo la botella y bebo de mala gana. El agua fría baja por mi garganta mientras intento no perder el equilibrio. Él me observa con esa mirada tranquila que siempre tuvo, esa paciencia enfermiza que hacía que todo fuera peor cuando yo era niña.

—¿Cómo has estado, Willow? —pregunta con suavidad—. Por el dinero que enviabas parece que te va bien.

Aprieto la botella entre mis dedos.

—No vine aquí a hablar de mí.

Levanto la cabeza.

—¿Vas a darme una dirección o no?

Él no responde. En lugar de eso mete la mano en el bolsillo de su pantalón. Cuando vuelve a sacarla tiene una foto.

La deja caer sobre la mesa frente a mí.

—Quizá prefieras esto.

La recojo y el mundo se rompe. El aire desaparece de mis pulmones y mis dedos empiezan a temblar.

—No… —susurro.

Las lágrimas aparecen antes de que pueda detenerlas. La foto se me resbala de las manos y cae al suelo. Por fin lo conozco, por fin sé cómo luce, tantas noches soñé con verlo y ahora mi sueño se ha hecho realidad.

En ese momento, la puerta principal se abre. Una mujer entra en el salón. Tendrá unos cuarenta y tantos, tal vez cincuenta. Cabello castaño recogido, un abrigo claro, una expresión tranquila en el rostro.

—Hola, cariño —le dice a mi tío con naturalidad mientras deja las llaves en la mesa—. Harry estaba como loco por regresar a casa.

Harry.

Mi corazón se detiene.

—La práctica terminó temprano —continúa ella.

Entonces escucho pasos pequeños. Y lo veo. El niño entra corriendo al salón. Cuando lo miro de frente siento que el mundo deja de existir. En la foto se veía pequeño, pero en persona es más hermoso.

Los mismos ojos verdes.

El mismo cabello rizado.

La misma sonrisa que vi en la foto.

Mi hijo.

Mi cuerpo se queda completamente inmóvil.

No puedo respirar.

No puedo pensar.

—Papá —dice el niño mientras entra—. ¿Quién es ella?

Papá.

La palabra atraviesa mi pecho como un cuchillo. Mi tío ni siquiera duda en responderle con una verdad que hace que quiera vomitar.

—Es tu prima Willow —dice con naturalidad—. Vino de visita.

El niño sonríe de inmediato y me ve sonriendo.

—¿En serio? ¡Genial! Tengo una prima.

La mujer me observa con curiosidad, probablemente intentando ubicarme en algún árbol familiar que no existe. Pero yo no puedo mirarla. Solo puedo mirar al niño.

Mi hijo.

Mi hijo.

Mi hijo.

Harry camina hacia mí con la confianza absoluta que solo tienen los niños.

—Hola —dice.

Y antes de que pueda reaccionar, me abraza.

El contacto me destruye. Mis piernas dejan de sostenerme y caigo de rodillas frente a él mientras lo rodeo con los brazos, aferrándome demasiado fuerte, como si fuera a desaparecer si lo suelto.

Las lágrimas salen de mí en sollozos incontrolables.

— Prima —dice él confundido—. ¿Te gustan los abrazos?

Asiento mientras lloro contra su hombro pequeño.

—Sí… —mi voz se rompe—. Sí, Harry. Me gustan muchos los abrazos.

Lo miro. Memorizo cada detalle de su cara.

Cada pestaña.

Cada mechón de cabello.

—Lo siento… —susurro sin poder detenerme—. No quiero asustarte.

Él sonríe sin entender nada.

—¿Cómo estás? —pregunto con la voz quebrada—. Quería… quería conocerte.

—La escuela va bien —responde con orgullo—. Tengo ocho años ahora.

Ocho.

Ocho años.

—Y estoy en el equipo de la escuela —continúa emocionado—. ¿Quieres ver fotos?

Asiento de inmediato, sin dejar de mirarlo, sin dejar de tocar su brazo como si necesitara comprobar que es real.

Y cada pedazo de mi alma vuelve a estar en su sitio, de alguna forma rota eso sí, pero no me importa.

Tengo frente a mí a mi hijo. La única razón por la que dejé que un monstruo controlara mi vida desde que era una niña, la única razón por la que no me rendía.

Mi hijo.

—Sí.

Harry corre hacia su mochila y empieza a sacar papeles, fotos, dibujos.

Yo sigo arrodillada en el suelo. Llorando.

Mirándolo. Mientras detrás de él, de pie junto a la mesa, mi tío me observa con una sonrisa tranquila.

Como si acabara de recordarme exactamente quién tiene el control.

Siempre lo ha tenido, el dinero no era para mantenerlo lejos, el dinero era una cuota de una promesa que nunca cumplía, el paradero de mi hijo.

—Harry, ve a lavarte las manos. La cena estará lista pronto, y haz tu tarea.

La voz de la mujer es suave, cotidiana, como si este fuera un hogar normal. Como si nada en esta casa fuera una mentira construida sobre los restos de mi vida. Ella debe de saber la verdad.

—Sí, mamá.

La palabra me atraviesa el pecho. El niño se gira hacia mí con una sonrisa brillante.

—Adiós, Willow.

Levanta la mano y la agita con naturalidad antes de salir corriendo por el pasillo.

Yo no puedo moverme. Sigo arrodillada en el suelo del salón, con las manos todavía suspendidas en el aire donde hace un segundo estaba su cuerpo. Mis dedos tiemblan. Mi respiración es irregular.

Ocho años.

Ocho años.

Ocho años sin saber si estaba vivo.

Sin saber dónde estaba.

Sin saber si alguien lo cuidaba. Y ahora… Ahora lo tengo a unos metros.

Mi hijo.

Mi niño .

Mi corazón late tan fuerte que siento que va a romperme las costillas. Levanto lentamente la cabeza. Y lo veo. Mi tío sigue apoyado contra la mesa, observándome con esa calma repugnante que siempre ha tenido. La calma de un hombre que sabe exactamente cuánto poder tiene.

La calma del diablo me da asco y mis manos se convierten en puños sobre la alfombra.

—Tú… —mi voz sale rota. —Lo has tenido todos estos años. ¿Por qué?...

No termino la frase. No puedo. Porque de repente lo veo todo con claridad. Lo que me quitó. Todo . Me dijo que mi hijo estaba lejos. Que lo había entregado a una familia que sí lo merecía .

No como yo.

Las palabras siguen clavadas en mi memoria como cuchillas que rasgaron mi alma todos estos años que estuve sin verlo.