Reaper (Código Negro 2) Capítulo 55
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Capítulo 55

Azrael

Lo apunto con el arma.

Ahora mismo no confío en nadie. Ni en Troy, ni siquiera en mí mismo, y cada segundo que pasa siento que todo puede irse al carajo.

No sé nada, no sé si alguien será fiel, ni siquiera él.

Mi pulso retumba en mis sienes mientras siento la culpa, la rabia y el miedo mezclándose en un nudo que aprieta el pecho hasta casi asfixiarme.

— Escorpión … Azrael, cariño … qué mierda… —suena la voz de Troy, firme pero tensa, intentando calmarme.

—Te dije que la sacaras de ahí —gruño, entre dientes, mientras mis ojos recorren cada rincón de la habitación y reviso el arma sin confiar en nada más que en mi instinto.

—Y eso hicimos. Sacarla de ahí.

Me ve cerrar los ojos y mover la cabeza como un lunático, como si el mundo entero se hubiera vuelto demasiado y yo no supiera cómo sostenerlo. No soy el mismo y lo sabe, cuando pierdo el control, no soy de fiar.

—Respira. Cinco cosas… recuerda cinco cosas —me dice.

—No funciona —respondo, con los ojos perdidos y temblando.

—Cinco cosas de ella —insiste—. Eso sí funciona. Recuerda cinco cosas de ella.

Su cabello, su risa, su silueta, su voz, su aroma…

Sigo apuntando y toco mis sienes, tratando de anclarme a lo único que me importa. Willow, ella es mi salvación y mi puta condena. Joder, ¿Qué mierda estoy haciendo?

Dejo de apuntarle y veo que lo he herido. ¿Cómo pude sospechar de él cuando el verdero culpable está ahí? Cuando he visto su correo gracias a que tengo el móvil de Willow clonado. Vi el mensaje, pero mis hombres ya me habían dado su ubicación.

—Joder, lo siento…lo siento.

Troy asiente, y se aclara la garganta para decir:

—El médico ya viene —me dice —. Yo no puedo… no puedo perderla. No podemos perderla.

—No lo haremos —respondo con firmeza, aunque mi corazón está al borde de estallar. No puedo permitirlo. No puedo permitir que nadie más la toque, que nadie más la lastime. Todo lo que ha pasado se me incrusta en la piel: ella huyó, se puso en peligro, y la hirieron.

Me acerco a mi amante y lo tomo del cuello para darle un beso en la frente y me quedo ahí, disculpándome de nuevo en silencio mientras su respiración se calma.

A él lo calma cinco cosas sobre mí.

…

El médico llega finalmente, y el grito de Willow atraviesa la habitación mientras le sacan la bala del abdomen.

No iba a llevarla al hospital, no cuando no puedo confiar en nadie.

Cada segundo que grita, cada estremecimiento de su cuerpo, me atraviesa como un cuchillo ardiente.

No tocó ningún órgano vital, no hay hemorragia significativa, pero mi mente no deja de repetirlo: ella huyó, se puso en peligro, y me hizo llegar tarde como también dudar de Troy.

La culpa me quema, la rabia me consume, y quiero destrozar todo a mi alrededor por ello.

Sigo de pie, rígido, con el arma al lado, los ojos fijos en Willow mientras Troy intenta calmarla.

Cada respiración suya me recuerda lo frágil que es, lo cerca que estuvimos de perderla, y la adrenalina me hace querer protegerla de todo y todos.

Nadie volverá a ponerla en peligro. Nadie. Ni su tío, ni sus hombres, ni nadie.

—Tranquila, Mäuschen —susurro por lo bajo, aunque sé que apenas me oye—. No volverás a huir así. No dejaré que nada te pase.

La observo temblar en la cama, el dolor en su abdomen, la respiración entrecortada, y siento una mezcla de rabia, culpa y deseo de controlarlo todo.

Cada hombre que se interponga en nuestro camino pagará.

Cada segundo que ella respire, cada mirada, cada movimiento, será protegido por mí.

Porque Willow es mía, y nadie, absolutamente nadie, va a arrancármela de las manos.