Capítulo 54
Troy
Solo un maldito segundo. Solo un maldito segundo mientras fui a la ducha a revisar a Azrael porque algo en su mirada me dijo que no trae buenas noticias.
Jamás imaginé que esos minutos se convertirían en un infierno cuando nos dimos cuenta que Willow no estaba en el apartamento.
Los hombres del bar y Azrael me dieron el aviso casi al mismo tiempo: ella salió, está entrando a mi club, y nada es seguro.
Nada. La adrenalina quema en mi pecho mientras arranco la moto, Azrael pisándome los talones, reuniendo a sus hombres de Código Negro.
El mensaje de Azrael sobre el tío de Willow era claro: el tío de Willow la quiere viva o muerta.
La veo cuando doblo la esquina. Corre como si no tuviera idea del peligro que la rodea, y la furia me estalla en el pecho.
Está tan asustada, tan diminuta, que no puedo contener la rabia que me consume.
Mis músculos se tensan mientras corro hacia ella, y lo primero que sale de mi boca es un gruñido bajo, controlado pero lleno de amenaza:
—Estás en problemas, Willow.
Ella me mira con ojos que intentan mentir, y susurra:
—Solo necesitaba un trago.
No me engaña. Nunca podría. Tomo el teléfono para responder la llamada de Azrael y escucho su voz al otro lado:
—Troy…—dice con ese tono de voz que no me gusta cuando se enfada.
—Sí… la encontré…—respondo, sin dejar que termine de hablar, cuando de repente me doy cuenta de que ese tono de voz no es de enfado. Sino miedo.
Y me corta de inmediato:
—¡Vete de ahí ahora! Es una trampa.
Azrael. Su urgencia recorre mi columna como un golpe.
Pero es demasiado tarde. Los hombres están demasiado cerca de ella, demasiado cerca.
Uno saca un arma y apunta directo al estómago de Willow.
Todo se congela. Todo desaparece salvo ella y esa maldita arma.
Grito su nombre con toda la fuerza que tengo:
—¡Willow!
El disparo es limpio. Directo a su estómago.
La veo caer y todo el bar explota en caos: gritos, mesas volcadas, vasos rompiéndose, la música convertida en ruido ensordecedor.
La gente corre en todas direcciones, pero mis ojos solo ven a ella, desplomada, temblando.
Corro hacia ella, empujando a cualquiera que se cruce, y la tomo en brazos.
Su respiración es irregular, su cuerpo temblando.
Saco el arma y busco a los responsables, pero no hay nadie. Se han esfumado entre el caos. Solo está ella, y el mundo entero puede arder a nuestro alrededor y no me importa. Siento su voz, apenas un hilo:
—Troy…
—Quédate conmigo, Willow —gruño, apretándola contra mí, sintiendo cada latido suyo—. Sólo quédate conmigo.
Azrael llega detrás, jadeando, sus ojos igual de furiosos que los míos. La tensión se multiplica, el peligro se intensifica, pero solo puedo concentrarme en mantenerla con vida. Cada segundo cuenta.
—Willow—gruñe y sé que ya se está volviendo loco. Cada movimiento puede ser fatal. Cada respiro suyo me pesa porque no pude protegerla.
Sostengo su cuerpo temblando entre mis brazos mientras los hombres se dispersan y el bar sigue sumido en el caos.
La sangre en su estómago me quema los puños y me hace querer arrancar cada amenaza de raíz.
La abrazo más fuerte, protegiéndola, sintiendo la rabia mezclarse con el miedo.
Todo el mundo que se interponga en esto va a pagar, y si tengo que derribar a todos para asegurar que siga viva, lo haré.
Porque ella es mía en este momento. Solo mía, y no voy a permitir que nada ni nadie cambie eso.
—Troy… —susurra de nuevo.
—Estarás bien, cariño.
La veo rendirse, sangrando, temblando, y no hay tiempo que perder.
La tomo en brazos con cuidado, sintiendo cada pequeño movimiento suyo mientras la sostengo contra mí, y escucho cómo Azrael saca su arma y dispara sin dudar.
Dos de los hombres que vuelven a aparecer caen de inmediato, sus cuerpos golpeando el suelo con un ruido seco que no me deja respirar.
El caos sigue a nuestro alrededor, pero no me importa nada más que ella.
Cada segundo que pasa es un riesgo, cada sombra que se mueve podría ser otro enemigo, y mi corazón no deja de latir como un martillo.
Azrael cubre nuestra retirada, disparando otra vez y manteniendo a raya a los tipos que quedan.
No hay tiempo para miedo, no hay tiempo para pensar, solo para moverse y sobrevivir.
Cada paso que damos hacia la salida parece eterno.
La sangre en su abdomen me quema la piel, y la sensación de su fragilidad me hace apretar los dientes y jurar que nadie, nadie volverá a tocarla.
Salimos del bar como fantasmas en medio del caos, Willow en mis brazos, Azrael justo detrás, limpiando el camino con disparos precisos.
La lluvia empapa la calle, mezclándose con la adrenalina y el olor a pólvora, pero no me importa nada.
Lo único que existe es mantenerla viva y llevarla a un lugar seguro.
La subimos al auto, Azrael al volante, sus ojos oscuros y fríos mientras dispara una vez más, asegurándose de que ningún seguidor nos alcance.
Cada disparo retumba en mi pecho, recordándome quien es fuera del ring.
Azrael maneja como si el infierno mismo estuviera persiguiéndonos, y yo no dejo de sostenerla, asegurándome de que se mantenga consciente, aunque sea solo un hilo. Sus ojos se cierran por un segundo y siento que tiembla, y me inclino apenas para susurrarle:
—Tranquila. No cierres los ojos, mantente despierta.
El viaje es silencioso, solo la respiración de Willow, sus manos intentando aferrarse a mí, y el motor del auto rompiendo la noche.
Azrael conduce directo a una de sus casas de seguridad, el lugar más seguro que conozco, donde incluso yo sé que nadie nos seguirá.
Cada kilómetro que avanzamos me llena de temor, que no la vamos a soltar.
Mi cuerpo duele por la adrenalina, mis nervios están al límite, pero no hay tiempo para descansar.
—¿Estás herido? —pregunta Azrael, es lo único que ha dicho en todo el camino. Sé que en estos momentos no es él mismo.
—No, estoy bien.
Finalmente llegamos. La casa de seguridad está cerrada, segura, pero mi mente no se relaja. Sigo sosteniéndola, hasta que veo a Azrael apuntándome con el arma directo a la cabeza.