Reaper (Código Negro 2) Capítulo 53
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Capítulo 53

Willow

Estoy aburrida.

La casa está más tranquila de lo habitual.

Azrael no está y eso cambia todo; incluso con Troy aquí, el aire se siente diferente, más ligero, pero al mismo tiempo más intenso, como si el espacio estuviera esperando que ocurriera algo.

Estoy sentada en el sofá, las piernas recogidas bajo mí, observando cómo Troy se mueve por la cocina antes de acercarse con dos cervezas en las manos.

Me entrega una y se deja caer a mi lado, apoyando los codos en las rodillas.

Su presencia me envuelve de inmediato; no es solo su tamaño o su fuerza, es esa sensación de seguridad que nunca había experimentado antes y que, de alguna manera, me hace sentir a salvo y vulnerable al mismo tiempo.

—¿Dónde creciste, Troy? —pregunto finalmente, rompiendo el silencio, intentando no mirar demasiado directo a sus ojos azules y delatar la curiosidad que me consume.

Me doy cuenta que, estoy enamorada de estos dos hombres, pero conozco poco o nada de sus vidas. Él levanta una ceja y toma un trago de su cerveza antes de responder.

—Aquí. Londres. No en los barrios bonitos —dice con calma, pero puedo sentir el peso detrás de cada palabra—. Crecí en la parte dura de la ciudad, donde no hay margen para la debilidad.

—¿Qué pasó? —murmuro, con cuidado de no sonar inquisitiva.

Troy permanece un momento en silencio, moviendo la botella entre los dedos, los ojos clavados en algún punto lejano que solo él puede ver.

—Mis padres murieron. Después de eso… Londres no fue amable. Aprendes rápido que nadie va a protegerte. Cada día es un combate, cada error puede costarte caro.

Siento que mi pecho se aprieta. No es tan diferente a la vida que tuvo Azrael y ahora entiendo su conexión que va más allá de pura lujuria y atracción.

—Mis padres también murieron. —le confieso—el único familiar era…mi tío.

Veo cómo traga, aclarando su garganta y puede imaginar todo tipo de cosas en su cabeza, seguramente Azrael se lo dijo. Pero no me importa contárselo yo misma.

—Mi tío me obligó a mí y otros niños a hacer cosas…—se me quiebra la voz.

—Cariño—Troy me atrae a su pecho—no tienes que hablarlo, está bien. estoy aquí contigo.

Tiene razón. Estoy con él y Azrael y me siento a salvo.

—¿Vivías en la calle? —pregunto. Seguro él también sufrió como Azrael. Somos tres almas dañadas que encontramos consuelo en la oscuridad.

—A ratos. A ratos en casas de gente que no debería tener niños cerca —responde, con un dejo de amargura en la voz que me estremece—. Aprendes a ser fuerte porque no hay otra opción. Cada día es un desafío.

Hago un gesto mínimo, apenas para que sepa que lo escucho, y él continúa, con la mirada fija ahora en mí.

—Luego llegó Arthur, el dueño del bar. Me encontró intentando robar comida en la cocina cuando tenía quince años.

Podría haber llamado a la policía, pero no lo hizo.

Me dio un plato caliente y me enseñó a cocinarlo.

Me enseñó que, si iba a sobrevivir en este mundo, tenía que aprender a defenderme y a cuidarme.

Me enseñó todo lo que sé ahora, y cuando murió, me dejó el bar.

Todo lo que soy ahora, se lo debo a él… y a Azrael.

Su mirada se suaviza apenas y veo una mezcla de orgullo y melancolía en sus ojos.

—Y Azrael terminó de darme un motivo para seguir —susurra, casi como si fuera un secreto—. Me protegió, me enseñó lo que significa pelear por algo que quieres de verdad.

Mis dedos se aferran inconscientemente al borde del sofá mientras lo observo, y sin darme cuenta, la pregunta sale de mis labios:

—¿Lo amas?

Troy no duda ni un segundo.

—Sí. Lo amo. Es mi hogar. Mi familia. Mi compañero. Y ahora… tú también formas parte de eso.

Siento un calor inesperado en el pecho. Ser amada y venerada por dos hombres que conocen el dolor peor que yo. No lo merezco, ellos merecen más que mi verdad a medias.

—Nos perteneces, Ratoncita —agrega con firmeza, como si no hubiera espacio para la duda en sus palabras.

—Eso suena muy posesivo —susurro.

—Lo es —responde, simple, seguro. —somos posesivos, y te gusta.

Un silencio se instala entre nosotros, cargado de significado. Sus ojos me estudian, y siento que está viendo todas las capas que intento mantener ocultas. Entonces su tono cambia, más suave, casi herido:

—¿Qué ocultas, Willow?

—¿De qué hablas? —replico, un poco a la defensiva.

—Tal vez Azrael te conoce mejor, pero yo sé leer a las personas. Estoy viendo que estás aterrada. Y no solo por tu tío. Hay algo más, ¿no es así?

Trago saliva, intentando mantener la voz firme.

—No sé de qué hablas, Troy.

—No vayas a herirlo, Willow. Tú no. —su tono es firme, pero lleno de cuidado.

—No lo haré —murmuro, sintiendo un nudo en el estómago.

—Bien —dice finalmente, y su mano se posa en mi cintura. Antes de que pueda reaccionar, me levanta con facilidad y me coloca sobre sus hombros.

—¿Qué haces? —pregunto entre risas nerviosas.

—Voy a alimentarte —responde, divertido.

—¿Con comida? —digo, arqueando una ceja mientras lo miro desde esa altura.

—Pues claro. ¿Acaso eres un ratón de verdad y quieres queso? —agrega con un guiño.

Ambos estallamos en risas. Pero justo en ese momento, la puerta se abre. Azrael entra y me ve sobre los hombros de Troy. Lo primero que noto es su mirada, cargada de deseo y control. Siento un escalofrío recorrer mi espalda cuando Troy me sienta sobre la encimera de la cocina.

—Buenas vistas —murmura Azrael, y se acerca a mí, apoyando sus manos suavemente mientras me besa con intensidad. Luego besa a Troy, un gesto que no sabía que haría vibrar las mariposas en mi estómago y que mezcla amor y posesión al mismo tiempo.

—¿Qué tal el día, cariño? —pregunta Troy, su voz calmada mientras se aleja de la encimera de la cocina.

Quedo embobada observándolos, como si fueran una pareja tradicional, pero sé que no hay nada tradicional aquí. La dinámica, la intensidad, todo entre ellos es otra cosa: es oscuro, es intenso, y me atrapa sin que pueda escapar.

—Lo mismo de siempre—dice, depositando un beso en mi frente—Voy a la ducha.

Troy me da un beso rápido también y va detrás de Azrael. Sé que él sabe exactamente cuándo intervenir, cuándo dejarme sola, cuándo guiarme.

Me quedo sola en la cocina, apoyada contra la encimera, y de repente todo el calor y la risa de antes se desvanecen.

Troy y Azrael se fueron juntos a la ducha, dejándome sola, con el eco de sus voces desvaneciéndose tras la puerta del baño.

La habitación se siente enorme y silenciosa, y yo me doy cuenta de lo vulnerable que estoy cuando no hay nadie más que yo.

Mis manos buscan apoyo en la superficie fría de la encimera mientras respiro hondo, intentando calmar el temblor que recorre mi cuerpo, pero es inútil; el miedo se arrastra bajo mi piel y me hace sentir expuesta, diminuta.

El aroma de Azrael, mezclado con el de Troy, todavía flota en el aire y me hace desear, de manera extraña, su cercanía, aunque sé que ahora no están.

Es una tortura de que, incluso cuando me siento segura con ellos, mi mundo puede volverse frágil en un instante.

Mi mirada se desplaza por la cocina, por la ventana que da a la calle, por cada rincón que antes parecía acogedor y ahora parece lleno de posibilidades que no quiero enfrentar sola.

Mis dedos tiemblan mientras tomo mi teléfono y reviso mi correo electrónico, buscando algo que me distraiga del vacío. Un mensaje destaca entre el resto, y mi corazón se detiene al ver el remitente. No es spam. No puede serlo. El contenido me congela porque su amenaza ya comenzó:

Para: Willow Graves

De: El Productor

Asunto: Querida Sobrina

Ven a este lugar y reclama tu premio. Sola o Sufrirás.

Siento un escalofrío que baja por mi espalda hasta la base de mis piernas.

Instintivamente me acerco a la pared, buscando la seguridad que ya no está allí, y me doy cuenta de que esto me supera y lo único que me importa en estos momentos es proteger a los chicos, además que cualquier paso que dé ahora podría ser crucial.

El apartamento, que hace apenas unos minutos estaba lleno de risa, música y calor, se ha convertido en un espacio de tensión, de miedo y de expectativa.

Mis manos buscan algo firme, algo que pueda sostener, y mis ojos recorren el salón.

Cada segundo que pasa sin que aparezcan Troy o Azrael aumenta el pánico en mi pecho.

El mensaje es claro: mi tío está aquí y me quiere, y no puedo confiar en que estos muros me protejan o a ellos.

Todo el mundo que confío, toda la seguridad que creía tener, ahora parece distante, intangible.

Y ahora el agua corre detrás de esa puerta cerrada, Troy y Azrael juntos, yo me siento atrapada en un silencio que grita peligro y urgencia, sabiendo que mi próximo movimiento podría cambiarlo todo.

…

El mensaje tenía una ubicación: Black Veil.

El bar de Troy. No pude esperar a que Azrael y Troy salgan de la ducha.

Solo salí del apartamento y corrí. Si él llega antes, si mi tío llega antes, no sé qué pasará.

No puedo perder tiempo, no puedo dudar ni un segundo.

Aprieto el teléfono contra mi pecho y corro hacia la calle, esquivando charcos, sintiendo la lluvia empapándome hasta los huesos.

Cada paso es un riesgo, cada sombra un posible enemigo, cada sonido de la ciudad me hace voltear.

La adrenalina quema en mis venas, mis pulmones arden, pero no puedo parar.

No puedo pensar en nada más que en llegar.

El bar no está lejos, pero cada semáforo, cada esquina, parece estirarse, cada paso más lento de lo que debería.

Siento miedo real, puro, y sé que, si mi tío me alcanza, no habrá vuelta atrás.

La amenaza del mensaje no era un juego. No puedo dejar que él gane.

Doblo en la esquina, escucho el sonido de pasos detrás de mí y mi instinto me grita que me apresure.

Entro al bar y el ambiente me golpea de inmediato: luces bajas, música de fondo apenas perceptible, el olor a madera y alcohol mezclado con un calor humano que me hace sentir fuera de lugar y, al mismo tiempo, aferrada a algo tangible.

Detrás de la barra hay un hombre más viejo, probablemente un trabajador de Troy cuando él no está, que me observa con curiosidad y un mínimo de desconfianza.

No le presto atención; camino hasta una de las mesas más cerca del ring y me siento, pidiendo un trago que me devuelva algo de control, aunque sea mínimo.

El teléfono vibra en mi bolso. Lo saco y el mensaje es simple, directo, como siempre.

Sola. Me gusta.

Mi estómago se aprieta y mis dedos se aferran al vaso mientras escribo de vuelta, tratando de mantener la calma:

¿Dónde estás? Terminemos con eso.

Guardo el teléfono, tomo un trago largo y dejo que el calor del alcohol me recorra un segundo, intentando calmar los nervios.

Pero el silencio me pesa, y después de unos minutos no puedo quedarme sentada; necesito moverme, caminar, sentir que tengo control sobre algo, aunque sea el espacio que ocupo.

Me acerco al ring, mis pasos medidos, vigilando cada sombra, cada rincón.

Y entonces choco con alguien. Un cuerpo fuerte que me detiene en seco.

Troy.

—Estás en problemas, Willow—su voz es baja, grave, peligrosa, pero hay un hilo de alivio mezclado con reproche—. Menos mal que tenemos cámaras aquí.

Trago saliva y miento sin pensar demasiado.

—Solo necesitaba un trago —digo, apartándome un poco de él, manteniendo distancia.

Troy me observa un instante más, midiendo si creerme, y entonces su teléfono suena y responde y es mi señal para alejarme y correr.

—Sí… la encontré.

El pitido de la llamada me pone los pelos de punta.

Miro hacia la puerta y veo cómo unos hombres empiezan a acercarse, sus pasos resonando en el piso de madera.

No necesito escuchar más; el instinto me grita que el peligro está aquí, ahora.

El caos estalla a mi alrededor: los hombres avanzan, Troy aprieta el teléfono y sus ojos se encuentran con los míos, tensos y advirtiéndome que me mueva, que esto no es un juego. Pero estoy demasiado lejos de él.