Capítulo 51
Willow
Camino por el pasillo del apartamento con el corazón golpeándome fuerte en el pecho. Cada paso me pesa, pero no me detengo. No puedo seguir escondiéndome detrás de Azrael, detrás de Troy, detrás del miedo. Si él está en la ciudad por mí, entonces esto también es mi problema.
La puerta del despacho está entreabierta. La empujo con cuidado y entro.
Azrael está detrás de su escritorio, revisando algo en su portátil, con el ceño fruncido y esa concentración peligrosa que siempre tiene cuando planea algo. Troy está apoyado contra la pared, con los brazos cruzados y una cerveza en la mano. Los dos levantan la vista al mismo tiempo cuando me ven.
Azrael frunce el ceño de inmediato.
—¿Qué haces fuera de la habitación?
Cierro la puerta detrás de mí y camino hasta el centro del despacho. Mis manos están frías, pero mi voz sale firme.
—Quiero ayudar.
El silencio que sigue es pesado.
Azrael deja el portátil a un lado lentamente, como si necesitara un segundo para procesar lo que acaba de escuchar.
—No serás un cebo, Willow.
—Quieres atraparlo —digo, manteniendo la mirada en él—. Y quién sabe a qué más ha venido. No había salido de Manchester desde hace años. Si está aquí, no es solo por mí.
Troy se mueve un poco, pero no habla todavía.
—Ustedes se encargan de ellos —continúo—. Déjame hacerlo más fácil si lo atraigo hacia mí.
La mandíbula de Azrael se tensa. Puedo verlo incluso desde aquí. Ese pequeño movimiento que significa que su paciencia se está agotando.
—No te pondré en peligro, Willow.
Doy un paso más hacia su escritorio.
—No estaré en peligro, te lo prometo. Puede ser en el bar. Troy estará ahí. Puedes darme un arma.
—Basta.
La palabra cae como un golpe seco. Azrael se levanta de la silla y cuando rodea el escritorio para acercarse a mí, siento cómo el aire en la habitación cambia. Su presencia llena todo el espacio.
Se detiene justo frente a mí.
—No vuelvas a decir eso.
Trago saliva, pero no aparto la mirada.
—Es mi problema. —le digo.
—Ahora también es el mío.
—Azrael…
—No.
Su voz es baja, pero peligrosa. Antes de que pueda responder, Troy interviene desde la pared.
—Estoy de acuerdo con él, Willow.
Giro la cabeza hacia él.
—¿Y si vino a matarte?
La pregunta los deja en silencio por un momento.
—No lo hará —respondo después de un segundo—. Le doy mucho dinero cada mes.
Troy levanta una ceja.
—¿Y si no es suficiente?
Siento cómo mi estómago se encoge, pero mantengo la postura. Tiene razón, el dinero para alguien como mi tío no es suficiente, siempre quieren más.
—Eso no lo sabes.
Troy niega lentamente con la cabeza.
—Tú tampoco, Willow.
Azrael da un paso más hacia mí. Ahora está tan cerca que puedo sentir su calor, su olor limpio mezclado con algo más oscuro, más peligroso.
—Deja que nos encarguemos —dice con voz baja.
—No quiero esconderme.
Sus ojos se clavan en los míos. Oscuros. Intensos. Inquebrantables.
—Esto no es esconderse.
—Entonces ¿qué es?
Azrael se inclina un poco hacia mí, lo suficiente para que su voz solo sea para mí.
—Mantenerte viva, joder.
—No puedes protegerme todo el tiempo.
—Mira cómo lo intento.
Aprieta la mandíbula.
—Si ese hombre se acerca a ti, no lo atraparé. —dice, haciendo una pausa.—Lo mataré.
Troy deja escapar un suspiro.
—Genial —murmura—. Ahora estamos planeando un asesinato delante de la víctima.
Azrael no aparta la mirada de mí.
—No eres un cebo, Willow.
Su mano se posa en el borde del escritorio, justo al lado de mi cadera.
—Eres la razón por la que esto se termina.
Mi corazón late más rápido.
Suelto el aire lentamente cuando veo que ninguno de los dos va a ceder. Azrael sigue frente a mí, inmóvil, como una pared imposible de mover. Troy vuelve a apoyarse contra la pared, observándonos con fuego en la mirada.
Entiendo que esta batalla está perdida… al menos por ahora.
—Entonces, ¿Puedo ir a mi apartamento? —digo finalmente.
Azrael no reacciona de inmediato. Solo me observa, evaluando algo que no logro descifrar. Sus ojos recorren mi rostro como si estuviera buscando señales de que voy a hacer alguna estupidez.
—Puedes ir —responde al final—. No tienes que pedir permiso.
Me encojo de hombros.
—No estaba pidiendo permiso.
Troy deja escapar una pequeña risa por la nariz.
—Claro que no.
Camino hacia la puerta, pero antes de abrirla me detengo. Hay algo más. Algo que necesito. Vuelvo a mirarlo.
—Necesito algo.
Azrael cruza los brazos.
—¿Qué necesitas?
Inclino la cabeza ligeramente, con una sonrisa que no llega del todo a mis ojos.
—Algo para entretenerme y liberarme .
Troy ya sabe por dónde voy. Lo veo enderezarse un poco, divertido.
—Ya que no quieren follarme —añado con total naturalidad— y me miran como si fuera un cachorro herido… entonces voy a necesitar algunos juguetes.
Azrael no se mueve ni un centímetro, pero su mandíbula se tensa de inmediato.
—Willow.
Levanto las manos en gesto inocente.
—¿Qué? Estoy siendo honesta.
Me acerco un poco al escritorio.
—Quiero pasar por mi apartamento. Necesito mis cosas. Ropa… algunas cosas personales… ya sabes.
Troy se pasa una mano por la cara, claramente intentando no reírse.
—Esto se está poniendo entretenido.
Azrael sigue mirándome. Sus ojos son oscuros, intensos, peligrosos.
—¿Juguetes? —repite despacio. ¿Acaso fue todo lo que escuchó?
—Sí.
Me apoyo con la cadera en el borde del escritorio.
—Ya sabes… vibradores, esposas, ese tipo de cosas. Cosas que una mujer usa cuando los hombres de su vida deciden volverse caballeros de repente.
Troy suelta una carcajada abierta.
—Joder…
Azrael no se ríe. Da un paso hacia mí.
—No te estamos mirando con lástima.
—Ah, ¿no?
—Te estamos dando tiempo para recuperarte.
—Me siento perfectamente bien.
—Llevas dos semanas limpia.
Sus palabras caen como un recordatorio frío.
Me encojo de hombros.
—Entonces más razón para celebrar.
El silencio vuelve a instalarse entre nosotros. Azrael toca mi barbilla con un dedo y hace que lo vea. Joder, es tan alto. Veo hacia abajo y no llevo zapatos, así que me paro en sus pies solo para alzarme un poco y le doy un beso casto.
—¿Quieres ir a tu apartamento?
—Sí.
—Bien.
Hace una pausa.
—No vas sola.
Troy levanta la mano.
—Por favor dime que no soy yo el que va a recoger los vibradores.
Lo miro con una sonrisa inocente.
—Podrías aprender algo.
—Ya quisieras, Ratoncita.
Azrael ya está caminando hacia la puerta.
—Vamos.
Frunzo el ceño.
—¿Vienes tú?
Se detiene y me mira por encima del hombro.
—Si ese hombre está en Londres —dice con calma peligrosa— no me fío ni de este edificio.
Mi estómago se aprieta un poco. Porque por un segundo había olvidado eso.
Mi tío.
Azrael abre la puerta.
—Mueve ese culo, Mäuschen.
Paso a su lado y salgo al pasillo. Troy viene detrás de nosotros, todavía murmurando algo para sí mismo.
—Nunca pensé que mi trabajo incluiría escoltar juguetes sexuales…
Azrael ni siquiera gira la cabeza.
—Cállate, Troy.
Pero cuando bajamos las escaleras, siento su mano posarse brevemente en mi espalda. Firme como protector. Y completamente posesiva.
—Recoge lo que necesites —dice en voz baja—. Después volvemos.
Lo miro de reojo.
—¿A tu apartamento?
—Sí.
—¿Y si quiero quedarme en el mío?
Sus ojos se deslizan hacia mí. Sabiendo muy bien lo que quiero y lo que necesito.
A ellos.
—No quieres.
Y por la forma en que lo dice…
casi suena como una orden.
…
Han pasado demasiadas cosas en pocos días y todavía siento el cuerpo extraño, como si mi mente intentara ponerse al día con todo lo que está ocurriendo.
Camino entre ellos dos, con Azrael un poco delante y Troy a mi lado, y aunque ninguno dice nada durante unos segundos, sé que ambos están atentos a mí.
—Estaba pensando en lo que dijiste arriba.
Lo miro con una ceja levantada.
—Eso nunca termina bien cuando empieza así.
Él se encoge de hombros.
—Lo de los juguetes.
Azrael se detiene junto a la puerta, pero no se gira todavía. Sé que está escuchando igual. Troy se acerca un poco más a mí, lo suficiente para que su hombro casi roce el mío.
—No necesitas juguetes si nos tienes a los dos, Ratoncita .
La forma en que lo dice es provocadora, pero también familiar, como si fuera algo que ya sabemos los tres. No puedo evitar soltar una pequeña risa. Porque tiene razón, además, no tengo juguetes, no los que puedas satisfacerme de verdad como ellos lo hacen.
—¿Ah, sí?
—Claro —continúa con total naturalidad—. Tienes dos novios perfectamente funcionales y aun así quieres ir a buscar baterías.
—Eso suena a pereza por tu parte.
—Eso suena a eficiencia por la mía.
Azrael finalmente gira la cabeza hacia nosotros. Su mirada pasa primero por Troy y luego por mí, oscura, evaluadora.
—Troy.
—¿Qué? —responde él, divertido—. Solo estoy señalando lo obvio.
Yo cruzo los brazos y los miro a los dos.
—Lo obvio es que los dos me han estado mirando como si fuera de cristal desde que salí de esa bañera.
—Te estabas recuperando —dice Azrael.
—Me sigo recuperando.
—Exacto.
—Y eso no significa que de repente me haya vuelto una monja.
Troy suelta una risa baja.
—Definitivamente no.
Azrael abre la puerta de mi apartamento con un movimiento tranquilo, pero su atención sigue sobre mí.
—Entra.
—Todavía no he decidido si quiero volver contigo.
—No es una invitación.
Inclino la cabeza.
—¿Es una orden?
Él se acerca un paso. Su presencia es inmediata, sólida, como una pared cálida y peligrosa al mismo tiempo, me toma de la barbilla y me da un beso en los labios.
—Es sentido común.
Troy se apoya contra el marco de mi puerta, observándonos con los brazos cruzados.
—Personalmente creo que podríamos resolver lo del aburrimiento de Willow de maneras mucho más interesantes que ir de compras.
Le lanzo una mirada.
—Tú siempre crees eso.
—Porque normalmente tengo razón.
me observa unos segundos más, y en su mirada hay algo más profundo que simple control. Hay preocupación, sí, pero también esa intensidad que siempre me hace sentir como si me estuviera sujetando incluso cuando no me toca.
—Recoge lo que necesites —dice finalmente—. Después volvemos.
—¿A tu apartamento?
—A casa, Willow Graves, con nosotros.
La palabra me hace sentir algo extraño en el pecho. Troy toca mi cabello y agrega:
—Además, Willow… si lo que necesitas es entretenimiento, estoy bastante seguro de que entre los tres podemos arreglar eso sin necesidad de enchufes ni cargadores.
Le lanzo una mirada larga.
—Eres incorregible.
—No —responde con una sonrisa y luego me besa en los labios—. Solo soy honesto.
Cuando paso a su lado, su mano se posa un segundo en mi espalda. Es un gesto breve, pero firme, protector… y completamente posesivo.
—Primero tus cosas —dice en voz baja cerca de mi oído.—Luego ya veremos cómo quieres entretenerte.
Y por la forma en que lo dice, sé perfectamente que no es solo una broma.
El silencio de mi apartamento me golpea de inmediato.
No había vuelto desde hacía días, pero todo está exactamente igual que cuando me fui: el sofá desordenado, una taza olvidada sobre la mesa baja, una chaqueta tirada sobre el respaldo de una silla.
Por un momento me quedo en medio del salón, observando ese pequeño caos que es mío, preguntándome si de verdad sigo perteneciendo a este lugar o si ya he empezado a acostumbrarme demasiado al de Azrael.
El culpable cierra la puerta detrás de nosotros y deja caer las llaves en la mesa de la entrada.
—Bienvenidos a mi humilde desastre.
Troy se adentra primero, mirando alrededor con curiosidad.
—Lindo.
—Eso no me tranquiliza.
Cuando me giro hacia ellos, siento inmediatamente la forma en que el aire cambia. No es peligro, no exactamente… pero sí algo denso, cargado de electricidad, como si los tres supiéramos que hemos cruzado una línea invisible.
Camino hacia el salón con la intención de recoger algunas cosas, pero apenas doy unos pasos cuando siento la mano de Troy rodear mi muñeca con suavidad.
—¿De verdad vinimos solo por tus juguetes? —murmura cerca de mí.
Lo miro por encima del hombro y levanto una ceja.
—¿Te preocupa que la competencia sea muy fuerte?
Troy sonríe, pero antes de que pueda responder siento la presencia de Azrael acercándose por detrás. Su mano se posa en mi cadera, firme, cálida, deteniéndome por completo entre los dos.
Mi respiración cambia al instante. Durante un segundo nadie habla.
—Decías que estabas aburrida —dice Troy en voz baja.
Azrael no dice nada, pero siento cómo su pulgar se mueve lentamente sobre mi cadera, un gesto mínimo que envía un escalofrío por mi espalda.
—Tal vez exageré —murmuro.
—No lo creo —responde Troy.
Se inclina hacia mí primero. Su mano se desliza hasta mi barbilla, levantándola apenas lo suficiente para que tenga que mirarlo.
El beso llega despacio, cálido, con una familiaridad que hace que mis hombros se relajen casi de inmediato.
Sus labios son suaves pero seguros, y cuando se separa apenas unos centímetros puedo ver esa sonrisa suya, más tenue ahora.
—Definitivamente no estabas exagerando.
Pero antes de que pueda responder, Azrael me gira ligeramente hacia él. Su mano sigue en mi cadera, fuerte, firme, como si me reclamara sin decir una sola palabra.
Su beso es distinto.
Más profundo.
Más lento.
Como si no tuviera ninguna prisa.
Una de sus manos sube a mi nuca, sosteniéndome mientras me besa, y siento cómo el calor se extiende por todo mi cuerpo. Cuando finalmente se aparta, su frente queda apoyada contra la mía un segundo.
—Dos semanas limpia —murmura cerca de mis labios—. Eso sí que merece celebrarse.
Troy se acerca por detrás y su brazo rodea mi cintura.
—Estoy empezando a pensar que deberíamos haber venido antes.
No puedo evitar reír suavemente entre los dos, atrapada entre sus cuerpos, entre su calor, entre esa sensación de pertenecerles que siempre me desarma un poco.
—Vinimos a recoger mis cosas —recuerdo.
—Todavía puedes hacerlo —dice Troy.
—Más tarde —añade Azrael.
Sus manos se deslizan lentamente por mi espalda, atrayéndome contra él otra vez, mientras Troy deja un beso en mi sien con una calma casi peligrosa.