Capítulo 49
Willow
Despierto con el agua tibia cubriendo mi cuerpo, los músculos todavía doloridos y rígidos, y la sensación de vulnerabilidad me aplasta.
El aroma del jabón flota en la habitación, melocotón.
Mezclado con el olor metálico de mi propia piel adolorida, y apenas puedo girar la cabeza para ver a Azrael frente a mí, inclinado, con las manos firmes pero cuidadosas, lavando cada centímetro de mi piel como si estuviera limpiando algo más que el barro y la suciedad de los últimos días.
Cada contacto suyo me hace estremecer, y no es solo por el tacto: es la mezcla de cercanía, control y peligro que me mantiene alerta, como si cada fibra de mi cuerpo supiera que está allí no para consolarme, sino para sostenerme mientras atravieso mi propio infierno.
Cierro los ojos, intentando dejar que el agua y sus manos me sostengan, pero cada vez que su palma se posa sobre mi espalda siento que el pasado me quema por dentro, que los días anteriores me persiguen incluso en este momento de aparente calma.
Cada movimiento de sus manos, cada roce del agua sobre mi piel, me recuerda que estoy atrapada entre la fragilidad y la fuerza, y que, aunque quiera gritar, llorar y romperme, hay alguien que no me permitirá desaparecer del todo, aunque el miedo todavía me quema por dentro, siento un hilo de alivio que me conecta con el mundo real, con la posibilidad de sobrevivir.
—Quédate quieta—dice, la voz baja, firme, casi un mandato mientras su palma recorre mi espalda—. No voy a lastimarte… todavía.
—No puedo… —susurro, quebrada, sintiendo cómo cada centímetro de mi cuerpo grita dolor y miedo—. Todo me duele.
—Lo sé —responde, y hay un filo en sus palabras que me atraviesa—. Por eso no puedes irte. No hoy. No hasta que esto termine.
—No quiero… —murmuro, la voz rota—. Me siento como un muñeco roto que nadie debería tocar.
—Eres nuestra, Willow —dice, y el tono no deja espacio para discutir—. Incluso rota, incluso temblando, incluso deseando desaparecer. No dejaré que te rompas sola.
Cierro los ojos mientras masajea mi cuero cabelludo, y la humillación me quema más que el agua tibia.
—Azrael… —susurro de nuevo, temblando—. No tienes que hacer esto.
—Tú no decides —responde con dureza, y siento que la afirmación me atraviesa como un golpe—. Yo decido que sobrevivas. Yo decido que sigas respirando. Y te aseguro que lo harás, quieras o no.
—No quiero sentir nada más —susurro, quebrándome—. Quiero desaparecer.
—Yo también decido eso —dice, la voz grave y firme—. Yo no lo permitiré. Cada temblor, cada lágrima, cada gemido… lo sostengo yo, y mientras yo esté aquí, nadie te tocará, nadie te destruirá más que tu propio miedo.
Siento cómo sus palabras me atan de otra manera, más oscura, más profunda que cualquier abrazo. No es consuelo. Es posesión. Es control. Es lo único que me mantiene viva mientras me deshago en el agua tibia que recorre mi cuerpo y lava mis lágrimas sin piedad.
—Esta es la forma de castigarme por no decirte la verdad —susurro, la voz apenas audible, temblando mientras siento cómo sus dedos recorren mi cuello y mi espalda, dejando un rastro de agua y frío que me estremece hasta los huesos.
Azrael se inclina un poco más, la mandíbula tensa, los ojos fijos en los míos como si pudiera leer cada pensamiento que intento ocultar.
—Créeme, Willow —dice, grave, oscuro, casi como un juramento—.
No es un castigo. Conoceré todos tus pecados tarde o temprano.
Y cuando lo haga… —su mirada se vuelve más intensa, más peligrosa—…
cada uno de ellos será mío para sostenerlo, para moldearlo, para recordarte que no hay lugar donde puedas esconderte.
Siento que un escalofrío recorre mi columna.
La bañera deja de ser solo agua tibia; se convierte en un campo de tensión donde cada roce de su mano, cada movimiento suyo sobre mi piel, es un recordatorio de que estoy completamente a su merced.
Mi respiración se acelera y mis piernas se tensan, pero no por frío, sino por miedo, deseo y una mezcla que no puedo nombrar.
—Azrael… —susurro otra vez, temblando—. No sé si quiero… si quiero soportar esto.
—No tienes elección —responde, y su voz es una orden que hace que mis músculos se aprieten, que mi mente se rinda—. Pero confía en mí. Cada verdad que escondes, cada miedo que callas… lo sostendré yo. No para castigarte, sino para mantenerte viva, para mantenerte aquí, conmigo.
Cierro los ojos, y por un instante quiero retroceder, desaparecer bajo el agua.
Pero su mano se desliza por mi hombro y luego baja lentamente por mi brazo, firme, posesiva, y siento un temblor que no puedo controlar.
No es consuelo; no es cariño. Es algo más oscuro: es propiedad, es advertencia, es deseo y peligros entrelazados, y sé que si me dejo arrastrar, no habrá vuelta atrás.
—Entonces… —susurro, apenas audible, con la voz quebrada—… ¿cada uno de mis pecados será tuyo?
—Sí —responde, grave, como un mantra—. Y yo decidiré qué haces con ellos, Willow. No es un juego. No es un castigo. Es control. Es lo que necesitas. Y lo que mereces.
Siento que mis ojos se humedecen otra vez, pero esta vez no son solo lágrimas de miedo o dolor; hay algo más.
Algo oscuro, intenso, prohibido. Y mientras él sigue moviendo el jabón por mi espalda, siento que estoy atrapada entre el terror y un deseo que no quiero admitir, entre la culpa y la necesidad de que él me sostenga, aunque sea con fuerza y posesión.
Me quedo un momento en silencio mientras termina de lavarme, observando cada gesto suyo como si estuviera descifrando un enigma imposible.
Su mandíbula tensa, los pómulos marcados, el cabello peinado hacia atrás y la coleta firme le dan un aire de control absoluto.
Lleva la camiseta blanca remangada hasta los codos y los pantalones negros ajustados que delinean cada línea de su cuerpo.
Su aroma me golpea desde aquí, fuerte, perfume masculino, imposible de ignorar, y sin embargo lo acepto.
No tiene que hacerlo, no tiene que sostenerme así mientras mi cuerpo y mi alma están expuestos, y aun así lo hace.
Entre más lo observo, más me doy cuenta de que lo necesito, más me doy cuenta de que estoy enamorada de él.
Siempre lo estuve.
—Estás castigándome —susurro, la voz temblando mientras siento sus dedos recorrer mi cuello y mi espalda, frío y firme.
Se detiene un instante y me mira, oscuro y grave, y entiendo que cada palabra suya tiene un peso que no puedo ignorar.
—Es la única manera de hacer que las voces se callen —susurro, dejando salir la verdad aunque no quiera admitirla.
Asiente apenas y continúa lavando mi pierna por segunda vez, firme, controlando mi cuerpo con la seguridad de quien sabe que no hay opción de escapar.
—Siempre hay otra manera —murmura, y hay filo en su voz—. No tienes que destruirte así.
—Yo no puedo pelear en un ring como tú —respondo, la voz quebrada—. Lo único que hago es salvar vidas.
—¿Y acabar con la tuya? —pregunta, sin dejar espacio para evasión—. No te creo, Willow. No es excusa. Consumir no lleva a nada. Solo a morir lentamente. Y tú no quieres morir… quieres vivir.
—¿Cómo lo sabes? —susurro, incapaz de creerlo del todo.
—Porque lo siento —responde, firme, penetrante—. La forma en que miras el mundo, cómo sonríes a tus amigas, cómo amas tu trabajo… pero tu pasado te devora. Te has dejado devorar.
—No es tan fácil, Azrael —digo, tragando un nudo—. Siempre has tenido a tu hermano…
Esta vez me mira de verdad, y sus ojos me perforan como cuchillas. Su voz baja un tono, cargada de memoria y dolor:
—No. No siempre. No estuvo cuando mi padrastro y sus mierdas de amigos me violaban de niño y mi madre estaba demasiado borracha para defenderme, incluso lo permitía.
Estaba solo. Era un niño de siete años. Viví en la calle, comí entre ratas, lloré hasta dormir exhausto, llegué incluso a desear mi muerte, pero…
me di cuenta de que rendirse no servía de nada, así que peleé. Peleé por vivir.
Siento que algo se quiebra dentro de mí, y sin pensar, me abalanzo hacia él, enterrando la cabeza en su pecho mientras mi cuerpo tiembla y las lágrimas se escapan sin control.
—Lo siento tanto… eras solo un niño… lo siento mucho, Azrael —susurro entre sollozos, golpeando su pecho, tratando de liberar toda mi culpa y rabia.
—No te disculpes, Mäuschen —susurra, acariciándome con firmeza—. No es tu culpa. Lo superé. Soy un adulto ahora, y acabo con la escoria que camina por las calles de noche.
Me aparto un poco, temblando, y dejo que mi voz salga con dificultad:
—Yo necesitaba las drogas para… actuar frente a la cámara, para darles lo que querían ver.
—No necesitas hacerlo —responde, y su tono es un filo—. ¿Es por dinero?
Asiento, sintiendo la culpa quemar mi garganta.
—Mi tío. —llamarlo así me provoca asco— Era él o el sistema. Pero el estado eligió por mí y me mandó con él.
Siento la tensión de Azrael cuando me ve porque lo sabe, porque también lo vivió.
—¿Te tocó?
—No solo eso—trago y siento asco al recordarlo—nos grabó a mí y a otros niños de mi edad, nos obligó a hacer cosas que…
ningún niño debería de hacer. No podía elegir…
me obligaban, me empujaban a cosas que ninguna niña debería vivir…
—susurro, intentando encontrar palabras que no sean demasiado suaves pero que transmitan mi horror.
Su mandíbula se tensa, sus ojos se oscurecen, y el silencio que sigue es casi doloroso. Sus manos continúan recorriendo mi piel con propiedad, controlando cada movimiento mío, y siento que me rindo por completo ante él.
—Ahora entiendo por qué te dejaste consumir y no te culpo ni te juzgo —dice finalmente, grave, penetrante—. Pero no más, Mäuschen . No mientras yo esté aquí. Esto termina hoy.
Siento que algo dentro de mí se quiebra y se reconstruye al mismo tiempo. Su intensidad me aplasta, me confunde, y al mismo tiempo me sostiene. Estoy perdida, rota, vulnerable… y completamente enamorada y salvada por él.