Capítulo 48
Willow
Me despierto y lo primero que siento es el calor de Troy a mi lado. Ha preparado algo, el aroma de la sopa flota por la habitación y, de alguna manera, es lo más humano que he olido en días. Mis manos tiemblan mientras intento incorporarme, y lo primero que escucho es su voz:
—Hola… Ratoncita.
Su sonrisa es suave, y me hace sentir frágil, demasiado frágil, como si cualquier movimiento pudiera romperme del todo.
—Debo ser la persona más patética del mundo —me quejo, la voz temblando y el nudo en la garganta apretando más fuerte.
Troy se inclina hacia mí, con esa calma que tiene solo él, y me mira directo a los ojos:
—No, no lo eres. Creo que eres adorable… y hermosa.
Mi pecho se contrae con incredulidad.
—No me he duchado en días —le digo, la voz rota—. No creo que sea hermosa o que huela bien.
Él niega con la cabeza, serio pero gentil:
—Te hemos cuidado, te hemos limpiado… incluso. No hueles mal, sigues siendo hermosa y deliciosa.
Mi garganta se cierra. Intento respirar, pero las lágrimas comienzan a brotar.
—No tenían que verlo… —susurro, avergonzada.
—Tienes razón —dice él, y sonríe débilmente—, pero queríamos estar aquí. Necesitabas de nuestra ayuda, Willow.
La presión en mi pecho se hace insoportable. Comienzo a llorar, temblando, y siento cada parte de mí rendirse ante el cansancio, el dolor, la vergüenza. Troy me rodea con sus brazos y me abraza con fuerza, y en ese instante siento que todo lo que soy está completamente a la deriva.
—Eres hermosa, incluso cuando lloras —susurra, y su voz es un hilo que intenta sostenerme.
Pero llorar no basta. La rabia comienza a hervir dentro de mí, caliente y brutal, y siento que necesito romper algo, golpearlo todo. Empiezo a sacudirme, a intentar separarme de su abrazo, y el impulso de irme me consume:
—Quiero irme —digo con voz quebrada, temblando de desesperación.
—No puedo dejar que hagas eso —responde, firme.
—¿Por qué? —pregunto, jadeando—. Ya estoy bien.
—No, no lo estás, Willow… —susurra Troy, y la verdad en sus palabras me quema.
El dolor, la frustración, la impotencia, todo se combina y de repente mi rabia explota. Lo golpeo. Una cachetada. Se queda helado un segundo, y yo también me congelo al ver el pequeño rasguño que deja en su rostro. La culpa me golpea más fuerte que cualquier rabia.
—Lo siento… lo siento —balbuceo, intentando acercarme, pero mi cuerpo no escucha mi mente.
Me paro de la cama e intento correr, huir de lo que siento, de lo que hice, de lo que soy. Pero Azrael está allí, detrás de mí en un instante, atrapándome con una facilidad que me hace sentir pequeña de nuevo.
—¿Quieres que vuelva a atarte a la cama? —pregunta, la voz baja, firme.
—No… déjame salir, déjame salir —grito, la rabia y el miedo mezclados en cada palabra.
—No. No irás a ningún lado —responde, y yo no escucho más que el deseo de romper algo, de gritar, de lastimar.
Mi furia encuentra un objetivo: lo golpeo a él también. Una cachetada, otra, otra… hasta que Troy, con urgencia, me toma por detrás, envolviéndome con fuerza, y siento que todo el aire se me escapa, que la rabia se me clava en el pecho y que ya no puedo sostenerme más.
Lloro, grito, me retuerzo, y finalmente me desplomo entre sus brazos. La oscuridad me envuelve cuando pierdo la conciencia, y antes de caer, siento que el abrazo de Troy y la presencia de Azrael son lo único que me mantiene a flote, aunque todo dentro de mí esté destrozado.