Reaper (Código Negro 2) Capítulo 47
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Capítulo 47

Azrael

El tercer día es peor que el primero.

La gente que nunca ha visto una abstinencia cree que el infierno empieza al principio, cuando el cuerpo descubre que ya no tiene lo que necesita.

Pero no. El primer día es confusión y rabia.

El segundo es desgaste. El tercero es cuando el cuerpo entiende que nadie va a venir a salvarlo, cuando el cerebro deja de esperar la dosis y entra en pánico porque ya no sabe funcionar sin ella.

Ese es el día en que la pelea se vuelve más brutal.

Estoy sentado frente a la cama desde hace horas, con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas frente a la boca mientras observo cómo Willow atraviesa esa guerra que nadie puede pelear por ella.

La luz gris de la mañana entra por la ventana y cae sobre las sábanas desordenadas, sobre su cabello pegado a la frente por el sudor, sobre la forma en que su pecho sube y baja demasiado rápido para alguien que apenas se ha movido del colchón en horas.

Lleva casi tres días sin dormir de verdad, y se nota en cada pequeño gesto: en la forma en que abre los ojos y tarda unos segundos en recordar dónde está, en cómo su cuerpo parece demasiado pesado incluso para cambiar de postura.

Ya no está atada.

Le quité las cuerdas esta mañana.

No porque haya decidido confiar en ella, ni porque esto haya terminado.

Se las quité porque ya no tenía sentido mantenerlas.

Durante las primeras horas tiró de ellas con desesperación, intentando escapar de algo que ni siquiera estaba en la habitación, y terminó lastimándose las muñecas contra la cuerda hasta dejar la piel irritada.

Ahora apenas tiene fuerza para levantarse del colchón, mucho menos para correr.

El tercer día hace eso con la gente.

Los vacía.

De repente su cuerpo se estremece otra vez. Empieza con un temblor leve en los brazos, pero crece rápido, recorriéndole la espalda como una descarga. Sus dedos se crispan contra las sábanas mientras aprieta los dientes intentando contener el sonido que quiere salir de su garganta.

—¡Joder!… —jadea—. ¡Joder!…

No me muevo.

He visto esto antes. He visto a hombres mucho más grandes que ella suplicar, gritar, romper cosas, arrastrarse por el suelo buscando una dosis que no existe. Pero verla a ella atravesar ese mismo infierno tiene un peso distinto.

Willow intenta incorporarse un poco, como si cambiar de posición pudiera ayudar, pero el mareo la obliga a dejarse caer otra vez contra la almohada. Su respiración se vuelve irregular y sus manos se cierran sobre las sábanas como si necesitara agarrarse a algo sólido para no perder el control.

—Azrael…

Mi nombre sale apenas como un susurro raspado. Levanto la cabeza inmediatamente.

Sus ojos están abiertos, rojos por el cansancio y las lágrimas que lleva horas intentando contener. Durante un segundo parece que quiere decir algo más fuerte, más claro, pero cuando habla otra vez lo hace en ese hilo de voz frágil que apenas llena la habitación.

—Solo… un poco…

La palabra pesa en el aire. Un poco. Como si no supiera que esa palabra es exactamente lo que destruye a la gente como ella.

Aprieto la mandíbula.

—Lo siento, Willow.

La respuesta sale baja, firme. Willow deja escapar una risa rota que no tiene nada de humor.

—Te sigo odiando…

—Lo sé.

Su cuerpo vuelve a tensarse de repente y un gemido bajo se le escapa antes de que pueda detenerlo. Gira la cabeza hacia la almohada como si quisiera esconderse de lo que le está pasando, como si no quisiera que nadie vea cómo se rompe.

—Por favor… —murmura—. No puedo más…

Me levanto finalmente y me acerco a la cama. No digo nada. Solo estoy allí cuando otra sacudida le atraviesa el cuerpo y sus dedos vuelven a aferrarse a las sábanas. Willow abre los ojos otra vez y me mira como si yo fuera lo único estable en toda la habitación.

—Por favor… —susurra.

No intento negarlo.

Porque sería una mentira.

—Me estoy muriendo… —dice con la voz quebrada.

Niego lentamente.

—No.

Las lágrimas finalmente empiezan a caer por sus sienes mientras me observa con una mezcla de rabia, agotamiento y desesperación.

—Entonces… ¿por qué se siente así?

La pregunta se queda flotando entre nosotros. Me inclino un poco hacia ella.

—Porque tu cuerpo está mintiendo.

Willow niega con la cabeza inmediatamente.

—No… esto es real…

—El dolor sí —le digo con calma—. La necesidad no.

Su intento de risa se rompe antes de salir.

—Eres… cruel…

Quizá.

Pero sigo aquí.

Willow vuelve a cerrar los ojos cuando otra oleada de temblores le recorre el cuerpo. Está agotada, drenada, como si cada minuto le arrancara un poco más de fuerza. Durante un rato no dice nada, solo respira con dificultad mientras el silencio llena la habitación.

La observo en silencio, y siento cómo se me aprieta algo dentro del pecho.

Cada pequeño movimiento suyo parece un terremoto recorriéndole los músculos.

Sus ojos se abren de vez en cuando, vidriosos, perdidos, tratando de reconocerme en el espacio que ya no entiende, en la habitación que se ha convertido en su campo de batalla.

No tiene fuerza para levantar la cabeza por mucho tiempo; cada respiración parece costarle un esfuerzo que me duele incluso mirarlo.

—Azrael… —su voz sale como un hilo quebrado, casi arrancado por la desesperación—. Ayúdame…

No puedo. No ahora. No hasta que esto pase.

Si la toco, si intento consolarla, podría interpretarlo como alivio, y todo esto habría sido en vano.

Me inclino un poco hacia ella, apoyando los codos en las rodillas, y la observo como si mi atención pudiera sostenerla de alguna manera.

Pero no puedo tocarla todavía. Su cuerpo se sacude otra vez, temblores que recorren los brazos, la espalda, las piernas, y un pequeño gemido se escapa de sus labios antes de que pueda contenerlo.

—Me duele… —susurra, y no hay reproche ni súplica, solo la verdad de lo que siente—. Duele tanto…

—Lo sé —respondo en voz baja, con un hilo de control que apenas consigo mantener—. Sé que duele.

—No… no puedo… —jadea, arqueando la espalda y hundiéndose un poco más en la cama—. No puedo más, joder…

Sus manos se aprietan contra las sábanas, temblorosas, y sus uñas se clavan en la tela como si pudiera arrancar el dolor de su cuerpo con la fuerza de los dedos.

Cada respiración es irregular, corta, entrecortada.

Los ojos le brillan por el cansancio y por las lágrimas que intenta contener, pero finalmente alguna cae, recorriendo su sien y perdiéndose en la almohada.

—Azrael… —vuelve a susurrar, con la voz rota, apenas audible—. Por favor…

—No puedo aliviarlo ahora —respondo, manteniendo la calma, aunque por dentro todo en mí quiera gritar—. Tienes que atravesarlo. Solo así podrás salir del infierno.

—¡No quiero! —grita, y suena más a un grito desesperado que a una rabieta—. ¡No quiero sentir esto!

Y me rompe por dentro. Su cuerpo se sacude otra vez y un gemido más largo se le escapa mientras aprieta los dientes. Sus ojos buscan algo, alguien, un refugio que no existe.

—Por favor… —susurra finalmente, y no necesita decir nada más. Lo escucho en cada estremecimiento, en cada jadeo, en cada lágrima que cae.

—No —le digo, firme—.Solo aguanta un poco más.

—¡Duele tanto! —grita ahora, más fuerte, rompiéndose del todo—. ¡No quiero…!

Se encoge contra sí misma, arqueando la espalda, temblando como un cuerpo vacío de fuerza. Me acerco un poco, manteniendo la distancia justa para no interrumpir el proceso, solo para verla, para sostenerla con la mirada mientras su cuerpo pelea contra lo que su mente le pide.

—Azrael… —susurra otra vez, más débil, rota—. ¿Por qué me haces esto?

—Porque tienes que salir de esto viva, Willow. —Mi voz apenas tiembla, pero intento mantenerla firme—. Si cedo ahora, todo habrá sido en vano. Todo volverá. Y tú lo sabes.

Ella cierra los ojos con fuerza, sollozando contra el colchón, y por primera vez la veo completamente rendida, entregada al dolor que no puede controlar, al cuerpo que la traiciona, al cerebro que grita por algo que no existe.

—No sé si puedo… —murmura, y su voz se quiebra en un hilo que me hace apretar los puños—. No sé si voy a sobrevivir…

Y ahí es cuando siento que me quiebro yo también, porque nunca había visto a nadie tan al límite, y porque sé que el dolor que atraviesa su cuerpo no es solo físico. Es hambre, es obsesión, es dependencia. Es todo lo que la droga le dio y le quitó.

—Vas a sobrevivir —le digo, apenas un susurro, aunque todo dentro de mí grita que esto puede rompernos a los dos—. Pero tienes que soportarlo. Solo tienes que aguantar un día más, yo estaré aquí.

Sus ojos se abren de nuevo, vidriosos y llenos de miedo, y me buscan. No hay odio, no hay rabia. Solo vulnerabilidad, absoluta y brutal.

—Azrael… —susurra, y yo me quedo allí, en silencio—. Haz que pare…

No puedo. No todavía . Y eso es lo que duele más que cualquier otro dolor que haya visto.

El tercer día no perdona. El tercer día destroza. Y todo lo que puedo hacer es quedarme ahí, mirándola mientras llora, mientras su cuerpo se rompe, mientras cada músculo y cada célula de su ser grita por algo que ya no tiene, consciente de que el próximo día no será más fácil.

Cada pequeño gemido, cada sollozo, cada estremecimiento me atraviesa como una daga. Siento la impotencia calando en mí, el peso de cada segundo que pasa mientras su cuerpo lucha contra lo que su cerebro exige y que ya no existe.

—Azrael… —susurra otra vez—. Me estoy rompiendo…

—Lo sé. —Le respondo, y juro que mi voz tiembla, aunque intento no demostrarlo—. Pero vas a sobrevivir. Vas a atravesarlo, y esto va a terminar. Solo tienes que aguantar un poco más, cariño.

Ella arquea la espalda de nuevo, gime, y me mira con ojos llenos de miedo, desesperación y una tristeza tan pura que siento que se me quiebra el pecho.

—No quiero… —murmura otra vez, casi sin voz—. No quiero más…

—Lo sé… —susurro de nuevo—. Pero no hay otra manera. Tienes que pelear contra esto, incluso si todo en ti grita que no puedes.

Cada estremecimiento de su cuerpo, cada lágrima, cada jadeo es un recordatorio brutal de que sobrevivir no es una opción simple.

Me quedo observándola, sintiendo cada gemido como si fuera mío, entiendo algo terrible: lo más cruel de todo esto no es el dolor de Willow.

Lo más cruel es que sé que esto podría rompernos a los dos si no logramos salir del otro lado.