Capítulo 46
Troy
Siempre hay un momento, durante una abstinencia, en el que la habitación deja de ser una habitación y se convierte en un campo de batalla.
No es algo que la gente entienda cuando oye la palabra intervención .
Imaginan conversaciones serias, lágrimas, abrazos, promesas de cambio.
Lo que nunca imaginan es esto: el sudor pegado a las sábanas, el olor agrio del cuerpo expulsando veneno, los músculos temblando como si cada fibra estuviera peleando por sobrevivir a una guerra que nadie más puede ver.
Estoy apoyado contra la pared cuando Willow vuelve a convulsionar sobre el colchón.
No es una convulsión completa, no todavía, pero está cerca.
Sus piernas se tensan, su espalda se arquea, y el sonido que sale de su garganta no es exactamente un llanto ni un grito.
Es algo más bajo, más animal. El tipo de sonido que se escapa cuando el cuerpo deja de fingir dignidad.
Azrael sigue sentado junto a la cama.
No se mueve.
No habla.
Solo la mira como si cada segundo que pasa estuviera clavándosele en el pecho.
Llevo suficiente tiempo con él para reconocer esa expresión.
Desde fuera parece frío, controlado, incluso indiferente.
Pero no lo es. Ese cabrón siente cada cosa que pasa en esta habitación como si le estuvieran raspando los nervios con un cuchillo.
La diferencia entre él y el resto del mundo es que no aparta la mirada.
La mayoría de la gente lo haría.
Willow vuelve a tirar de las cuerdas. Esta vez con más fuerza. Sus muñecas están enrojecidas y la piel empieza a irritarse donde la cuerda roza una y otra vez. No está intentando escapar de nosotros realmente; está intentando escapar de lo que está pasando dentro de su propio cuerpo.
—Quema… —jadea—. Joder… quema…
Azrael no responde.
Solo la observa.
Yo me separo de la pared finalmente y me acerco un par de pasos, lo suficiente para evaluar la situación. Su pulso está acelerado, la respiración irregular, la piel fría y húmeda. Todo dentro de lo esperado para las primeras horas. Lo duro todavía no ha llegado.
—Es normal —le digo, aunque sé que apenas me está escuchando—. Tu cuerpo está entrando en abstinencia.
Ella gira la cabeza hacia mí con una mirada llena de odio.
—Vete… al infierno…
Sonrío un poco.
—Créeme, Ratoncita , he estado allí. Esto todavía es el vestíbulo.
Azrael me lanza una mirada breve que significa cállate . No porque lo que digo sea mentira, sino porque no quiere que ella lo escuche así. A él todavía le queda una parte de ilusión estúpida donde cree que puede suavizar esto.
No puede.
Nadie puede.
Willow vuelve a temblar, esta vez de forma más violenta. Sus dedos se cierran en puños, las piernas se tensan y el colchón cruje bajo su peso cuando su cuerpo intenta encogerse sobre sí mismo.
—Necesito… —susurra—. Solo un poco…
Ahí está.
La súplica.
Siempre llega. Azrael baja la mirada durante un segundo. Apenas un segundo, pero lo noto. Lo conozco demasiado bien para no verlo.
—No —dice finalmente, con voz baja pero firme.
Willow deja escapar un sollozo que rompe algo en la habitación. No es un sonido fuerte, pero tiene ese filo que corta más que un grito.
—Por favor…
Sus ojos buscan a Azrael como si él fuera el único capaz de apagar el incendio que le está quemando los nervios. Y durante un momento peligroso, uno muy corto pero muy real, veo cómo la posibilidad pasa por su cabeza.
Soltarla.
Acabar con esto. Le bastaría abrir la puerta y dejar que vuelva a su rutina de siempre. Dinero fácil. Drogas. La ilusión de que todo está bajo control.
Yo intervengo antes de que ese pensamiento tenga tiempo de crecer.
—Si cedes ahora —le digo sin levantar mucho la voz—, mañana estaremos exactamente en el mismo sitio.
Azrael no responde. Pero tampoco se levanta. Willow cierra los ojos con fuerza, como si intentara aplastar el dolor dentro de su cráneo.
—No puedo… —murmura.
Y lo curioso es que la mayoría de los adictos dicen exactamente lo mismo en este punto. No es dramatismo. Su cerebro realmente cree que va a morir si no obtiene lo que pide. Me acerco un poco más a la cama y reviso rápidamente las ataduras, asegurándome de que no están cortando la circulación.
—Vas a poder —le digo, con un tono mucho menos cínico del que suelo usar—. Solo que va a doler como el infierno durante un rato.
Ella abre los ojos otra vez, llenos de lágrimas.
—Te odio a ti también.
Me encojo de hombros.
—Haz fila, cariño.
Pero no es a mí a quien está mirando. Sus ojos vuelven a Azrael. Y ahí está la parte que siempre me jode ver en estas historias: no importa cuánto odie lo que está pasando, no importa cuánto dolor esté atravesando su cuerpo… cuando busca a alguien en la habitación, siempre es a él.
Azrael se inclina hacia delante entonces, apoyando los codos sobre las rodillas, acercándose lo suficiente para que su voz no tenga que elevarse.
—Mírame, Mäuschen .
Willow tarda un segundo, pero finalmente obedece.
Él sostiene su mirada.
—No vas a morir hoy —dice con una calma que roza lo brutal—. Pero esa mierda sí.
La habitación vuelve a quedarse en silencio. Excepto por el sonido de Willow intentando sobrevivir al infierno que ella misma construyó.