Reaper (Código Negro 2) Capítulo 45
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Capítulo 45

Willow

Despierto con la sensación de haber pasado la noche peleando contra algo invisible.

Todo mi cuerpo está rígido, los músculos tensos hasta el punto de doler, como si hubiera corrido kilómetros o si cada fibra estuviera protestando por algo que todavía no recuerdo.

La lengua me sabe amarga, la cabeza pesada, y cuando intento moverme un poco descubro que incluso respirar exige un esfuerzo extraño, como si el aire fuera más denso dentro de esta habitación.

Parpadeo despacio, intentando enfocar la vista mientras la luz gris de la mañana se cuela entre las cortinas, y cuando finalmente logro abrir los ojos del todo, lo primero que veo es a Troy sentado frente a la cama.

Está tranquilo, demasiado tranquilo, con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas, observándome con una paciencia incómoda, como si hubiera estado esperando este momento desde hace rato.

Mi mirada se desliza por la habitación todavía confundida hasta que encuentro la otra presencia que hace que el ambiente se sienta aún más pesado.

Azrael está apoyado contra la pared, al otro extremo del cuarto, los brazos cruzados sobre el pecho y esa expresión suya que nunca revela demasiado pero que siempre parece saber exactamente lo que está pasando antes que nadie.

Los dos me miran. No hablan. Y esa quietud extraña me hace sonreír por reflejo, una de esas sonrisas automáticas que uso cuando algo no encaja, pero todavía no sé qué es.

—Buenos días… —murmuro con la voz todavía espesa por el sueño.

Intento incorporarme un poco, bajar las manos para apartarme el cabello de la cara, hacer cualquier movimiento normal que rompa esa sensación incómoda que empieza a instalarse en mi pecho…

pero algo tira de mis brazos. La resistencia es inmediata, dura, imposible de ignorar, y mi cuerpo entero se tensa de golpe mientras miro hacia abajo.

La cuerda rodea mis muñecas, firme, anudada a los barrotes del cabecero.

Durante un segundo mi mente se queda completamente en blanco, incapaz de procesar lo que estoy viendo, y luego el corazón me golpea con tanta fuerza que siento el pulso en la garganta.

—¿Pero qué…?

Intento incorporarme y las cuerdas tiran de mis muñecas con una fuerza brutal. El pánico llega primero, rápido y eléctrico, seguido de una oleada de rabia que me sube por el pecho mientras miro a los hombres que tengo delante buscando una explicación que no sea esta locura.

Azrael se separa de la pared con una calma que me enfurece todavía más y habla como si estuviéramos teniendo una conversación perfectamente normal.

—Envié un correo al hospital esta mañana —dice, metiendo las manos en los bolsillos mientras me observa—. Les expliqué que no has tomado vacaciones en los últimos dos años. Revisaron tu expediente, así que está todo cubierto.

Mi corazón empieza a latir con fuerza contra las costillas.

—¿Cubierto para qué? —le gruño.

No parpadea cuando responde.

—Para limpiarte, Willow.

Un silencio pesado cae sobre la habitación antes de que añada, con esa misma voz controlada que usa cuando ya ha decidido algo y no piensa retroceder.

—Esto es una intervención. —termina de decir.

La adrenalina me golpea como un puñetazo. Tiro de las cuerdas con fuerza, intentando sentarme, ignorando el dolor que se clava en mis muñecas mientras la furia termina de despertarme.

—Y una mierda —escupo—. Azrael, suéltame ahora mismo o voy a gritar.

Troy suelta una risa desde la silla, relajado, como si estuviera viendo una película que ya conoce de memoria.

—Eso también está cubierto, Ratoncita .

Lo miro con odio.

—¿Ah, sí?

Él inclina la cabeza, divertido.

—¿Sabías que no hay más vecinos en este edificio además de tú y Azrael?

Mi estómago se contrae lentamente. Giro la cabeza hacia el verdadero culpable. Azrael no parece remotamente arrepentido.

—Me encargué de comprar todo el maldito edificio, Mäuschen —dice con total tranquilidad—. Yo elijo quién se queda y quién se va.

Da un paso hacia la cama.

—Así que, de momento, eres mi única inquilina.

—Tu prisionera dirás. No puedes hacerme esto.

Se acerca lo suficiente para inclinarse sobre mí. Sus dedos apartan un mechón de cabello de mi frente y deposita un beso breve justo ahí, suave, casi tierno, lo que solo hace que todo resulte más inquietante.

—Puedo —murmura contra mi piel—. Y lo haré.

Sus ojos se clavan en los míos.

—A menos que me digas para quién es el dinero.

El silencio se espesa. No digo nada.

Los segundos pasan.

Azrael exhala despacio.

—Es lo que pensé.

Se endereza y se dirige hacia la puerta.

—Descansa, Mäuschen —dice sin volverse—. Las próximas horas serán duras.

Azrael

No amanece en el edificio. No realmente.

La luz gris que entra por las ventanas es débil, sucia, incapaz de limpiar el ambiente pesado que se ha instalado en el apartamento desde que empezó todo.

Llevo horas sentado en la silla frente a la cama sin moverme demasiado, con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas mientras la observo.

Willow duerme a ratos, o cae en algo que se parece al sueño durante unos minutos antes de que su cuerpo vuelva a traicionarla y la sacuda otra vez.

El primer día siempre es así. El cuerpo reclama lo que cree necesitar como si fuera oxígeno, como si sin esa mierda el corazón fuera a detenerse.

No aparto la mirada.

Al principio pensaba que lo haría más fácil si no la miraba tanto.

Si dejaba que Troy se encargara de todo mientras yo me mantenía al margen.

Pero la realidad es que no puedo. Cada sonido que hace su respiración, cada pequeño movimiento de sus dedos tensándose contra las cuerdas, cada vez que sus piernas se contraen intentando escapar de algo que no está ahí… todo me arrastra de vuelta.

Su cuerpo empieza a temblar otra vez.

Primero es algo pequeño, un temblor en los brazos, casi imperceptible. Luego se extiende, como una ola que recorre sus músculos, y de pronto está luchando contra sí misma. Los dedos se cierran con fuerza, las muñecas tiran de las cuerdas hasta que la piel empieza a enrojecer.

—Willow —digo en voz baja.

No me escucha.

Sus ojos están cerrados, pero su cara se arruga como si estuviera sufriendo un dolor que no tiene forma. Su respiración se vuelve irregular, corta, y entonces llega lo peor: ese sonido ahogado que intenta contener y no puede.

Un sollozo.

Troy se mueve, pero levanto una mano sin apartar los ojos de ella.

No.

Esto tengo que verlo.

Porque fui yo quien empezó esto.

Willow intenta girarse sobre el colchón, buscando una posición donde el dolor sea menor, pero no existe. El sudor le pega el cabello a la frente, su piel está demasiado pálida y sus labios tiemblan mientras intenta recuperar el control de su respiración.

—Por favor… —susurra.

La palabra me golpea más fuerte que cualquier grito. No está dirigida a mí. Ni siquiera sabe que estoy aquí ahora mismo. Su mente está en otro lugar, atrapada en ese espacio oscuro donde el cuerpo empieza a suplicar por algo que ya no tiene.

Me levanto de la silla sin darme cuenta. Cuando llego al borde de la cama, ella finalmente abre los ojos. Están vidriosos, perdidos, incapaces de enfocarme durante un segundo largo. Luego me reconoce.

Y el odio aparece primero.

—Vete… —murmura con la voz rota—. Vete a la mierda, Azrael.

Sus palabras salen débiles, pero la intención sigue ahí. Me siento en el borde del colchón sin responderle. La habitación huele a ella, a ansiedad, a miedo. A la batalla que está librando contra su propio cuerpo.

—Duele —dice de repente, como si la confesión se le escapara antes de poder detenerla.

Lo sé.

He visto a hombres más fuertes que ella romperse durante la abstinencia. He visto a soldados entrenados rogar por una sola dosis para que el dolor pare.

Pero verla a ella así…

Eso es distinto.

Willow vuelve a temblar, más fuerte esta vez, su espalda arqueándose mientras intenta controlar la oleada que la atraviesa. Sus ojos se llenan de lágrimas que no parece querer derramar.

—¡No puedo!… —susurra—. No puedo, joder…

Una lágrima finalmente escapa y recorre su sien hasta perderse en la almohada. Algo en mi pecho se aprieta con una fuerza incómoda. Podría terminar esto ahora mismo. Solo necesitaría soltar las cuerdas, abrir la puerta, dejar que vuelva a ese mundo donde el dolor desaparece durante unas horas.

Pero también sé lo que viene después.

Más dinero.

Más noches frente a una cámara.

Más mentiras.

Más de esa mierda que está destruyéndola por dentro.

Apoyo una mano sobre el colchón cerca de su hombro, sin tocarla todavía.

—Sí puedes —le digo con calma.

Ella niega con la cabeza inmediatamente, desesperada.

—No… no sabes lo que se siente…

La observo durante un segundo largo.

—Sí lo sé.

No es una mentira. He visto este infierno demasiadas veces. Willow vuelve a cerrar los ojos, apretando los dientes mientras su cuerpo tiembla otra vez. Cuando el espasmo pasa, se queda quieta unos segundos, respirando como si hubiera sobrevivido a algo que casi la mata.

Luego gira la cabeza hacia mí. Sus ojos están rojos.

—Te odio —susurra.

No aparto la mirada.

—Lo sé.

El silencio se instala entre nosotros, pesado y doloroso, roto solo por su respiración irregular. Después de un rato, su voz vuelve a salir, más débil.

—Azrael…

—¿Qué?

Tarda unos segundos en decirlo.

—Haz que pare.

Mi mandíbula se tensa. Porque esa es la parte que nadie explica cuando hablan de salvar a alguien. Que a veces salvarlos significa sentarte frente a ellos… mientras se rompen.