Reaper (Código Negro 2) Capítulo 44 #2
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Capítulo 44 #2

Y lo sé. Lo sé porque Azrael no amenaza porque sí. Amenaza cuando ya ha decidido actuar. Mi pecho sube y baja con dificultad mientras lo miro sin parpadear. No puedo ceder. No todavía. Porque si le digo la verdad, no solo destruiré lo poco que queda entre nosotros.

Lo convertiré en un arma contra la única persona que todavía intento proteger.

Su advertencia todavía vibra en el aire cuando algo cambia en su mirada.

No es solo rabia. Es la sensación de estar perdiendo el control sobre algo que considera suyo, y Azrael no sabe perder.

Me sostiene la cara un segundo más, estudiándome, como si buscara en mis pupilas la confesión que me niego a darle.

Cuando no la encuentra, su mandíbula se endurece y el silencio entre los dos se vuelve peligroso.

—Bien —murmura.

Me sienta en el escritorio, esta vez de frente y me abre las piernas. Su polla está dura como el acero cuando la acerca a mi raja y entonces vuelve a tomarme.

Ferozmente.

—Joder, sí—grito.

No hay transición suave. Mueve el escritorio con una fuerza que me arranca el aire y su cuerpo se impone contra el mío con una ferocidad distinta a la de antes, menos calculada, más instintiva.

Como si hubiera decidido dejar de contenerse, como si la bestia que siempre mantiene encadenada hubiera roto el candado.

La cámara sigue apuntando, torcida, capturando sombras, el movimiento abrupto, mi respiración quebrándose cuando me empuja hacia adelante otra vez.

Mis manos se aferran al borde del escritorio, los nudillos blancos, mientras él marca un ritmo más crudo, más profundo, como si cada embestida fuera un castigo mientras clava sus dedos en mis muslos para ayudarse a entrar.

Su mano se enreda en mi cabello y tira lo suficiente para obligarme a arquear la espalda hacia atrás y lame mi cuello. Siento su boca en mi cuello hambrienta, dejando marcas que arden casi tanto como su silencio. No habla ahora. No necesita hacerlo. Todo en él grita territorio.

Es animal.

Es territorial.

Es peligroso.

Y me corro con un grito. Mi cuerpo responde, aunque mi mente intente resistirse, aunque una parte de mí quiera recordarle que no puede controlarlo todo, que no puede comprar cada verdad con fuerza.

Pero el calor, la presión, el modo en que me sostiene como si fuera lo único real en la habitación…

todo eso desarma mis defensas una por una.

—Míranos —gruñe contra mi piel.

Gira mi rostro hacia la pantalla otra vez, obligándome a ver el reflejo de lo que somos en ese instante: caos, deseo, rabia y algo demasiado cercano a la dependencia. Sus dedos se clavan en mi cintura mientras su ritmo no cede, mientras su respiración se vuelve áspera, casi salvaje.

Cada movimiento suyo dice eres mía . Cada latido mío responde no del todo .

Y eso es lo que lo vuelve más brutal.

Viéndome, solo viéndome, sin penetrarme, sin besarme se corre. Hay una intensidad desmedida que me desarma. Apoya su frente en la mía y sus ojos, oscuros y ardientes, me atraviesan mientras jadea acariciando su orgasmo, y yo me quedo helada.

Eso no me lo esperaba. ¿Tan dentro suyo estoy? Para que se pueda correr solo con una mirada.

—Estás jugando con fuego, Willow —dice en voz baja, aun áspera—. Y yo soy el incendio.

Mi respiración sigue desordenada. Mi corazón también. Me suelta despacio y se coloca frente a mí. Sus dedos toman mi mentón y alzan mi rostro con una suavidad engañosa mientras examina cada detalle, cada micro gesto que intento controlar.

—He desconectado todo —dice sin apartar la vista—. Nadie miró. Nadie vio lo que me pertenece.

Esa palabra se clava más hondo que cualquier otra cosa que haya dicho.

Pertenece . Como si yo fuera un territorio en disputa y él hubiera decidido plantar su bandera.

Sus ojos bajan apenas un segundo y vuelven a subir, más oscuros.

Dándose cuenta que no estuve presente, no del todo.

No la chica que le gusta, sino la que ha empezado a odiar.

Que yo también odio.

—Sigues consumiendo.

—No —miento, y mi voz no suena tan firme como quisiera—. No es verdad.

La expresión se endurece.

—No te atrevas a mentirme a la puta cara, Willow. Solo necesito ver tus pupilas. Lo haces cada vez que te grabas. —asiente rápido con la cabeza—sí, te he descubierto, joder.

Intento apartar la mirada, pero su pulgar presiona mi barbilla y me obliga a sostenerla. Hay rabia en él, sí, pero también algo más cercano al miedo, como si lo que realmente le aterrara no fuera que mienta, sino lo que eso significa.

—¿Para quién es el dinero, Willow?

El silencio se estira entre los dos como un hilo a punto de romperse. Podría decirlo. Podría acabar con esto ahora mismo. Pero las consecuencias serían peores que su furia. Puedo estar drogada, pero no soy idiota.

—No es asunto tuyo.

Su mandíbula se tensa, el músculo marcándose bajo la piel. Se inclina hasta que su frente casi roza la mía y su voz desciende a un murmullo que vibra directo en mi pecho.

—Dímelo ahora, porque si lo averiguo por mi cuenta… estarás jodida.

Lo peor es que sé que no es una simple amenaza. Lo averiguará, creo que es más fácil de esta manera porque no tengo el valor de decírselo. Le va a doler, me va a odiar.

Y lo que peor que sabiendo todo eso… no abro la boca.