Reaper (Código Negro 2) Capítulo 44
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Capítulo 44

Willow

La luz del aro me atraviesa la piel como si supiera exactamente dónde arder y donde me duele.

Llevo dos días diciéndome que no voy a volver a hacerlo, que esta vez aguantaré, que esta vez no necesitaré nada para sostener la sonrisa…

y, sin embargo, aquí estoy otra vez, con el encaje blanco abrazándome el cuerpo como una mentira bonita, con el maquillaje impecable ocultando las ojeras y el pulso ligeramente acelerado por algo que no es precisamente nervios.

La música suena baja, insinuante, y yo me muevo al ritmo que esperan, modulando la voz, inclinándome lo justo, regalando miradas que no significan nada y que al mismo tiempo lo significan todo para los que pagan por ellas.

El chat corre rápido, nombres que no importan, deseos escritos sin pudor, y yo actúo porque sé hacerlo, porque mi cuerpo aprendió a sobrevivir convirtiéndose en espectáculo.

Me duele la cabeza, me escuece la garganta, hay una presión detrás de los ojos que me recuerda que estoy forzando más de la cuenta…

pero sigo. Sigo porque el contador sube, porque el dinero entra, porque no tengo margen para flaquear.

Y porque debo pagar cada maldito centavo a mi captor. El dueño de mi maldita y miserable vida.

El sonido conocido en la pantalla llama mi atención. Nuevo suscriptor. Regalo de $1.000 dólares.

El número se queda flotando en la pantalla como una daga en el corazón.

Scorpio28 . No es el hombre del sótano, el que misteriosamente desapareció junto al doctor Calder.

Mi estómago se contrae con una mezcla imposible de miedo y anticipación. No debería sorprenderme, pero lo hace. Trago saliva, me acerco más a la cámara, dejo que el tirante del sujetador resbale apenas por mi hombro y sonrío con esa lentitud provocando a los que están detrás.

—Hola, Scorpio28… ¿quieres jugar? —le hablo a la cámara, provocándolo.

No responde en el chat, pero el silencio duele.

Se siente distinto. Como si no estuviera mirando una pantalla, sino midiéndome desde algún lugar mucho más cercano.

Termino la transmisión sosteniendo la mirada hasta el último segundo, pero la cámara ahora sigue en vivo cuando alguien irrumpe en mi habitación secreta.

No necesito preguntar quién es. Lo sé.

Me ha encontrado y va a descubrirlo todo.

Un Azrael con el torso desnudo—e increíblemente atractivo— entra como si este apartamento también le perteneciera, como si cada rincón hubiera sido marcado por él mucho antes de que yo firmara el contrato.

Cierra despacio, sin apartar los ojos de mí, y en esa mirada no hay deseo ni furia; hay algo más peligroso, algo frío que me recorre la espalda.

Decepción.

—¿Te divertías? —pregunta con una calma que es peor que cualquier grito.

—Es trabajo, Azrael —respondo, cruzándome de brazos, sosteniendo la máscara.

No me cree. Nunca me cree. Se acerca lo suficiente para que mi perfume se mezcle con el suyo y el aire se vuelva denso.

Intento rodearlo, pero su mano se cierra en mi brazo y me detiene con una firmeza que me duele.

El choque es inmediato, eléctrico, como si lleváramos días conteniendo algo que necesita estallar.

Lo empujo, él me sujeta por la cintura y mi espalda golpea la pared; su boca encuentra la mía en un beso arrebatador, que no es tierno ni cuidadoso, sino una declaración de dominio que me roba el aire y me obliga a decidir si lo rechazo o me hundo en él.

La cámara sigue encendida sobre el escritorio.

La luz roja parpadea. No me doy cuenta hasta que me gira sin esfuerzo y su brazo rodea mi cuello desde atrás, firme, posesivo, sintiendo mi espalda desnuda a su piel caliente; obligándome a mirar el objetivo como un enemigo. Su aliento roza mi oído cuando habla:

—¿Quieres jugar, Mäuschen ? No creo que puedas soportarlo.

Mi reflejo en la pantalla me devuelve a alguien que apenas reconozco: encaje blanco adherido a la piel, pupilas dilatadas, labios entreabiertos como si me faltara el aire… y su mano, firme en mi garganta, reclamando un territorio que le he cedido.

Detrás de mí, él es otra cosa. La luz de neón se desliza sobre su piel como si lo eligiera a propósito, marcando cada exquisito músculo casi obsceno, delineando los tatuajes que marcan su cuerpo, que aunque no son muchos, son suficientes, con significado.

Su cabello, recogido en una trenza que cae desde la coleta con una descuidada perfección, le da un aire salvaje, siempre lo he pensado.

Es hermoso de una forma que no tranquiliza, de esas que no se admiran sin pagar un precio. Afilado, tenso, real. Y yo… yo soy la cuerda estirada entre lo que soy y lo que finjo ser, vibrando justo en el punto en el que sé que voy a romperme.

Me empuja contra el escritorio y comienza a tocarme la espalda.

—Quieta, Willow. —me inmoviliza con una mano, tomándome del cabello con tanta fuerza que no puedo mover y eso manda señales en medio de mis piernas.

Necesito que me toque.

Su otra mano llega a mi ropa interior y hace de lado mi tanga blanca de encaje. Acariciando con la punta de sus dos dedos medios mi coño.

—Tan mojada y tan mía—gruñe en mi oído, no suelta mi cabello, más bien, me muevo más hacia adelante para sentir cómo el cuero cabelludo comienza a arderme.

Necesito esto.

—Azrael…

—¿Qué agujero quieres que llene?

No sé en qué momento lo hizo, pero ya siento la punta de su polla jugar con ambos agujeros, mezclando mi humedad de arriba hacia abajo

—¿Este? —desliza hacia arriba—¿o este?

—No me importa—gimo, al sentirlo empujar en cada entrada, eso solo hará que me corra más rápido—no me importa donde me folles, solo hazlo.

Su mano en mi cabello no se suelta, agarra un par de mechones más y me hala hacia atrás.

—Eres una putita muy codiciosa. Diles de quién eres—apenas y puedo ver la pantalla, pero la luz roja no deja de parpadear.

Azrael suelta su polla y libera mis pechos, bajando bruscamente las copas de mi sostén y liberando mis pechos con un limpio movimiento.

De inmediato me veo de nuevo en la pantalla.

Labios entreabiertos, pezones erectos que comienzan a doler y él detrás de mí con los pantalones bajados bombeando su polla en mi entrada.

—Tuya….soy tuya…

Me embiste con ferocidad el coño y mi cuerpo se proyecta hacia adelante, golpeando el escritorio, arrastrando todo a su paso en un estruendo de objetos que caen al suelo.

La cámara sigue ahí, inclinada, todavía apuntando, capturando ángulos torcidos, luces blancas y sombras que se mueven demasiado rápido.

Su mano se hunde en mi cadera con fuerza, marcando el ritmo, imponiéndolo, y cada movimiento suyo es una declaración que no necesita palabras.

El impacto me sacude, y los sonidos que provoca el golpe de sus caderas en mis nalgas se une a la música que aun suena de fondo, me obliga a apoyarme con ambas manos para no caer, y aun así siento que todo dentro de mí pierde equilibrio cuando lo siento penetrarme de lleno.

No es solo físico. Es la manera en que respira contra mi cuello, en que su pecho roza mi espalda, en que su control es feroz.

La cámara registra el vaivén de nuestros cuerpos, la luz arrancando destellos al encaje blanco, mi cabello cayendo hacia delante mientras intento sostenerme entre el deseo y el orgullo. Podría apartarlo. Podría decir que no. Pero la verdad es que, es esto lo único que necesito en estos momentos.

—Mírate —murmura cerca de mi oído, su voz grave vibrando contra mi piel—. Siempre tan perfecta tomando cada centímetro… un día de estos follaré el culo de Troy mientras te tocas frente a nosotros.

Su mano baja por mi vientre, lenta esta vez, posesiva, y el contraste entre la brusquedad de hace un segundo y esta caricia feroz me descoloca más que cualquier empujón. Llega a mi clítoris y lo acaricia.

Yo grito.

—Respóndeme. ¿Crees que puedas soportarlo? No sentirnos al mismo tiempo, que solo te quedes observando.

Oh, diablos no.

—No—grito—no lo soportaré…pero quiero verlos, quiero correrme mientras me masturbo frente a ustedes.

Me agarra de la barbilla y toma mis labios, mordiéndolos y chupándolos para volverme a arrojar contra el escritorio y volver a embestirme como un animal.

—Esa es mi chica. No eres de ellos. —se refiere a los que seguramente están masturbándose viéndome follar.

Su agarre en mi cadera se intensifica, marcando un ritmo que no me deja espacio para fingir indiferencia.

El escritorio cruje bajo nosotros, el sonido acompasado llenando la habitación junto con mi respiración que ya no consigo regular.

La cámara sigue grabando, testigo mudo de algo que nunca debería haber ocurrido delante de un objetivo.

Así que dejo de ver y cierro mis ojos. Pero Azrael gira mi rostro hacia un lado con los dedos en mi mentón para que vea la pantalla.

—Abre los ojos —susurra—. Mírate cómo tiemblas con mi polla dentro.

No tiemblo solo por él. Tiemblo porque, a pesar de todo, mi mente sigue haciendo cuentas. Porque el dinero sigue ahí. Porque el motivo por el que acepté ese dinero no desaparece con su cuerpo pegado al mío.

Él lo nota.

Siempre lo nota.

Su ritmo se vuelve más duro, más exigente, como si intentara arrancarme la verdad con cada embestida, como si quisiera romper la coraza que me empeño en mantener.

—¿Para quién es el dinero, Willow? —repite entre dientes, mientras entra y sale de mí como un animal.

Cierro los ojos un segundo, aprieto las manos contra la madera y niego con la cabeza.

—No voy a decírtelo.

Su respiración se vuelve más pesada. Se detiene de golpe, me obliga a girarme hacia él y me sostiene la cara entre ambas manos, obligándome a enfrentarlo. Sus pupilas son un abismo oscuro, pero detrás hay algo más que rabia. Y el vacío que ha dejado me frustra, así que agarro su polla y la aprieto.

Veo mucho miedo.

—Fóllame—le ordeno.

—Me estás empujando a hacer algo que no te va a gustar —dice con voz baja, peligrosa—. Y sabes que no me detendré.