Capítulo 42
Troy
Días después
No hay suficiente tiempo para explorar a la pequeña Ratoncita que tengo sobre a mí jadeando, y eso es lo único que me irrita de este momento.
Desde la primera vez que la vi caminar detrás de Azrael, con ese paso que intenta ser firme, aunque el mundo le quede grande, supe que ambos estábamos jodidos.
Nosotros siempre compartimos mujeres; nunca fue un problema, nunca hubo celos ni grietas, solo hambre bien entendida y cuerpos que entraban y salían sin dejar marca.
Pero ella no entró, ella se quedó. Se metió debajo de la piel sin pedir permiso.
Su calidez no es de este mundo, su pequeña actitud atrevida no es pose, su sonrisa no es estrategia; es natural, peligrosa en su naturalidad.
Ese cabello rizado que parece hecho para enredar los dedos y esa piel color caramelo que provoca morder sin pensar, y luego están sus ojos…
esos malditos ojos verdes que no solo miran, me desarman.
Esconden secretos, lo sé. Azrael me tiene investigando cada rincón de su pasado, cada sombra, como si fuera tan bueno como código negro para investigar cosas.
Pero ahora mismo no quiero pensar en secretos.
Ahora mismo solo quiero pensar en cómo se siente cuando nos mira a los dos como si estuviera cayendo voluntariamente en algo que sabe que no es seguro.
Nuestra historia es rara como perfecta, fue amor a primera vista , es como me gusta llamarlo.
Conocí a Azrael hace algunos años, cuando todavía obedecía a su maldito padre con esa rabia silenciosa que siempre llevó dentro.
El boxeo fue su vía de escape, y mi club se convirtió en su territorio, en su templo.
Se enamoró del ring, del olor a sangre y sudor, y de mí también, aunque ninguno de los dos lo diga en voz alta.
Después lo amé más cuando se rompió por completo.
Lo nuestro no tiene título ni necesita uno; somos dos almas torcidas que encontraron en el otro un reflejo soportable.
Nos fundimos en el placer como quien comparte un cigarro después de una pelea, y siempre compartimos también a la mujer que esté en medio.
Pero esta mujer… esta no es solo un cuerpo que disfrutamos.
Es diferente. Es dulce, sí, pero también es fuego lento.
Puedo ver lo que le hace a él cuando la mira, cómo se le endurece la mandíbula, cómo baja la voz sin darse cuenta.
Y puedo sentir lo que me hace a mí, cómo me obliga a querer quedarme un poco más, a no tratar esto como un simple juego.
Eso nunca había pasado. Nunca.
Con las otras todo era simple: deseo, descarga, despedida.
Con ella hay algo que se enreda. Hay conversación, hay silencios que son distintos, hay una forma en que se acomoda entre nosotros como si siempre hubiera pertenecido ahí.
Ya habrá tiempo para que se abra del todo, para que entienda que no se trata solo de deseo sino de territorio, que cuando decimos que es nuestra no es una frase sucia susurrada en la cama, es una promesa.
Y que nosotros también somos suyos, aunque nos cueste admitirlo con palabras y caricias.
No he estado tanto tiempo con ella como Azrael, pero escucharlo hablar de ella es casi como tenerla sentada frente a mí; describe su risa, su manera de desafiarlo, la forma en que lo mira cuando cree que él no la ve.
Y desde aquella noche en que dejó que la probáramos al mismo tiempo, la dinámica cambió.
No hubo incomodidad ni duda, solo una entrega que no quiero que se detenga nunca.
Y quiero más. No solo su cuerpo. Quiero esa chispa insolente cuando responde, esa mezcla de valentía y miedo que la hace apretar los puños, aunque esté rodeada de dos hombres que podrían devorarla.
Azrael no fue el único que quedó cautivado por su belleza; yo también sentí el golpe, directo al pecho.
Es como una pequeña bola de peligro envuelta en piel suave, una criatura que parece frágil hasta que te das cuenta de que es ella quien te está arrastrando más adentro.
Te consume sin hacer ruido, y cuando intentas dar un paso atrás ya estás demasiado implicado.
Y lo peor es que no quiero retroceder.
—Dime algo, Ratoncita ¿A quién perteneces? —está tan cerca, que puedo sentir su pequeño botón palpitar en mis dedos.
—Azrael.
Me detengo apenas, reduciendo la intensidad solo para obligarla a repetirlo.
—Dímelo otra vez—repito.
—Ustedes—responde, con la voz quebrada por la emoción. —Solo a ustedes.
Azrael suelta una risa baja antes de volver a besarla.
Nos apartamos lo justo para deshacernos de la ropa, sin dejar de tocarla, sin dejar de mirarnos entre nosotros.
La levantamos y la llevamos hasta la cama.
Willow deja escapar un sonido suave mientras nos ayuda a terminar de desvestirnos, impaciente.
—Tan impaciente—la hago girar hacia la orilla, yo detrás de ella y mostrándome ese lindo culito y firme. Mi palma la masajea, pero termino dándole una cachetada en la nalga y gime. Mi mano recorre su espalda con lentitud, marcando el territorio, provocando una reacción que no intenta ocultar.
Le gusta el dolor. Azrael me lo dijo, pero era algo más que obvio.
Me pongo el preservativo, y acaricio su espalda arqueada, Azrael ya está frente a ella bombeando su propia polla.
Hay fuego en sus ojos, en los míos. A ella le gusta estar en medio, lo noto en cómo respira, en cómo tiembla sin retroceder.
Le gusta lo que ve, tenernos así y ambos nos quemamos con la mirada.
—¿Quieres que te tome Troy mientras yo tomo esa linda boca que tienes, Mäuschen ?
Ella responde con un grito, cuando llevo mi lengua desde su raja hasta su coño jugoso y asiente con la cabeza. Ella asiente sin dudar, con otro gemido que no intenta reprimir.
La guiamos rodeándola. No es solo deseo; lujuria pura la que se respira en el aire. Azrael y yo nos observamos por encima de su cuerpo, mi jodido hombre. Somos dos fuerzas empujando en la misma dirección, y ella es el centro donde todo converge.
—No te escucho, Ratoncita . ¿Quieres que folle este lindo coñito que pide a gritos ser estirado con mi polla?
—Oh, sí… por favor. —sus gritos son tan condenadamente hermosos.
Guío mi polla hasta su entrada y sin previo aviso la penetro fuerte, echando su cuerpo hacia adelante, ella grita del placer mientras Azrael le llena la boca con la polla.
Mientras la follo por atrás, Azrael y yo nos miramos, somos fuego y Willow es el combustible, sus gritos son tragados por la boca de mi Escorpión y el gruñido de este amortigua sus gemidos.
—Joder—gime Willow, moviendo más sus caderas de adelante hacia atrás.
—Recuerda a quién perteneces, Ratoncita —le recuerdo, llevando mi palma otra vez hacia su culo y dando otro azote.
Empujo dentro de ella más fuerte, mientras clavos mis dedos en sus caderas perfectas. La vista corazón que me ofrece mi culo hace que mi polla se sacuda cada vez más dentro.
—A ustedes—gime—joder, voy a correrme.
—Dánoslo, nena —acelero las embestidas, sintiendo mis huevos tensarse, su coño está hecho a la medida, y sus gemidos son la perfecta combinación.
—Joder—sus paredes apretadas y resbaladizas se aprietan alrededor de mi polla, sus pechos rebotan con cada arremetida profunda y cuando escucho que grita nuestro nombre, yo también exploto con ella con dos cargas más.
Azrael gruñe y me ve antes de echar la cabeza hacia atrás, estallando en la lengua expectante de Willow.
—No lo tragues aún, Ratoncita . Quiero que lo compartas conmigo.
Ella se incorpora y la tomo del cabello suavemente para que gire su boca hacia la mía y me bese, el sabor salado de Azrael explota en mi boca, mientras me fundo en un beso con Willow. Puedo sentir a Azrael acercarse a mi lado y acaricia mis huevos.
Explosivo , los tres somos explosivos. Solamente espero que se quede para siempre a nuestro lado.
…
Me quedo despierto un momento más, con ella acurrucada contra mi costado después de la ducha, el calor de su cuerpo todavía mezclado con el agotamiento.
Se durmió rápido, como si el sueño la reclamara con la misma naturalidad con la que respira, admiro su cabello castaño rizado extendido sobre las sábanas como un abanico oscuro, su respiración profunda y lenta, y esas pestañas espesas que proyectan sombras suaves sobre sus mejillas.
Esta chica es jodidamente hermosa. Y mía. Nuestra.
Azrael tuvo que ir al despacho que compartimos en la otra habitación y el silencio de la habitación se volvió extraño cuando se marchó.
Vuelvo la mirada hacia Willow y es la primera vez que me descubro observando a una mujer con tanta atención después de haber tenido sexo con ella.
Antes, el deseo era simple, físico, algo que se apagaba cuando el cuerpo se calmaba.
Con ella no. Hay una satisfacción distinta, una especie de calma peligrosa que se mezcla con el recuerdo de cómo se sintió tenerla entre nosotros.
Ni siquiera había sentido eso por otro hombre más que por Azrael.
Las otras mujeres fueron siempre encuentros sin raíces, cuerpos que servían para descargar tensión y continuar la noche sin mirar atrás, coños vacíos, como solía decir en silencio para mí mismo, espacios que se llenaban y se olvidaban con la misma facilidad con la que se bebe un trago de whisky después de una pelea en el ring.
Pero ella no es así. Ella se mueve dentro de la cabeza incluso cuando ya no está hablando, incluso cuando respira despacio y se abandona al sueño.
Se inquieta un poco mientras duerme, un pequeño movimiento que hace que mi mano caiga lentamente hacia ella, acercándola un poco más, como si algo dentro de mí se resistiera a dejar que la distancia creciera entre su cuerpo y el mío.
No la despierto. Solo la sostengo con cuidado, sintiendo el peso de su presencia y la extraña satisfacción que me produce saber que este ha sido el tiempo más largo que he pasado con ella sin la urgencia constante de movernos, de buscar algo más, de llenar un vacío que normalmente nos persigue.
Azrael tiene razón en una cosa que no me gusta admitir en voz alta: hay algo en Willow que despierta un instinto distinto al simple deseo.
No es solo la necesidad de poseerla o de tocarla.
Es la urgencia de protegerla, de asegurarse de que el mundo no la rompa de una manera que no pueda recomponerse después.
Y lo más loco es que no sé nada de ella. Y al mismo tiempo quiero saberlo todo.
No conocemos su pasado, su historia completa, y eso no parece molestarme tanto como debería. Hay zonas de ella que permanecen cerradas, y aunque la curiosidad existe, no es una curiosidad invasiva. Es más bien la duda de que algunas heridas se cuentan cuando la persona está lista para hacerlo.
Sé que quiere creer que no necesita nada ni a nadie.
Es una mujer que se viste de cuero como si fuera una armadura, fascinante en su forma de caminar sola, de sostener la mirada del mundo sin pedir permiso y salvar vidas, joder.
Y es cierto: no necesita un hombre para existir, ni para respirar, ni para mantenerse de pie.
Pero hay algo que ella sí necesita, y que nosotros también hemos empezado a necesitar sin decirlo con todas las letras: Un lugar que no se sienta como un campo de batalla.
Un hogar que no tengamos que huir. Porque Willow es ese lugar para nosotros, igual que nosotros estamos empezando a serlo para ella.