Capítulo 41
Willow
El Black Veil luce abarrotado esta noche.
Recuerdo la primera vez estuve aquí y mi pecho se aprieta, fue la primera vez que me sentí viva, libre y sin ataduras, fue así como ellos me hicieron sentir y es lo mismo que espero encontrar esta noche.
Exactamente el tipo de lugar donde nadie hace preguntas que no quiere escuchar respondidas.
Entro con la chaqueta bien cerrada hasta el cuello, el olor a alcohol, cuero y metal oxidado golpeándome antes de que la puerta termine de cerrarse detrás de mí.
Las luces son bajas, rojizas, y el ruido del público vibrando por la pelea en el fondo hace que todo se sienta vivo, sudoroso, eléctrico.
Camino directo a la barra, intentando ignorar el dolor sordo en mi pómulo cada vez que sonrío aunque sea apenas, y ahí está Troy, apoyado con los antebrazos sobre la madera, camisa arremangada, sonrisa torcida como si siempre supiera exactamente como hacerse ver para parecer caliente.
Sonríe más cuando nuestras miradas se cruzan.
— Ratoncita … ¿ya me extrañas? —dice, sin sorpresa, como si me hubiera estado esperando.
Me apoyo en la barra y lo miro de arriba abajo con descaro medido, porque sé que le gusta que lo observe así. Y a mí me gusta todo de este chico, incluso la forma en cómo él come la polla a Azrael.
—Claro que sí… si me sirves un trago.
Sus labios se curvan más.
—Todo lo que quieras, nena .
Se mueve con esa seguridad relajada que lo hace peligroso y encantador a partes iguales, sirve el whisky sin apartar los ojos de mí, como si el vaso fuera solo una excusa para sostener la conversación.
Lo mejor de los dos mundos , pienso inevitablemente, porque Troy tiene la calidez que Azrael no muestra y Azrael tiene la oscuridad que Troy disfruta provocar, y yo he estado entre los dos, bajo los dos, con los dos, sintiendo cómo sus manos distintas se complementaban como si llevaran años compartiéndolo todo… incluso a mí.
Troy desliza el vaso hacia mí y entonces su expresión cambia apenas, lo suficiente cuando me ve bien el rostro.
—¿Qué te sucedió en la cara, Willow?
Me encojo de hombros y tomo el vaso antes de responder.
—No es nada.
Él resopla.
—Y una mierda.
Sale de detrás de la barra sin pedir permiso, rodea el mostrador y se planta frente a mí, demasiado cerca, demasiado atento, y antes de que pueda apartarme coloca un dedo bajo mi barbilla para inclinar mi rostro hacia la luz.
El gesto es suave, casi delicado, pero firme.
Sabe que no me gusta que me traten como frágil.
El moretón debe verse peor de lo que pensé, porque su mandíbula se tensa. Mis ojos se llenan de lágrimas traicioneras, pero me niego a que caigan. No voy a llorar aquí. No delante de nadie.
—Habla —dice, más bajo ahora—. ¿Quién fue?
Aprieto el vaso con fuerza.
—Un idiota.
Sus ojos me estudian. No me cree cuando intentó minimizar algo.
—¿Lo sabe Azrael? Porque cuando lo sepa, el hombre que te hizo eso será hombre muerto.
No puedo evitar reírme, aunque el movimiento me duela. No me importa que personas como el doctor Cardel mueran, se lo merecen por tomar lo que no es de ellos.
—Podrías no decirle…
—Responde —insiste—. ¿Lo sabe Azrael?
Lo miro un segundo antes de negar con la cabeza.
—No. No lo sabe. Y no le dirás.
Troy inclina la cabeza, evaluándome.
—¿Y dónde está, por cierto? —pregunto, vaciando el vaso de un solo trago, aunque el alcohol me queme más de lo normal.
Él sostiene mi mirada un instante más y luego sonríe apenas.
—Detrás de ti.
Me giro.
Azrael viene hacia mí entre la multitud como si el espacio se abriera solo para dejarlo pasar.
Camina sin prisa, pero cada paso tiene un suspenso que hace que mis tripas se muevan más de lo normal.
Lleva las manos vendadas, la camiseta ajustada al torso todavía húmeda de sudor, la expresión cerrada, impenetrable.
Lo observo acercarse mientras Troy hace algún tipo de gesto con la mano, un lenguaje que no entiendo, algo rápido entre ellos.
¿Qué demonios están diciendo? ¿Desde cuándo se hablan así sin palabras?
Frunzo el ceño, pero los ignoro porque no quiero parecer paranoica ni necesitada de su atención.
Bajo la mirada a mis uñas negras y cortas. El esmalte empieza a caerse en las puntas. Raspo una esquina con el pulgar, distraída, intentando controlar el temblor leve que todavía me recorre por dentro.
—Vamos arriba —escucho su voz a mi lado antes de sentirlo del todo.
Su aliento roza mi mejilla y luego sus labios se posan justo sobre el moretón, un beso lento, deliberado, como si estuviera marcando el territorio que ya es suyo.
Me estremezco.
—Bien… si me gritarás arriba, mejor hazlo acá. Quiero beber.
Troy gruñe. Su boca se curva apenas contra mi piel ahora, cuando es el él que se acerca para susurrarme:
— Ratoncit a, aquí la única que grita eres tú.
Las mejillas me arden. Troy suelta una risa baja detrás de la barra.
—Y fuerte —añade, disfrutando del espectáculo.
Les lanzo una mirada asesina, pero el calor ya me ha subido por el cuello.
Azrael desliza los dedos por mi cintura, posesivo y firme, como si necesitara comprobar que estoy entera. Sus ojos bajan a mi pómulo otra vez y algo cambia ahí, algo oscuro, sincero.
—¿Quién fue? —dice finalmente, sin humor.
—Nadie.
—Willow.
La forma en que pronuncia mi nombre no es suave ni cariñosa. Es advertencia. Troy se apoya en la barra con los brazos cruzados, observándonos como si estuviera viendo una pelea más interesante que la del ring.
—Le pregunté lo mismo —comenta—. Dice que fue un idiota.
Azrael no aparta la mirada de mí.
—¿Quieres que deje de preguntar?
Su pulgar roza el borde del moretón. No duele. Lo hace con cuidado, casi con reverencia. Niego con la cabeza despacio.
—Sabes quién fue y sé lo que harás, así que no quiero saberlo.
Una pausa. Su mandíbula se tensa apenas.
—Eso depende.
Trago saliva.
—No necesito que me salves, Azrael. Ya te lo dije.
—Demasiado tarde, Mäuschen —responde—. Te protejo y cuido lo que nos pertenece.
Y no lo dice como una promesa romántica. Lo dice como un hecho mirando a Troy. No sabía que ya le pertenecía y ese hecho hace que me sonroje más.
Troy carraspea.
—Si vamos a ponernos intensos, hagámoslo arriba. El público paga por sangre y alcohol, no por ratoncitas asustadas.
Le lanzo el vaso vacío y lo atrapa sin esfuerzo, riendo. Azrael desliza su mano hasta entrelazar sus dedos con los míos, gesto inesperadamente humano, cálido pese a la rudeza que lo rodea.
—Vamos —repite, más bajo esta vez.
Lo sigo, consciente de la mirada de Troy clavada en mi espalda cuando nos sigue, consciente de que confía en él lo suficiente como para compartirlo todo, incluso mis silencios, y siento su mano tomar la otra.
—Te cuidamos, Ratoncita.
¿En qué momento me enamoré tan rápido de Troy como lo estoy de Azrael?
Debe ser por el buen sexo. El nudo en mi pecho se afloja apenas, porque le creo, entre golpes y miradas peligrosas, no me siento débil. Me siento vista y adorada por ellos dos.
…
Troy Cierra la puerta detrás de nosotros y el ruido del bar se convierte en un murmullo lejano, como si el mundo quedara suspendido afuera.
Troy se deja caer en el sofá con una sonrisa ladeada, observándonos como si esto fuera un ritual que conoce de memoria.
Azrael no sonríe. Nunca sonríe cuando me mira así.
—Ven aquí —dice Azrael, sin alzar la voz.
No es una orden gritaba y eso lo hace peor. Es Directa. Camino hacia él y siento a Troy levantarse detrás de mí. No me tocan todavía. Me rodean.
—¿Sigues queriendo beber? —murmura Troy cerca de mi oído.
—Depende de lo que me vayas a dar —respondo, girando apenas la cabeza.
Él ríe suave.
—Siempre tan hambrienta, Ratoncita.
Azrael desliza sus dedos por mi mandíbula, evitando el moretón con cuidado que no quiere admitir.
—¿Te duele?
—No.
—Mientes mal.
—No vine aquí para hablar de eso.
Su mirada oscurece.
—Entonces dime para qué viniste.
Sostengo su mirada sin bajar la mía.
—Para que me distraigan.
Troy silba bajo.
—Eso sí que sé hacerlo bien.
Azrael me toma de la cintura y me acerca a su pecho con firmeza, pero sin brusquedad. Su voz baja apenas un tono cuando me habla, es un susurro que me hace erizar la piel:
—No somos distracción, Willow.
—No —añade Troy, colocándose detrás de mí, sus manos deslizándose por mis brazos—. Somos tu vicio .
Mi respiración cambia, aunque intento mantener el control.
—Presumidos.
—No es un tema de presunción si es verdad —dice Troy, sus labios rozando mi cuello sin tocar del todo—. La última vez no estabas tan sarcástica.
Azrael inclina la cabeza y se acerca para susurra cerca de mi boca:
—La última vez rogabas.
El calor me sube al rostro otra vez.
—No recuerdo eso.
Ahora es Troy se inclina para que lo mire.
—Yo sí. Bastante claro, de hecho.
Azrael desliza una mano por mi espalda, lenta y firme, como si ya supiera exactamente dónde detenerse y cómo hacerme reaccionar sin necesidad de apurarse. El contacto es seguro, controlado, y aun así me recorre un escalofrío que me deja sin aire por un segundo.
—Dime qué quieres esta vez.
No es una pregunta ligera. Los miro a los dos. La intensidad en la habitación es casi tangible.
—Quiero dejar de pensar.
Troy me gira hacia él y sus dedos se hunden en mi cintura.
—Entonces deja que pensemos por ti. ¿Quieres que seamos suaves? —pregunta Troy, pero su sonrisa dice que ya sabe la respuesta.
—No.
Azrael finalmente habla, más bajo que antes.
—Mírame.
Lo hago.
—Si en algún momento no lo quieres, lo dices. Recuérdalo, tú tienes el control.
Asiento.
—Pero si lo quieres… no te vamos a dejar escapar.
Mi pulso se acelera, traicionándome, mientras intento mantener la calma. Siento cómo el aire se me queda corto y cómo todo lo demás deja de importar en un instante.
—Hablas demasiado.
—Y tú demasiado poco —responde él.
Azrael me toma del mentón con firmeza.
—Dilo.
—¿Qué?
—Que nos quieres.
Ruedo los ojos, pero mi voz sale más suave de lo que pretendía.