Capítulo 40
Azrael
Nunca dejo de vigilarla cuando trabaja. Nunca.
No porque dude de su capacidad, sino porque el mundo está lleno de hombres que confunden una sonrisa profesional con una invitación y la amabilidad con debilidad.
Desde que noté la forma en que el doctor Calder la miraba —demasiado fijo, demasiado seguro de sí mismo— puse ojos donde nadie sospecha, hackear las cámaras donde solo hay ángulos muertos para quien no sabe buscar.
No necesitaba pruebas para desconfiar, me bastaba el instinto, y mi instinto rara vez se equivoca.
Así que lo vi todo. La vi caminar por el pasillo junto a él, rígida pero firme.
Vi cómo abría la puerta de esa habitación.
Vi la cama vacía antes incluso de que ella se diera cuenta.
Vi cómo la puerta se cerraba a su espalda.
Vi el momento exacto en que él perdió la máscara y la empujó contra la cama. La vi defenderse.
Willow no es frágil; lo golpeó, lo empujó, luchó con uñas y dientes, pero él la tocó.
La golpeó. Y eso… eso nadie puede quedarse a vivir con ello.
Hay cosas que no se archivan en un expediente interno, que no se resuelven con una suspensión temporal.
Hay líneas que, cuando se cruzan, solo se borran con sangre.
El sonido del forcejeo retumba incluso sin volumen, porque no necesito escucharlo para saber cómo respira ella cuando está conteniendo la rabia; la veo empujarlo, lo veo perder la sonrisa, lo veo agarrarla del brazo.
—¡Suéltame!
Pero él sigue y el movimiento es claro, violento, innecesario, y aunque ella se defiende, aunque lo araña, aunque lo golpea de nuevo, él la toca, la golpea, y eso… eso nadie puede quedarse a vivir con ello.
Marco el número de Theron Sterling, —el dueño del maldito hospital que quiero ahora quemar —sin apartar la mirada de la pantalla. Estoy demasiado lejos, no llegaré a tiempo, y antes de que pierda la locura, necesito hacer esta llamada e ir por mi chica.
Ya me estoy moviendo. Willow ha salido de la habitación a pedir ayuda y eso, aunque me tranquiliza un poco, odio no estar ahí.
Theron responde.
—¿El doctor Calder es importante para tu nómina? —pregunto cuando atiende.
—¿Qué pasó?
—Te hice una pregunta.
Silencio.
—Claro que no. ¿Qué hizo?
—Atacó a Willow.
La pausa al otro lado es densa.
—¿Estás seguro?
—Lo estoy viendo.
—Mierda. Haz lo que tengas que hacer… y que sufra.
Se me escapa una risa baja.
—No era permiso lo que te estaba pidiendo, Theron. Te estoy avisando que el doctor Calder se va a ausentar de por vida de tu hospital.
—¿Quién es el doctor Calder? —dice y sonrío. Porque lo malditamente entiende.
Cuelgo.
…
Lo espero a la salida apoyado en su Tesla gris, impecable, discreto, mediocre. Cuando aparece, se detiene en seco al verme.
—¿Eres…? —trata de identificarme.
—Doctor Calder —le digo con calma, abriéndole la puerta del coche como si fuera un chofer—. Vamos a dar un paseo.
—No sé qué quieres, pero si esto es por algún malentendido…
—Sube al maldito coche, pedazo de mierda.
—Prefiero que hablemos aquí.
Lo agarro del abrigo y lo estrello contra la puerta.
—He dicho que subas al puto coche.
Sus ojos cambian. Ya no hay arrogancia, solo cálculo.
—Esto es ilegal.
—Atacar a una enfermera también.
Traga saliva.
—No sabe de qué habla.
Esta mierda se atreve a mentirme en la cara.
—La empujaste contra una cama. La golpeaste. La tocaste sin su consentimiento. —arrastro lo último con un susurro— Sube al coche.
Esta vez obedece. Y eso, viniendo de alguien como él, no es obediencia… es pura conveniencia. Conduzco sin música, sin dignarme a mirarlo. El silencio se extiende entre nosotros, espeso, incómodo, como si incluso el aire rechazara compartir espacio con él.
Llevo a mi lado a un hombre que muchos seguramente admiran. Yo no. Yo solo veo lo que es: escoria.
El coche se detiene con un chirrido seco, violento, y durante un segundo todo queda en silencio. Mis manos aprietan el volante con tanta fuerza que los nudillos se me tensan, y tengo que contenerme para no girarme y romperle la cara ahí mismo.
El aire se vuelve denso, cargado de algo oscuro.
—Vuelve a decir eso. Atrévete y Explícame —le digo, girándome hacia él con absoluta calma— cómo se malinterpreta un puñetazo en la cara.
—Me golpeó primero.
—Eres un hijo de puta.
Mi paciencia terminará pronto… error. No tengo paciencia.
—Yo solo…
—Baja.
Lo saco del coche y lo llevo al almacén vacío.
—Esto es un secuestro —dice, la voz quebrándose.
—No. Esto será otro mal entendido .
Lo siento en la silla y ato sus muñecas con precisión, sin prisas, asegurándome de que cada nudo quede firme. No hay titubeo en mis movimientos, solo una calma fría que contrasta con la tensión que llena el ambiente.
Tiro de la cuerda una última vez, comprobando que no tenga margen, que entienda exactamente en qué posición está.
Entonces me aparto un paso, lo observo.
Y sonrío apenas.
—Ahora sí… hablamos. Escúchame bien, doc —me agacho frente a él—. Te atreviste a acosarla, a ponerla incómoda y la atacaste por decir no. Todo esto en su lugar de trabajo. Le hiciste sentir miedo donde debería sentirse segura.
—No pasó nada grave.
Me coloco la nudillera de hierro con calma, ajustándola a los nudillos como si fuera parte de mí. No hay prisa, él sufrirá. El primer golpe llega seco, directo al estómago, y le arranca el aire de los pulmones al instante, doblándolo sobre sí mismo.
Ni siquiera parpadeo.
—Para ti no.
El segundo le abre el labio.
—¡Estás loco!
—No. Estoy siendo muy claro.
Se inclina hacia adelante, escupiendo sangre.
—Podemos arreglar esto.
—Ya lo estoy arreglando. Es un mal entendido, como dijiste.
Lo tomo del mentón para que me mire.
—Hay hombres que pueden convencerse de que fue un error, que fue un impulso, que no fue para tanto —le digo despacio, sin alzar la voz—. Tú no va a ser uno de esos hombres. Porque a todos los que me han dado esa misma excusa de mierda, han terminado muertos.
—Por favor…
—Cuando alguien toca lo único que logra mantenerme humano —continúo, ignorando su súplica y lo golpeo directo en el ojo— deja de pertenecer al mundo de los que siguen respirando sin miedo.
Sus ojos se llenan de verdadero terror por primera vez. Bueno, el único ojo bueno abierto.
—No sabía quién era ella para ti.
—Ese fue tu último error.
Lo golpeo debajo de la mandíbula hasta que sus dientes salen disparados al suelo. Un saco de boxeo es más cómodo que su rostro o torso, pero la sangre salpicándome la ropa lo hace mejor.
Lo desato de la silla y cae al suelo. Sigue respirando, pero no por mucho tiempo.
—P…por favor.
Lo alzo del suelo sin el menor cuidado y lo engancho a los ganchos incrustados en la pared, dejándolo colgar como un animal en una carnicería, expuesto, indefenso, reducido a pura carne.
Me quito la nudillera con lentitud, dejándola a un lado, como si ya no la necesitara.
Mis dedos se tensan, se flexionan despacio, hasta que aprieto los puños.
Ahora sí.
Grita al sentir el metal atravesándole la carne y no me importa. Lo miro un segundo más, respirando con la calma exacta de quien ya decidió.
—Espera… —intenta—. Para...
El primer golpe en su nueva posición no es elegante ni calculado; es directo, seco, brutal. Su cabeza se va hacia atrás y el sonido del impacto rebota contra las paredes vacías. No grita al principio.
El segundo golpe sí lo hace gritar cuando lo ensarto más a la pared.
—Ella dijo que no.
Cada palabra acompaña un impacto.
—Dijo. Que. No.
Intenta hablar, el hijo de puta es fuerte, pero no hay defensa real cuando alguien decide no parar. Sus puños son débiles, desordenados, desesperados. Los míos no.
—¿No fue para tanto?… —escupo.
La risa que se me escapa no tiene humor. Lo agarro del cabello y lo obligo a mirarme.
—Para ella lo fue, la traumatizaste y ahora tendré que curarla de eso también.
El siguiente golpe lo tumba por completo. No intento hacerlo rápido. No intento hacerlo limpio. Cada vez que intenta hablar lo vuelvo a golpear. Costillas. Mandíbula. Estómago. Sin frenesí descontrolado. Con constancia.
El almacén se llena del sonido de respiraciones rotas y carne contra carne.
Ya no escucho.
Me quedo de pie sobre él, el pecho subiendo y bajando con fuerza, esperando. Hay un punto exacto en el que el cuerpo deja de luchar incluso cuando la mente quiere seguir suplicando. Ese punto llega.
Silencio.
Me acerco, compruebo lo necesario. No hay reacción. No hay nada que regrese. No siento alivio. No siento triunfo. Solo la certeza de que no volverá a tocar a nadie. Me limpio las manos en su propia camisa y me voy. La noche sigue intacta. Y él ya no forma parte de ella.
Cuando todo termina, no hay catarsis. No hay sensación de victoria.
Solo un cuerpo inmóvil y el eco de su última súplica aún suspendido en el aire frío del almacén.
No me quedo contemplando lo que hice porque no necesito contemplarlo; las decisiones no se admiran, se ejecutan.
Subo al coche que dejé escondido varias calles atrás y conduzco de regreso con la mente clara.
No repaso lo ocurrido. No necesito justificarlo.
Él cruzó una línea que no admitía advertencias, y yo simplemente me aseguré de que entendiera el precio.
Cuando la vea, nadie más que yo sabrá que su agresor ya no respira. Ella no tendrá que cargar con esa información. Solo notará que el hospital está un poco más tranquilo.
Eso es suficiente.