Capítulo 39
Willow
El turno me pesa en los hombros cuando salgo de una habitación y casi choco con él en el pasillo; el doctor Calder está apoyado en el mostrador como si el hospital fuera un escenario montado para su lucimiento personal, bata impecable, cabello en su sitio, sonrisa estudiada.
Sus ojos bajan por mi uniforme con descaro y luego vuelven a mi cara con una seguridad que me crispa.
—No estás con tu novio —dice, ladeando la cabeza—. Te queda bien.
Aprieto la carpeta contra mi pecho para no cruzarme de brazos como si necesitara protegerme.
—¿Cómo podría? Es un hospital. Además, él también trabaja.
Una media sonrisa le cruza el rostro.
—¿En qué? ¿Matando gente…?
No sabe lo cerca que está de acertar y el pensamiento me atraviesa como una descarga eléctrica.
Sí, seguramente eso hace; seguramente mata cuando es necesario, o golpea a alguien en un ring clandestino hasta dejarlo sin aire, o negocia con hombres que desaparecerían sin dejar rastro si él lo ordenara.
O Troy de rodillas comiéndole la polla en algún lugar, ¿qué le importa a este imbécil?
No tiene derecho a mencionar su nombre con ese tono cargado de insinuaciones baratas.
—No es asunto tuyo —respondo, fría.
Él no se inmuta, como si mi rechazo fuera parte del juego que disfruta.
—Quiero que me acompañes a ver a un paciente.
—Hay más enfermeras para eso —replico sin moverme.
Da un paso hacia mí, invadiendo mi espacio con esa confianza que detesto.
—Te necesito a ti y es una orden, enfermera Graves.
Es la primera vez que me llama por mi apellido y algo me dice que debo obedecer o perderé mi puto trabajo, el único que realmente me importa.
Busco a Emma con la mirada. Está organizando unas historias clínicas, pero alza la vista y nos observa; cuando nuestras miradas se cruzan, asiente apenas y dibuja una sonrisa pequeña que dice claramente “sé que lo odias”.
Y sí, lo odio por lo intenso que es, por cómo siempre encuentra la manera de arrinconarme con excusas profesionales.
Respiro hondo y asiento con la cabeza.
—Vamos.
Lo sigo por el pasillo hacia otro pabellón menos transitado.
El trayecto es silencioso, demasiado silencioso; el sonido de nuestros pasos se amplifica contra las paredes blancas y cada metro que avanzo me confirma que nada de esto apunta a ser buena idea.
Podría detenerme, podría decir que tengo otra tarea urgente, pero ya estamos frente a una habitación y retroceder ahora sería admitir que me intimida.
Calder abre la puerta para mí con un gesto exageradamente cortés.
—Después de usted.
Entro. Y me quedo helada.
La cama está vacía. Las sábanas lisas, sin arrugas. No hay monitor encendido, no hay suero colgando, no hay historia clínica en la mesilla. No hay nada que indique que aquí haya habido un paciente.
—Pero qué…
La puerta se cierra a mi espalda con un golpe seco que me hace girar. Su expresión ya no es la del médico seguro de sí mismo. Hay algo más oscuro en sus ojos, algo que no había querido ver antes.
—¿Dónde está el paciente? —pregunto, aunque ya sé que la pregunta es inútil.
No responde. En lugar de eso, me empuja con fuerza contra la cama del hospital; mi espalda golpea el colchón y el aire se me escapa en un jadeo involuntario.
—¿Qué haces? ¡Estás loco!
Se inclina sobre mí e intenta besarme, su boca chocando contra mi mejilla cuando giro la cara con asco. Sus manos buscan mis muñecas, presionándolas contra el colchón y todo se sale de control.
—Siempre tan distante —murmura, su aliento caliente y desagradable rozándome la piel—. Siempre actuando como si fueras mejor que yo y eres solo un coño más. Te veo, Willow. Yo sí te veo. No eres un ángel. Eres una herida abierta. Y yo soy el único que la ve sangrar.
El correo. El poema
—Eres el hombre del sótano—murmuro para mí misma, y me siento perdida llena de miedo —¡Suéltame! —grito, forcejeando, dándole un golpe con el antebrazo en la clavícula.
Pataleo, intento girarme, pero su peso me mantiene atrapada. Siento la rabia y el miedo mezclándose en el estómago.
Este hijo de puta va a violarme aquí mismo.
—¡Eres un enfermo!
Le doy un rodillazo donde puedo, pero solo logro que gruñe y me apriete más fuerte. La frustración me hace actuar sin pensar; echo la cabeza hacia atrás y luego hacia delante, golpeándolo con la frente en la nariz. Siento el impacto, el dolor vibrando en mi cráneo.
Por un segundo se aparta.
Y luego su mano impacta contra mi rostro. El golpe es seco, directo. Un destello blanco explota detrás de mis párpados y el mundo se llena de luces que no existen. El sabor metálico de la sangre me inunda la boca. Mi oído zumba. Intento enfocar, pero todo parece inclinarse.
—Cállate —gruñe, acercándose otra vez. —Mírate, te dije que eras una herida abierta… tu sangre, es hermosa. Como tú.
No.
No me voy a quedar quieta. A tientas, mi mano encuentra la bandeja metálica junto a la cama; la agarro y la lanzo hacia él con toda la fuerza que me queda. El estruendo rebota contra las paredes.
—¡Ayuda! —grito, forzando el aire a salir, aunque me duela la mandíbula—. ¡AYUDA!
Mis uñas se clavan en su piel, mis piernas golpean, mi cuerpo se retuerce bajo el suyo en pura desesperación. El pasillo sigue demasiado silencioso, y eso me asusta más que su peso encima de mí.
Consigo darle otro golpe, esta vez más certero, porque la bandeja lo distrae el segundo suficiente para que mi rodilla impacte donde debe, en sus bolas; su cuerpo se inclina hacia un lado y aprovecho ese desequilibrio como si mi vida dependiera de ello, porque depende.
Me giro, me escurro por debajo de su brazo y caigo al suelo con torpeza, pero no me detengo a sentir el dolor en la cadera ni el ardor en la mejilla.
Me levanto como puedo y corro hacia la puerta, escuchando su maldición detrás de mí.
El pasillo está vacío.
Demasiado largo.
Mis zapatillas resbalan un poco sobre el suelo pulido, pero no freno; escucho la puerta abrirse de golpe y sus pasos persiguiéndome, más pesados, más rápidos de lo que quisiera.
Mi corazón golpea contra las costillas como si fuera a romperlas.
Giro la esquina hacia la zona de enfermería, intentando gritar otra vez, pero mi voz sale rota, temblorosa.
—¡Ayuda! ¡Emma!
Lo veo aparecer al fondo del corredor y por un segundo temo que nadie vaya a salir de ninguna habitación, que todo el hospital haya decidido volverse sordo justo ahora.
Él me alcanza por detrás y su mano roza mi brazo, pero me zafó con un tirón brusco que me quema la piel. No miro atrás; si lo hago, me paralizo.
Doblo otra esquina y casi choco con un carrito de medicación; lo empujo con fuerza hacia atrás justo cuando él llega, el metal rueda descontrolado y se interpone entre nosotros. Eso me da dos segundos más. Dos segundos que uso para llegar al control de enfermería.
Emma levanta la vista.
Ve mi cara. Ve la sangre. Y su expresión cambia.
—¿Willow?, Dios mío. ¿Qué ha pasado?
No puedo responder de inmediato, apenas puedo respirar, pero señalo hacia el pasillo por donde él viene. Calder aparece unos metros atrás, pero ya no corre; camina rápido, intentando recomponerse, intentando parecer el médico impecable otra vez, disimulando que acaba de atacarme.
—Se ha… se ha vuelto loco y me ha atacado. —logro decir, la voz quebrada.
Varias miradas se levantan. Un residente sale de una habitación. Una auxiliar se acerca. El ruido empieza a llenar el espacio y eso juega a mi favor.
Calder se detiene cuando nota que ya no estoy sola.
—Ha habido un malentendido —dice, levantando las manos ligeramente, como si todo fuera una confusión absurda.
Lo miro y siento algo más fuerte que el miedo: rabia pura.
—¡Me encerraste en una habitación vacía! —digo, más alto esta vez, obligándome a vocalizar, aunque me duela la mandíbula—. ¡Intentaste violarme! ¡Me golpeaste!
El silencio cae como una losa. Emma se coloca a mi lado sin dudarlo y toma mi mano temblorosa, antes de señalarlo:
—Será mejor que te apartes, bastardo. —le dice a él, y su tono ya no tiene nada de amable.
Veo cómo calcula sus opciones, cómo mide las caras alrededor, cómo entiende que esta vez no puede taparlo con una sonrisa. Retrocede un paso.
Yo sigo temblando, pero me mantengo de pie.
No lloro.
No me derrumbo. No todavía. Solo siento el latido salvaje en el pecho y una certeza fría instalándose en mi estómago: esto no ha terminado. Y cuando salga del hospital y tenga que decidir si le cuento a Azrael lo que ha pasado, el verdadero temblor no será el mío.