Reaper (Código Negro 2) Capítulo 38 #2
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Capítulo 38 #2

Su mandíbula se tensa. Durante un segundo pienso que se negará, que esto escalará a algo más oscuro todavía, pero entonces se incorpora lo justo para arrancar la cinta con un movimiento firme. Mis muñecas quedan libres, la piel enrojecida, sensible.

No me aparto.

No me cubro.

Azrael desliza las tijeras lejos de la cama y vuelve a inclinarse sobre mí, esta vez sin la barrera del control físico, solo con el peso de su cuerpo y la intensidad de su mirada.

—Ya deja de mentir, más mentiras crecen y se convierten en monstruos feos —dice, más humano que hace unos minutos—. Y puede que uno de esos monstruos sea yo… no sé qué versión de mí va a venir a buscarte.

Y lo peor es que sé que no es una amenaza vacía. Lo rodeo con mis brazos lentamente, sintiendo el músculo tenso bajo mis manos, el corazón golpeando fuerte contra mi pecho. No está tranquilo. Solo está conteniéndose.

La oscuridad sigue ahí. Pero ahora estamos los dos dentro de ella.

—No te tengo miedo.

Lo digo sin apartar la mirada, con la voz baja pero firme, y el efecto es inmediato. Algo en su expresión cambia, no porque dude de mí, sino porque sabe que estoy diciendo la verdad. Azrael no me asusta. Me descoloca. Me enfurece. Me provoca. Pero miedo… no.

Su pulgar sube desde mi cintura hasta mi costado, lento, como si estuviera midiendo mi pulso a través de la piel.

—Deberías —murmura, sin dureza, casi pensativo.

—No —insisto—. No eres el monstruo que crees que soy incapaz de mirar.

Su respiración se vuelve más profunda. Está encima de mí, su cuerpo sosteniéndose con los brazos a cada lado de mi cabeza, sin aplastarme, pero marcando cada centímetro de distancia. Sus ojos recorren mi rostro como si estuviera intentando encontrar una grieta, una señal de que miento.

No la encuentra.

—No me tienes miedo.

—No. Entonces dime qué es lo que sientes cuando estoy así.

Su mano desciende por mi espalda, despacio; es una provocación controlada, una forma de hacerme consciente de mi propio cuerpo bajo el suyo.

Respiro hondo.

—Siento que estás a punto de romper algo —respondo, honesta—. Y que no sabes si quieres que sea yo… o tú.

Sus pupilas se dilatan apenas. El silencio se vuelve espeso, cargado.

—No quiero romperte —dice al final—. Pero cuando siento que te escapas… pierdo el equilibrio.

Deslizo una mano por su pecho hasta su cuello, no para apartarlo, sino para anclarlo. Su piel está caliente, tensa. Late fuerte.

—No me estoy escapando —susurro—. Solo no sé cómo estar contigo sin que todo sea una guerra. Mi pasado no es asunto tuyo, Azrael.

Su mandíbula se tensa, pero no se aparta. Al contrario, baja la frente hasta rozar la mía otra vez. El aire entre nosotros es cálido, íntimo, peligroso.

—Yo no sé amar sin guerra —confiesa en voz baja—. Me enseñaron que el amor es posesión o es pérdida.

Mis dedos se enredan en su cabello, tirando de su trenza apenas lo suficiente para que me mire.

—Pues aprende otra cosa.

Sus labios rozan los míos, apenas un contacto que no llega a beso, como si estuviera probando mi desafío. No hay suavidad todavía, pero tampoco violencia. Es una tensión que vibra entre los dos, contenida, a punto de desbordarse.

—Eres demasiado valiente para tu propio bien, Mäuschen —susurra contra mi boca.

—Y tú demasiado oscuro para asustarme.

Durante un segundo eterno, parece debatirse entre empujar más fuerte o retroceder. Entre dominar o confiar. Finalmente, su boca captura la mía, firme, intensa, pero sin castigo.

Poco a poco puedo sentir como el beso se vuelve desenfrenado, exigente.

Mi respiración se va acelerando y mi agarre se hace firme entre los cabellos de Azrael solo para apegarlo aún más a mí buscando su calor, cuando sin previo aviso me sujeta con firmeza de la cintura y se gira sobre sí dejándome a horcajadas.

El beso continúa, ambos estamos luchando invisiblemente con esta pasión contenida y esta rabia que no nos deja escapar entre tantos secretos que mantenemos. Su lengua reclama mi atención y respondo a su beso necesitado cuando apenas se separa unos momentos para susurrar sobre mis labios.

—Móntame, Willow. Cabalga mi polla como la buena chica que eres. Eres mi chica. Desde el primer día en que te vi. Y quiero tu coño tomando cada centímetro mío.

Sus palabras son una súplica, pero a su vez una orden por lo cual no pongo en duda su petición cuando llevo mis manos al borde de mi sostén y lo retiro, buscando su mirada luego de lanzar lejos la prenda.

Puedo notar como Azrael se relame los labios y posa su penetrante mirada en mi cuerpo, se deleita con mi figura y detalla cada milímetro de mi cuerpo con esa necesidad de anhelo, y su urgencia de posesión.

Su respiración se acelera y a su vez lo siento bajo mis piernas

—¿Sabes que siempre serás mi vista favorita?

Sus palabras llenan mis oídos como dulces susurros y yo solo quiero deleitarme con su esencia por lo que coloco mis manos sobre su torso y abro su camisa de un solo tirón dejando su belleza descubierta.

—No eres el único que se deleita con las vistas.

No puedo evitar sonreír ante el gesto que realiza, sus labios son perfilados por su lengua, saboreando los míos y yo no puedo aguantar más el deseo.

Me inclino sobre el comenzando a besarlo con desespero y sus manos se mueven sin miedo alguno acariciando mi culo y jugando con los bordes de mi ropa interior mojada por nuestro intenso beso.

Mis movimientos son eufóricos, necesitados y comienzo a mover mis caderas para frotarme sobre su polla.

—Azrael, te necesito dentro por favor.

Mis susurros son suplicas sobre sus labios, cuando sin tiempo alguno puedo sentir que me levanta apenas y maniobrando con maestría, deja al descubierto su miembro sin apartar del todo su pantalón.

Su pene palpita libre entre nosotros y esta vez solo mis bragas mojadas están generando una barrera en medio de nuestra unión.

—Tendrás que tomarme por completo, Ratoncita . No voy a disculparme si soy rudo.

Sin nada más qué decir, siento como Azrael —desde atrás y sujetando mi culo—, aparta apenas mi ropa interior y acomoda su miembro en mi entrada dejándome caer casi de golpe sobre su polla.

La invasión es recibida junto con mis gemidos, pero aun así su tamaño sigue siendo algo a lo que no estoy acostumbrada del todo por lo cual cuando me llena por completo, no puedo evitar soltar otro sonoro gemido que le hace detenerse sin dejar de penetrarme.

—Dime que estás bien, cariño. Dime que puedo seguir llenando este sabroso coño que tienes.

A pesar de que él es quien está llevando el control, me sigue cediendo el dominio que dijo que no me daría. Mi viejo Azrael caballeroso sigue ahí después de todo.

Los segundos pasan y yo siento como mi cuerpo va aceptando su tamaño y se va acomodando a él y comienzo a moverme suavemente para que mi humedad le dé también el placer necesario.

—Estoy bien…

Mis gemidos comienzan a llenar el aire mientras mis caderas van tomando un ritmo desenfrenado sobre él.

Comienzo con un pequeño baile de adelante hacia atrás, pero a medida que van avanzando los segundos, mis movimientos se vuelven más atrevidos y desenfrenados comenzando a dar pequeños brincos sobre su miembro, los cuales son controlados por sus manos firmes que no han soltado mi culo en ningún momento.

Este hombre realmente ama mi culo.

Mis labios siguen buscando los suyos con una necesidad casi desesperada, besándolo y recorriendo su boca como si no hubiera nada más capaz de calmarme en ese instante.

Me pierdo en él, en la forma en que me sostiene y en cómo marca el ritmo de lo que siento, mientras el pulso del deseo va creciendo dentro de mí, acelerándose cada vez más hasta hacerme perder por completo la noción de todo lo demás.

Este hombre es fuego, es pasión y cada vez que puede me lo demuestra con su cuerpo.

Sus manos se aferran aún más a mi piel y las embestidas se van volviendo cada vez más desenfrenadas, me cuesta un poco llevar el ritmo, pero es también a causa del orgasmo que se está generando al interior de mi cuerpo.

Conoce cada movimiento de forma precisa para hacerme rozar el cielo cada vez que estoy en sus manos.

Puedo sentir cómo se tensa aún más dentro de mí, cómo su agarre sobre mi piel se vuelve más profundo, mientras los movimientos pierden cualquier rastro de control y se vuelven completamente frenéticos.

El placer me arrastra sin piedad y no me toma demasiado tiempo alcanzar el clímax; mi cuerpo se abandona por completo a la sensación, arqueándose contra él mientras un gemido se me escapa de la garganta y se pierde en la habitación.

Me aferro con fuerza a su torso desnudo, buscando sostenerme en algo real, mientras mis caderas siguen moviéndose contra él, respondiendo a cada impulso, a cada oleada que me atraviesa hasta que el orgasmo termina de romperme en pequeños espasmos que me dejan temblando entre sus brazos.

Sinceramente, me siento un poco perdida… pero no puedo negar lo mucho que me gusta cuando Azrael se libera y me llena de su semen por completo y me hace sentir suya, como si en ese momento no existiera nada más que nosotros dos.

Quedamos ambos rendidos, sudorosos y jadeantes, tratando de recuperar el aire perdido.

Yo, aún temblorosa por lo que acabo de sentir, me dejo caer sobre él y sus brazos me rodean con una suavidad inesperada, ofreciéndome un refugio perfecto.

No entiendo cómo un hombre con la fuerza para destruirlo todo puede transmitirme tanta paz, pero tampoco lo cuestiono; simplemente me dejo llevar y permanezco ahí, disfrutando de ese silencio compartido que lo dice todo sin necesidad de palabras.

Luego de unos momentos, sus manos me sostienen las caderas, no para inmovilizarme, sino para asegurarse de que sigo ahí, de que no desaparezco cuando la oscuridad aprieta.

Y cuando se separa apenas, su mirada ya no es de amenaza.

—No me tengas miedo —dice esta vez él—. Pero no me provoques.

La habitación sigue en penumbra. Mi ropa sigue hecha jirones en el suelo. La tensión sigue viva. Y mi corazón hecho pedazos.