Capítulo 38
Juramento IV (A mi obsesión) Caminaré delante para protegerte y detrás para eliminar lo que te amenace.
Willow
Entro en mi apartamento arrastrando los pies, con la cabeza todavía llena del ambiente del hospital, y lo primero que noto es el silencio.
No el silencio normal de un piso vacío, sino uno más denso, más pesado, como si el aire estuviera esperando algo.
Busco el interruptor junto a la puerta y lo pulso.
Nada. Lo intento otra vez. Nada. Miro por la ventana y la ciudad brilla como siempre, luces encendidas en todos los edificios, farolas firmes en la calle, coches pasando con normalidad. Solo mi apartamento está a oscuras.
El pulso se me acelera. Qué mierda.
—Genial… —murmuro, avanzando un par de pasos con el móvil en la mano para alumbrar el pasillo.
La puerta se cierra sola detrás de mí con un clic suave.
Y entonces su voz rompe la oscuridad.
—Ven aquí, Mäuschen.
Se me corta la respiración.
—Mierda, Azrael… me asustaste.
Su silueta se despega de la pared como si hubiera nacido de las sombras. No sé cuánto tiempo lleva ahí. No sé cómo ha entrado. Solo sé que el control de la situación ya no me pertenece.
—¿Ansiosa por verme? —pregunta con una calma que no encaja con la tensión que siento recorriéndome la espalda.
Trago saliva y levanto el mentón, intentando no parecer lo que soy ahora mismo: vulnerable.
—Podrías haber avisado.
Da un paso hacia mí. Luego otro. No responde a mi queja. Nunca lo hace cuando no le interesa, solo busca lo que quiere, y a juzgar por sus ojos, me quiere a mí.
Antes de que pueda retroceder, su mano se cierra alrededor de mi muñeca. Es firme, lo suficiente para saber que este no es un juego previo. El móvil cae al suelo y la luz gira por el techo antes de apagarse.
—Azrael…
No termino la frase. Me gira contra la pared con un movimiento rápido, su cuerpo bloqueando el mío, su aliento rozándome la sien.
—Hoy no quiero excusas —murmura cerca de mi oído—. Hoy quiero verdad.
Intento zafarme, pero él ya tiene la cinta en la mano.
No sé de dónde la ha sacado. Solo escucho el sonido rasgado al despegarla.
Me inmoviliza las muñecas con precisión, pegándolas frente a mí, luego pasa otra vuelta por mis brazos y me sujeta contra su pecho mientras trabajo para mantener la respiración estable.
—Estás cruzando una línea —le advierto, aunque mi voz tiembla más de lo que me gustaría.
—Las líneas existen para que alguien decida borrarlas.
Me levanta como si no pesara nada, echándome sobre su hombro.
El mundo se invierte y solo veo su espalda ancha bajo la camisa oscura, siento el músculo firme bajo mi abdomen mientras me transporta fuera de mi propio apartamento.
Apenas registro el trayecto por el pasillo del edificio.
Solo escucho el eco de sus pasos y mi propio corazón golpeando contra las costillas.
Abre la puerta de su apartamento sin esfuerzo y la cierra tras nosotros con un golpe seco.
Este lugar era diferente a cuando Hunter vivía aquí.
No había entrado, ahora todo es frío, más varonil y huele a él y a mí gracias al hurto de mi jabón.
Me lleva por todo el pasillo hasta su habitación y me deposita sobre la cama, no con suavidad.
La habitación está apenas iluminada por una lámpara lateral. Su rostro queda medio en sombra, medio en luz. Sus ojos brillan de una forma que no sé interpretar del todo.
Saca unas tijeras filosas del cajón de la mesilla. El sonido metálico al abrirlas me recorre la columna vertebral.
—Azrael… —repito, esta vez más bajo.
No responde.
Se inclina sobre mí y engancha la tela de mi camiseta.
El primer corte es limpio, preciso. La tela cede con facilidad.
El sonido rasgándose en el silencio es casi obsceno.
Baja despacio, cortando sin tocar piel, pero lo suficientemente cerca para que cada movimiento me haga contener el aire.
No hay prisa en él. Solo una rabia está jodiendo con mi mente.
—¿Sabes lo fácil que es romper algo que parece fuerte? —dice mientras termina con la camiseta y deja los pedazos caer al suelo.
La hoja fría roza mi vientre cuando empieza con el pantalón. Otro corte. Otro desgarro. La tela cae abierta. Me quedo en ropa interior, expuesta bajo su mirada que no parpadea.
No me toca todavía. Y eso es lo que más pesa.
Se incorpora un poco, observándome como si intentara descifrarme, como si buscara algo más allá de la piel.
—No vuelvas a dejarme fuera —murmura al final, su voz más baja, más oscura que antes—. No vuelvas a hacerme sentir que no sé quién eres.
La tensión no se rompe. No hay gritos. No hay caricias. Solo el silencio espeso entre nosotros, la amenaza en su cuerpo inclinado sobre el mío, y la certeza de que esta noche no se trata de deseo… sino de control.
Y yo estoy excitada.
Me doy cuenta que no estamos solos, cuando veo a alguien fumando en un rincón.
—Hola, Ratoncita —me saluda Troy. Se ve muy guapo vestido con pantalón negro y una camisa rojo sangre, hace que sus ojos azules resalten, tiene las mangas recogidas hasta los codos y sus tatuajes se asoman por sus antebrazos.
Me doy cuenta de que estoy jadeando como una puta loca, lo que hace a Azrael ladear su cabeza.
—¿Quieres que se quede a observar? —pregunta.
Asiento con la cabeza. No solo quiero que se quede, quiero que volvamos a hacer lo que hicimos antes, los tres, se sintió tan bien, la conexión que tuvimos los tres, es algo que no había experimentado jamás, no solo era sexo, era deseo y algo más.
La forma de Troy de verme, no lo hace como si solo quisiera devorarme, le gusto.
—Ojalá pudiera, Ratoncita . Pero quizás otro día. Me voy.
—Espera, ¿Qué? —casi grito.
Troy se acerca a la cama, el colchón se hunde suavemente a mí lado cuando él coloca una rodilla y su mano caliente va a dar a mi abdomen mientras Azrael observa.
—Hueles bien. ¿Melocotón, verdad?
—S…Sí…
—Me gusta—sonríe en aprobación. Su mirada baja más de mi vientre y lleva su mano hasta el dobladillo de mis bragas y mete su mano. Jadeo por la intrusión exquisita de sentir cómo sus dedos se deslizan por mi raja recién depilada y mojada.
—Estás muy mojada , Ratoncita.
Juega con mis jugos y saca su mano, se lleva un dedo a la boca y me prueba, luego mete otro dedo en la boca de Azrael y este gruñe.
—Toda tuya, escorpión.
Mierda.
Su mirada no se aparta de mí ni un segundo y, aunque mis muñecas están inmovilizadas y mi ropa yace hecha jirones en el suelo, lo que más me desarma no es la vulnerabilidad del cuerpo sino la intensidad con la que me observa, como si estuviera intentando atravesar mi piel y encontrar algo que le pertenece.
La habitación está en penumbra, apenas iluminada por la lámpara lateral que dibuja sombras duras sobre su rostro, marcando la línea de su mandíbula y el gesto tenso de sus labios.
No hay prisa en él, no hay descontrol; lo que hay es una tormenta contenida que late bajo la superficie.
—Eres una pequeña mentirosa —dice, más bajo, inclinándose hasta que su respiración roza mi clavícula.
Siento un escalofrío que no tiene nada que ver con el miedo y todo que ver con la manera en que mi cuerpo responde a su cercanía, incluso cuando debería estar enfadada, incluso cuando debería gritarle que esto no está bien.
Pero Azrael nunca hace nada sin motivo, y eso es lo que me inquieta: no está jugando, no está improvisando, está marcando territorio.
—No sé de qué mierdas hablas —le digo, sosteniéndole la mirada, aunque mi pulso esté desbocado.
Sus ojos se oscurecen apenas, no por rabia, sino por algo más profundo.
—Oh, sí que lo sabes, es interesante todo lo que se puede encontrar en una persona en internet. No has cubierto bien tu rastro, Willow. —responde con una calma que me atraviesa—. Dime, ¿Qué te asustó tanto en Manchester para que huyeras?
Mierda. Lo odio, lo odio mucho . Tuve cuidado, tuve mucho cuidado cuando dejé todo atrás, lo que sea que haya encontrado quizás sea robos menores o allanamientos, cualquier cosa pequeña que tuve que hacer para sobrevivir, pero no el verdadero monstruo que dejé atrás.
—Vete a la mierda, no te diré nada.
Sus dedos se deslizan desde mi hombro hasta mi brazo atado, no para apretar, sino para sentir el latido acelerado bajo mi piel. La cinta sigue firme, pero ya no es amenaza; es símbolo. Control. Dominio. Y, en su retorcida forma de amar, protección.
Se inclina más y apoya la frente contra la mía. Por un segundo, el Azrael que entra en mis pesadillas desaparece y queda el hombre que carga con una bala en la cabeza y demasiados fantasmas en la espalda.
—Sé que no lo dirás, aún. Pero lo harás. Sigue guardándome secretos, sigue mintiéndote a ti misma de que estás bien y no me necesitas.
—Estás loco.
—No. Tú me apagas cosas —murmura—. Y cuando siento que me escondes partes de ti… mis pesadillas vuelven.
Sé a qué se refiere. A la oscuridad. A la violencia que intenta arrastrarlo cuando pierde el equilibrio.
Respiro hondo, intentando ordenar mis pensamientos.
—No te escondo… —empiezo, pero se aparta apenas, lo suficiente para que entienda que no quiere excusas fáciles.
Sus manos bajan hasta mis caderas, no con urgencia sino con firmeza, como si necesitara comprobar que sigo ahí, que soy real, que no soy otra ilusión que pueda desaparecer. Su pulgar roza el borde de mi ropa interior empapada, manteniéndose en ese límite tenso donde todo podría explotar.
—Dime la verdad —dice—. Sin máscaras. Sin la enfermera fuerte. Sin la mujer que finge que puede sola.
Trago saliva. Porque eso duele más que la cinta.
El silencio se estira entre nosotros, pesado, cargado, eléctrico. Mi piel arde donde sus dedos me sostienen, y aun así lo que domina la habitación no es el deseo, sino la lucha por el control, por el poder, por quién cede primero.
—Desátame —susurro al final, no como súplica, sino como reto.