Capítulo 37
Hace un año que vivo en la calle. Aprendí rápido que si no corres, mueres; que si no miras primero, te clavan después; que el frío no es lo peor, lo peor es el hambre, porque el hambre te obliga a hacer cosas que luego se quedan contigo incluso cuando cierras los ojos.
He dormido bajo puentes, en portales que huelen a orina, detrás de contenedores donde las ratas no se asustan de mí porque ya me reconocen como uno más.
He matado. No lo pienso demasiado, pero lo he hecho.
La primera vez fue torpe, desesperada; la segunda fue más limpia.
Después de eso dejé de ser un niño, aunque mi cuerpo siga siendo más grande que mi edad real y mis manos aún parezcan demasiado delgadas para sostener todo lo que sostienen.
Una noche me roban. Es casi irónico. Tres hombres mayores que yo, riéndose, oliendo a alcohol barato. Me quitan el poco dinero que había conseguido limpiando parabrisas y el cuchillo que guardo en la bota.
—Por favor, señor. —le ruego a uno de ellos.
—¿Señor? —se ríe a carcajadas y sus amigos hacen lo mismo—La pequeña mierdecilla tiene modales. Bueno, eso no te ha servido para una mierda. ¿no es así? ¿Cuántos años tienes? ¿Doce?
Siempre dicen eso, pero la verdad es que mi altura no es el problema, el problema es que solo soy un niño.
Intento pelear, claro que intento, pero uno me sujeta por detrás mientras otro me golpea en el estómago y el tercero en la cara.
El mundo se vuelve un destello blanco, luego gris.
Siento el sabor metálico en la boca, la sangre bajando por mi barbilla, el asfalto frío pegándose a mi mejilla.
Me siguen golpeando incluso cuando dejo de responder, como si necesitaran asegurarse de que no volveré a levantarme.
Cuando por fin se van, no puedo moverme.
Solo escucho el latido lento dentro de mis oídos y pienso que tal vez esta vez sí me voy a quedar aquí, convertido en otro cuerpo que nadie reclamará.
Sería tan lindo morir ahora. Es todo, me rindo. No puedo más.
Escucho el sonido de llantas acercarse. No es un coche cualquiera.
No suena viejo ni forzado. Es suave, caro.
Se detiene justo donde estoy tirado. Intento abrir los ojos y la luz me molesta, pero veo unos zapatos impecables frente a mi cara, cuero negro sin una sola mancha, absurdamente limpios para esta calle.
La puerta se cierra con un sonido seco y elegante.
El hombre que se inclina hacia mí no encaja con este lugar; lleva un abrigo oscuro perfectamente cortado, el cabello peinado hacia atrás, la mirada firme, como si todo a su alrededor le perteneciera.
Y lo veo. Ese rostro.
Lo he visto antes.
En una fotografía vieja que mi madre escondía en el fondo de un cajón, envuelta en una tela como si fuera un secreto. Yo la encontré una vez, cuando tenía seis años. Ella me la quitó de las manos y me gritó, pero antes de eso memoricé la cara del hombre que aparecía allí, joven, elegante, distante.
Es él.
—Levántate de ahí, Azrael.
Su voz no es alta, pero no admite discusión. La rabia me da fuerza suficiente para escupir sangre y murmurar:
—¿Sabes mi nombre?
Sus ojos no cambian. No hay sorpresa, ni duda.
—Yo sé todo. Te he vigilado casi desde que naciste.
Me rio, o al menos lo intento, pero me duele el pecho.
—¿Por qué?
Se toma un segundo antes de responder, como si la palabra no tuviera peso.
—Porque soy tu padre.
Lo miro desde el suelo, con la cara hinchada, un ojo casi cerrado, y lo único que siento es una mezcla de odio y algo peor que el odio. Mi padre , esa palabra pensé que le quedaría bien cuando vi esa fotografía la primera vez. Pero ahora que lo tengo delante, es como ver un monstruo más.
—No lo parece. Un padre está para proteger.
O eso es lo que he leído en algunos libros que encuentro en la basura, o las charlas que he escuchado desde afuera de las iglesias. Este hombre, no levanta la voz. No se agacha más. Simplemente me observa.
—¿Proteger? Lo hice. Cuando huiste hace un año por haber matado a tu padrastro, hice algo mejor. Le prendí fuego a esa pocilga donde creciste. Así que, en teoría, yo los maté, eres un inocente niño y papá está aquí ahora.
Los maté.
Mamá también está muerta.
El aire se me queda atrapado en los pulmones, tengo ganas de llorar, pero, sobre todo, tengo rabia, pero no creo nada de lo que dice. Recuerdo el fuego. Las sirenas a lo lejos. Pensé que había sido un accidente, una fuga de gas, cualquier cosa menos esto.
Mi madre está muerta y lo único que siempre quise fue ver una fotografía mía pegada en algún lugar, diciendo que era un niño buscado por su madre, extrañado y que alguien me esperaba en casa, pero no fue así. Y nunca lo será.
—¿Qué quieres? —pregunto al final, porque nadie aparece así por caridad.
Sus labios se curvan apenas, no en una sonrisa cálida, sino en algo calculado.
—Quiero que vengas conmigo.
—¿Por qué?
—Porque te voy a entrenar. Te daré lo que te mereces y lo que te han quitado todos estos años. Te daré un lugar en el mundo. No más oscuridad, Azrael.
La palabra oscuridad no suena como amenaza en su boca. Aunque no lo crea, cualquier lugar es mejor que estas calles. No voy a soportar ser violado una vez más por desconocidos.
—¿Y a cambio de qué?
Sus ojos se endurecen apenas.
—Dentro de seis años, vas a pagarme.
Siento un escalofrío que no tiene que ver con el frío del asfalto.
—¿Cómo?
Inclina ligeramente la cabeza.
—Ya lo verás. Todo a su tiempo. Ahora levántate. No lo diré de nuevo.
Podría negarme. Podría intentar arrastrarme lejos, desaparecer entre callejones como he hecho otras veces. Pero estoy cansado. Cansado de tener hambre. Cansado de pelear solo. Cansado de no ser nada más que un animal que sobrevive un día más.
Me obligo a incorporarme. Las costillas protestan, la cabeza me da vueltas, pero me pongo de pie frente a él, pequeño, sucio, ensangrentado. Otro hombre sale del asiento del conductor y me abre la puerta trasera del coche como si yo fuera alguien importante y no un niño medio muerto.
Miro una última vez la calle.
Nadie me está mirando.
Nadie me va a extrañar.
Entro y la puerta se cierra con un sonido firme que corta el aire de la noche, y el coche se aleja, entiendo que lo poco que quedaba de mi infancia acaba de quedarse tirado en ese asfalto, junto a la sangre que nadie se molestará en limpiar.
Aunque, nunca tuve una infancia, nunca tuve una vida, y quizás esto…será lo mejor.