Capítulo 36
Azrael
La iglesia parece abandonada desde fuera, piedra vieja, vitrales rotos y una cruz torcida que da la impresión de que hasta Dios decidió marcharse hace tiempo, pero nosotros sabemos que dentro no hay plegarias sino negocio sucio; Claus rastreó movimientos extraños desde que limpiamos varias zonas de Londres y otros imbéciles pensaron que el territorio libre era una invitación, así que aquí estoy, con el arma en la mano y la mandíbula tensa, esperando a que la puerta lateral ceda bajo la patada de Max.
En cuanto entramos, el olor me golpea primero: encierro, humedad, miedo; después llegan los sonidos, no son cánticos sino sollozos, respiraciones temblorosas, cadenas arrastrándose sobre mármol.
Avanzo por el pasillo central mientras Claus cubre mi espalda y Noel bloquea la salida trasera; un hombre aparece desde una sala lateral, lleva una pistola mal agarrada y la sotana abierta como una burla grotesca, no le doy tiempo a nada, disparo y cae, el segundo intenta correr hacia el altar y le rompo la nariz con la culata antes de que logre apuntar, siento el crujido bajo el impacto y no me detengo.
Max ordena algo por el comunicador, pero mi atención ya está en las puertas cerradas con candados nuevos; disparo a la cerradura y la madera salta en astillas, dentro hay tres chicas, adolescentes, abrazadas entre ellas como si sus cuerpos fueran murallas frágiles, una de ellas no puede tener más de quince años y me mira como si yo fuera otro monstruo más. Bajo el arma apenas un centímetro.
—Está bien, todo ha terminado—la chica llora y corre hacia mí, estrellándose en mi pecho.
—Gra…gracias. —solloza y la guío por la salida, para que nuestros hombres las lleven a un lugar seguro, mientras la sangre sigue derramándose aquí dentro.
Regreso al pasillo principal y ahí los veo, cuatro hombres armados, uno grita algo sobre territorio, sobre dinero perdido, y entonces el disparo resuena demasiado cerca de mi cabeza; no es una bala nueva, es el eco de la que ya vive dentro de mi cráneo, la siento vibrar como si alguien hubiera encendido un interruptor defectuoso y el mundo cambia de color, todo se vuelve rojo, más lento, más denso.
Disparo una vez, dos, tres, y cuando uno cae todavía me parece insuficiente; el siguiente intenta arrastrarse y lo agarro del cuello, lo levanto y lo estrello contra el suelo con una fuerza que no calculo, lo vuelvo a hacer porque el zumbido dentro de mi cabeza no se apaga, porque necesito silencio y solo encuentro sangre.
—¡No los mates a todos, Azrael!
Escucho a Max gritar mi nombre, pero su voz me llega lejana, distorsionada, como si estuviera bajo el agua; debo nombrar cinco cosas por orden alfabético, eso me enseñaron para anclarme, A, B, C, no funciona, las letras se disuelven, el rojo no se va, la bala dentro de mi cabeza palpita y siento que si no termino con todo lo que respira en este edificio voy a estallar.
Entonces cambio la estrategia, no pienso en letras, pienso en ella.
—¡Azrael! Joder.
Pienso en Willow. En su coño, su sabor. Su cabello oscuro deslizándose entre mis dedos cuando la acerco a mí, la manera en que se arquea cuando la beso sin suavidad; pienso en sus tetas llenando mis manos, en el peso perfecto que me recuerda que sigo siendo un hombre y no solo un arma; pienso en su sonrisa, esa que aparece justo antes de desafiarme, como si no le asustaran mis sombras; pienso en su valentía, en cómo me sostuvo la mirada cuando le conté lo de la bala, sin retroceder ni un paso; y por último pienso en lo que se siente estar dentro de ella, el calor, la presión, la vida latiendo alrededor de mí como una promesa de que todavía hay algo limpio en este mundo.
Eso es nuevo.
El rojo baja de intensidad, el zumbido se convierte en un murmullo soportable y mi respiración vuelve a marcar un ritmo humano; suelto el cuerpo que tenía agarrado y parpadeo hasta que la iglesia vuelve a ser iglesia y no un matadero infinito.
Max está frente a mí, su mirada es dura, evaluadora, y sé exactamente lo que ve: un hombre al borde de convertirse en un problema.
—¿Qué demonios pasa contigo? Teníamos que interrogarlos.
Su voz ya no suena lejana, está aquí, firme, exigiendo una respuesta que no puedo darle del todo.
—Mierda —digo, y me obligo a sostenerle la mirada—. No volverá a ocurrir.
Lo dudo, pero ahora mismo eso es irrelevante; las chicas están siendo escoltadas fuera, escucho a Claus hablar con ellas con una paciencia que yo no tengo, y veo a mi hermano entre esas sombras, pero no solo a él, a mí cuando pequeño, sucio, con los ojos demasiado grandes para su cara delgada.
La imagen me golpea sin aviso y recuerdo el frío de la calle, el hambre constante, el miedo a no despertar si cerrábamos los ojos; recuerdo a nuestro padre apareciendo como una figura imposible entre la niebla, extendiendo la mano sin hacer preguntas, diciendo simplemente que fuera con él.
Lo veo tan claro que casi puedo oler aquella noche, y lo recuerdo como si hubiera ocurrido ayer, y ojalá ese recuerdo se quedara en lo más profundo de mi memoria, enterrado donde no pueda alcanzarme en medio de la sangre, pero nunca lo hace.