Capítulo 35
Willow
El olor a tocino me despierta antes que la luz que se filtra por la ventana.
Tardo unos segundos en entender dónde estoy, en recordar la nieve, el coche, sus ojos mirándome como si quisiera arrancarme la verdad a pulso.
Mi cabeza ya no late con la violencia de anoche, pero hay un peso distinto en el aire, algo denso que se mete bajo la piel incluso antes de abrir los ojos por completo.
Me incorporo despacio, la cama es suave y puedo reconocer mi aroma en las almohadas, estoy en casa.
Llevo puesta una camisa oversize que reconozco como suya, y nada más que mis bragas debajo.
La tela todavía conserva su olor, ese aroma oscuro y limpio que siempre me desarma más de lo que debería.
Salgo de la cama cuidadosamente y camino hacia la cocina con el suelo frío bajo los pies y ahí lo veo.
Azrael está de espaldas frente la estufa.
Lleva el cabello recogido en un moño desordenado en la parte alta de la cabeza, algo que casi me arranca una sonrisa porque es absurdamente doméstico en un hombre que parece haber salido de una zona de guerra.
Su espalda ancha y fuerte se marca bajo la camiseta negra ajustada, los músculos moviéndose con precisión mientras gira el tocino en la sartén.
No hay música. No hay ruido innecesario.
Solo el chisporroteo del aceite y su silencio.
Ese silencio.
Me apoyo en el marco de la puerta unos segundos, observándolo, intentando medir el clima antes de entrar del todo.
—Huele bien —murmuro al final, entrando a la cocina
No responde de inmediato. Solo apaga el fuego y empieza a servir los huevos y el tocino en un plato con movimientos tranquilos, casi metódicos.
Me siento en la pequeña mesa de mi cocina, esa que casi nunca uso porque la mayor parte del tiempo sobrevivo a base de sopas instantáneas, huevos revueltos hechos con prisa y pan tostado comiendo de pie. Nunca me permito disfrutar este espacio. Nunca me permito quedarme.
Él deja el plato frente a mí.
—¿Estás enfadado? —pregunto, porque la tensión se puede cortar con un cuchillo y prefiero enfrentarla que fingir que no existe.
—Debes estar hambrienta —responde sin mirarme, ignorando la pregunta como si no la hubiera formulado.
Sus manos descansan un segundo sobre la mesa antes de apartarse.
—Come.
Empiezo a comer porque, maldita sea, tiene razón.
Tengo hambre. El primer bocado sabe demasiado bien, demasiado real, como si anoche hubiera estado a punto de desaparecer y este fuera el ancla que me devuelve al suelo.
Él no se sienta. Se apoya contra la encimera con los brazos cruzados, observándome en silencio.
No aparta la mirada. Termino el plato bajo esa vigilancia muda. Cuando dejo el tenedor, el silencio pesa aún más.
—¿Tú no vas a comer? —pregunto, limpiándome los dedos con la servilleta, intentando que mi voz no suene tan pequeña.
Esta vez sí se mueve. Se separa de la encimera y camina hacia mí despacio, cada paso medido y seguro.
—Claro que sí —dice, y ahora sí me mira directamente a los ojos—. Pero no comida.
Mi pulso se acelera, no por deseo inmediato, sino por la intensidad con la que me sostiene la mirada. Se detiene frente a mí, demasiado cerca para que pueda fingir indiferencia. Apoya una mano en el respaldo de mi silla, la otra en la mesa, atrapándome sin tocarme realmente.
—¿Sigues pensando que estoy enfadado? —pregunta en voz baja.
Trago saliva.
—No lo sé.
Puedo observar sus dedos cuando abandonan la mesa y luego se dirigen hasta mi mentón, inclinándolo apenas para atraer mi mirada hasta sus ojos y su voz solo hace que me quede sin respuesta antes de tiempo.
—Estoy intentando no estarlo.
Y entonces se inclina y me come los labios sin pedir permiso.
Es un beso exigente, cargado de todo lo que no ha dicho desde anoche.
Abre mi boca con la suya, su lengua reclamando espacio, y el sonido que se me escapa es mitad suspiro, mitad rendición.
Sus manos finalmente me tocan, una en mi cintura, la otra subiendo por mi cuello hasta perderse en mi cabello.
Cuando se aparta, no lo hace del todo. Su frente queda apoyada contra la mía.
—Vamos a hablar —murmura—. Pero primero necesitaba asegurarme de que sigues aquí.
Su pulgar roza mi mejilla, donde quizá anoche hubo lágrimas que no recuerdo.
—Y de que todavía te gusto lo suficiente como para decirme la verdad.
El silencio que queda entre nosotros después del beso no es cómodo.
Sigo sentada en la silla y él de pie frente a mí, demasiado cerca para fingir normalidad, demasiado callado para que esto sea solo desayuno. No me mira como si estuviera enfadado. Me mira como si estuviera calculando.
Eso es peor.
—¿Dormiste algo? —pregunto, porque necesito romper el silencio antes de que me rompa a mí.
—Lo suficiente.
No especifica. No aparta la mirada.
Apenas se mueve un poco pero no me deja espacio, no me da libertad. Se pasa una mano por el cabello recogido, su moño está ligeramente deshecho, y vuelve a mirarme con esa expresión que no grita, no acusa, pero tampoco perdona.
—Anoche no fue solo un ataque de pánico —dice finalmente.
No es pregunta. Aprieto los dedos sobre la tela de su camisa.
—Lo fue.
Da un paso hacia mí. Solo uno. Suficiente.
—No me trates como si fuera idiota, Ratoncita : No te gustarán las consecuencias de eso.
Su voz no sube. Se vuelve más baja.
—Saliste sola, sin abrigo, con algo en el cuerpo que no era solo ansiedad. Caminaste hasta perder el sentido de orientación. Eso no es “solo” pánico .
Trago saliva.
—Estoy cansada.
—No.
Esa palabra cae firme.
—Estás cargando algo, y ese algo me lo estas ocultando Willow.
No dice qué. No dice cómo lo sabe. Pero lo sabe. Me levanto despacio. Quedarme sentada me hace sentir pequeña. Necesito huir de esta conversación que esperé no tener nunca.
—Trabajo en un hospital, Azrael. Veo morir gente. ¿Qué esperas? ¿Que vuelva a casa sonriendo?
Su mandíbula se tensa.
—No espero que sonrías.
Se acerca nuevamente, a pesar de la pequeña distancia que había logrado obtener. Ahora su cuerpo casi roza el mío.
—Espero que no te destruyas en silencio mientras finges que puedes con todo.
Mi respiración se acelera. Pero no por miedo. Por la intensidad que desprende. Él cree saber cosas, pero no sabe una mierda.
—No me estoy destruyendo.
Sus dedos se mueven, pero no me tocan de nuevo. Se quedan suspendidos en el aire, como si estuviera decidiendo si cruzar esa línea otra vez.
—No me mientas.
Lo dice suave. Eso duele más.
—No te estoy mintiendo.
Soy una perra mentirosa.
Sus ojos bajan un segundo por mi cuerpo, por la camisa grande que apenas me cubre, por mis piernas desnudas, y vuelven a subir a mi rostro.
—Sé que hay cosas que no me estás diciendo.
No menciona nada concreto. No hay nombres. No hay pruebas . Solo intuición. Y eso me desarma más que cualquier acusación directa.
—Todos tenemos cosas —respondo.
—Sí.
Silencio.
—La diferencia es que yo no te cierro la puerta cuando intento entenderlas.
Ahí está el golpe. No levanta la voz. No me señala. Pero me acorrala con calma.
—No tienes derecho a decirme eso. ¿Crees que porque hemos follado ya tienes un derecho sobre mí? —susurro.
—Cuidado con lo que dices.
Puedo notar cuando se apega a mí y su mano finalmente se posa en mi cintura. Firme. Cálida.
—Estoy intentando ser bueno, bueno para ti.
El aire cambia. Eso no lo esperaba. ¿Acaso antes no lo era? Ser bueno, me refiero . Me sacó de esa jaula, claro que es bueno, pero quizás es cómo yo, ambos nos castigamos por nuestros errores del pasado.
—No necesito que me rescates —repito.
Él se inclina apenas, su rostro muy cerca del mío.
—Ya lo hice.
Su pulgar se desliza lentamente por mi cadera, subiendo un poco bajo la tela de la camisa.
— Willow, solo intento entender por qué una mujer que puede mirar a la muerte a los ojos cada día… se pierde así por la noche.
Mi garganta se cierra cuando su mano va a dar directamente ahí, sin apretar, solo sosteniéndola, como si él decidiera cada pulso que doy.
—No todo gira a tu alrededor —digo, pero ya no sueno fuerte ni desafiante.
—Nunca lo hizo.
Se acerca a tal punto que sus labios rozan los míos, pero no se queda lo suficiente para besarme de nuevo, y yo, ya estoy demasiado necesitada de él.
—Pero cuando te veo temblar así, debo encargarme y lo sabes.
Su frente toca la mía.
—No voy a presionarte hoy. Pero no voy a dejarlo pasar.
Su mano aprieta un poco mi garganta, eso manda señales equivocadas en medio de mis piernas y quiero que lo haga más fuerte. Porque lo merezco, merezco todo lo malo que este hombre pueda darme.
—Y cuando decidas hablar… —murmura cerca de mis labios— asegúrate de que sea verdad.
Vuelve a besarme y su otra mano va a mi cuello, solo se cierra otro poco y sin poder evitarlo mis muslos se aprietan para poder evitar el hormigueo que ha llegado hasta mi entrepierna por la presión tan fuerte —pero no dañina— que hace en mi cuello.
Esto está mal, esta no debería ser mi reacción, pero no puedo evitar excitarme al sentir el dolor que este hombre ejerce en mi cuerpo.
Merezco esto, merezco esto y más porque yo también le he fallado.
Y puedo apostar, lo que sea, que si él se enterara de lo que he hecho solo lo haría sufrir.
Azrael no detiene su beso y sin llegar a notar en qué momento su mano libre se ha deslizado por mi piel, siento un fuerte jalón y un leve ardor que deja la tela de mi ropa interior rasgada.
Ante esa sorpresiva acción, mis manos sin pudor alguno, se sujetan a sus brazos fornidos.
He de admitir que antes de su ataque solo podría fantasear con sus manos sobre mi cuerpo, sé que le he fallado al ocultarle la verdad, pero eso no me ha impedido sentirme cautivada cuando lo he visto en mi cocina con aquella soltura y sensualidad dispuesto a alimentarme.