Reaper (Código Negro 2) Capítulo 33
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Capítulo 33

Willow

—No hay nada más que hacer —dice el doctor sentenciando, para todos los que estamos todavía allí sin movernos—. La paciente está muerta. Ataque al corazón, mujer de treinta años. Tenía una hija.

Asiento porque ya lo sé. Porque estuve allí durante el intento de reanimación, sosteniendo la vía intravenosa mientras el equipo trabajaba con esa urgencia que nunca logra vencer la muerte cuando decide quedarse.

Las compresiones, los medicamentos, el sonido del monitor intentando desesperadamente encontrar un latido que ya no existía…

todo termina convirtiéndose en un ritual de acompañamiento más que de rescate, y esa es una de las verdades más crueles de la medicina: que muchas veces no salvamos vidas, solo evitamos que alguien muera solo.

—¿Hora del fallecimiento? —pregunta el doctor firmemente mientras sostiene la tabla clínica.

Miro el reloj de pared antes de responder.

—Diecinueve cuarenta y tres.

Anoto la hora con letra firme y me mantengo alerta porque soy enfermera y porque el hospital no permite que el corazón se rompa en medio de un pasillo donde todavía hay pacientes esperando ser salvados.

El doctor suspira apenas, un sonido que intenta ser profesional pero que carga el peso silencioso de otra vida que se apagó bajo las luces frías de la sala de emergencias.

—Avisaré a su esposo —dice después de un momento.

—Bien —respondo.

No hay nada más que decir porque la muerte en un hospital no necesita discursos. Solo necesita orden, respeto y el procedimiento correcto para que los que se quedan puedan empezar a entender lo que acaba de ocurrir.

Cuando salgo de la habitación, apoyo la espalda contra la pared del pasillo durante un segundo.

Inhalo el olor a desinfectante que se mezcla con el sonido lejano de un monitor cardíaco en otra sala, porque el hospital nunca se detiene, aunque alguien haya muerto en uno de sus cuartos, y pienso en la mujer que ya no respira y en la niña que tal vez ahora está esperando a su madre en casa.

—¿Estás bien? —pregunta Emma que pasa a mi lado.

—Sí —respondo automáticamente—. Solo necesito un minuto.

Ella asiente y se retira dándome el espacio, porque entiende. Porque todos aquí entienden que hay muertes que no se pueden evitar y que ya están escritas. Es lo que es.

Y eso apesta.

…

No he respondido a las llamadas ni mensajes de Azrael.

Hace muchos meses no presenciaba una muerte, no de esa magnitud, he sostenido la mano de ancianos antes de morir.

Pero esto se sintió diferente. La mujer me dijo que era un chequeo rutinario y que su corazón estaba bien.

Pero a la media hora tuvo un ataque al corazón, repentino, de la nada.

Solamente sucedió.

Como sucede todo lo demás y eso, aunque no quiera aceptarlo, me jode. Me jode tanto para querer desconectarme de todo y es lo que hago. Me he drogado al llegar a casa, he hecho lo que he hecho y lo odio, pero es lo único que lo puede silenciar las voces, el dolor.

No soy perfecta.

El ataque de pánico llega sin avisar, como siempre ocurre con estas cosas.

Estoy en casa, en la cocina, con el silencio cayendo sobre las paredes como una presión invisible que comienza en el pecho y se expande hasta hacerme sentir que el aire se vuelve espeso, pesado, insuficiente.

No recuerdo el momento exacto en que todo empezó a desmoronarse; solo sé que de pronto el hospital, la muerte de la paciente, el recuerdo de su hija y el rostro de la mujer que ya no respiraba volvieron a mí como un golpe silencioso que no produce ruido, pero que rompe algo por dentro.

El calor se me escapa del cuerpo y lo reemplaza un frío extraño, interno, como si alguien hubiera apagado un interruptor que controla la estabilidad de mis pensamientos, y antes de poder detenerme ya estoy abriendo la puerta de entrada y saliendo a la calle sin abrigo, porque en este momento no me importa el frío ni la nieve que comienza a caer sobre mis hombros desnudos.

Es la droga, lo sé.

El móvil suena en mi mano y ni siquiera recuerdo haberlo tomado de la mesa, pero el brillo de la pantalla parpadea en la oscuridad mientras sigo caminando sin un rumbo claro, con el corazón golpeando demasiado rápido contra mis costillas y una sensación de hambre que no es realmente hambre, sino el vacío que deja el miedo cuando se instala en el pecho y me susurra que todo está demasiado roto para intentar arreglarlo esta noche.

Las calles están oscuras y silenciosas, la nieve amortigua el sonido de mis pasos, pero yo sigo caminando porque la necesidad de moverme es más fuerte que el deseo de detenerme y pensar, porque cuando el pánico se vuelve demasiado grande, la mente solo sabe hacer una cosa: huir, aunque el cuerpo no tenga claro de qué está huyendo exactamente.

El frío ayudará esta vez a que el ataque de pánico se vaya, la última vez fue cuando Azrael estaba ahí conmigo y odié cada segundo de ello. Así que la nieve, el frío me mantendrán alerta y me concentraré en eso.

Sigo caminando sin rumbo alguno y termino llegando a la arboleda cercana, un lugar que conozco porque alguna vez caminé aquí con la calma que ahora parece imposible de recuperar.

Mis dientes castañean suavemente por el frío mientras envuelvo mis propios brazos, intentando que el calor no se escape del todo, aunque sé que no servirá de mucho.

Entonces escucho pasos detrás de mí y el miedo se dispara como un animal que despierta de golpe dentro del pecho.

Sigo caminando un poco más rápido porque no puede ser él, no puede haberme encontrado, debe ser el efecto de la ansiedad mezclada con el agotamiento, nadie está detrás de mí, nadie debería estar siguiéndome en la nieve oscura de esta noche que parece demasiado silenciosa para ser real.

Pero los pasos se acercan cada vez más, esta vez firmes y al acecho.

Y entonces corro.

El aire frío golpea mi rostro mientras mis botas se hunden ligeramente en la nieve acumulada en el suelo, y aunque sé que correr en este estado es irracional, el cuerpo no escucha a la razón cuando el pánico habla demasiado fuerte.

Finalmente me giro de golpe, porque no puedo seguir huyendo de algo que no sé si existe, y me encuentro con su figura firme y nítida casi pisando mis talones.

Un pasamontaña negro cubre su rostro, pero reconocería ese color de ojos y ese aroma incluso en el infierno.

Está vestido completamente de negro, como si hubiera salido de una guerra que nadie vio, con la postura firme de alguien que sabe que no necesita hablar para dominar el espacio que ocupa.

El viento mueve ligeramente su ropa oscura y por un segundo siento que la nieve a nuestro alrededor se vuelve más silenciosa, como si el mundo supiera que estamos en un momento donde nada más debería existir.

—¿Por qué llevas eso puesto? —pregunto, intentando que mi voz no tiemble, aunque el frío y el miedo hacen que salga más débil de lo que quisiera—. ¿Intentas asustarme? Tengo noticias, no funciona, Azrael.

Inclino la cabeza ligeramente, desafiante, porque el miedo y la rabia y el deseo de que el ataque de pánico se detenga se mezclan dentro de mí como un torbellino desordenado que no sé cómo controlar.

Quiero que diga algo, cualquier cosa que me devuelva al suelo, a la realidad, a la estabilidad que perdí hace unos minutos cuando la ansiedad decidió tomar el control de mis pulmones y de mis pensamientos.

Pero Azrael ladea la cabeza y cuando abro la boca para decir otra cosa, su voz me corta con una calma peligrosa que hace que el frío de la nieve parezca insignificante comparado con la forma en que su tono se instala dentro de mi pecho.

—Será mejor que corras, Mäuschen —dice despacio, con esa pronunciación alemana que siempre vuelve sus palabras más íntimas, más oscuras, más personales—. Y cuando te atrape haré preguntas, y si te atreves a mentirme te arrepentirás.

El silencio cae entre nosotros como una sentencia.

—Hazlo —añade finalmente, su voz apenas más baja, más grave, más peligrosa—. Corre.

Y hay algo en la forma en que lo dice, algo que no es amenaza abierta ni violencia, sino una promesa oscura envuelta en control, que hace que mi corazón, todavía atrapado en el ataque de pánico, cambie su ritmo por un segundo entre el miedo y una necesidad absurda de seguir viviendo dentro de la tormenta que él representa.

Me giro para echar a correr, pero apenas alcanzo a dar unos cuantos pasos cuando su mano me alcanza desde atrás con una precisión silenciosa que siempre tiene cuando decide que ya he huido lo suficiente.

Me levanta del suelo como si mi peso no fuera más que una extensión de su propio cuerpo, sujetándome con firmeza contra su pecho mientras el viento y la nieve siguen cayendo alrededor de nosotros.

Ya no lleva el pasamontaña; no sé si realmente lo tenía o si fue una alucinación por el efecto de la droga mezclada con algo más oscuro que se mueve dentro de mi cabeza cuando el pánico se apodera de mí, porque en este momento su rostro se siente demasiado real y demasiado cercano para pensar en alucinaciones.

Estoy demasiado drogada, por el miedo, por la desorientación de la crisis que todavía late dentro de mí, así que comienzo a reír suavemente sobre su hombro porque la sensación de que me carga en medio de la nieve como si fuera un objeto inerte, como algo que debe ser transportado con cuidado, pero sin solemnidad, me parece absurdamente irreal y al mismo tiempo reconfortante de una forma retorcida que no sé explicar.

Llegamos hasta su auto esta vez y no a la moto, y me mete con cuidado dentro del asiento del acompañante como si supiera que cualquier movimiento brusco podría romper algo que no está físicamente visible pero que existe dentro de mí en este momento.

Cierra la puerta detrás de él y durante unos segundos estamos en silencio, solo yo jadeando suavemente mientras intento recuperar el control de mi respiración y él sentado frente a mí, observándome con esa quietud peligrosa que siempre tiene cuando está analizando algo que no termina de comprender.

Azrael mejora la calefacción y la pone más alta, me coloca su abrigo sobre los hombros y siento que una tranquilidad me invade. Huele a él.

Puedo observar que su rostro está cada vez más bello bajo la luz tenue del interior del vehículo, como si la oscuridad hubiera decidido moldear sus rasgos con una paciencia casi artística, y sus labios llaman mi atención de una forma obsesiva, como si fueran la única superficie del mundo que pudiera ofrecerme algo parecido a la calma en este instante.

Me inclino hacia él antes de pensarlo demasiado y lo beso, porque el deseo de contacto vence por un momento al ruido caótico que todavía golpea mi mente.

Él solo se deja besar.

Luego de unos segundos, siento como responde suavemente al beso y su lengua entra lentamente dentro de mi boca, con una intimidad que hace que gima.

Perdida entre sus labios, siento cómo su mano se aferra a mi nuca con mucho cuidado y se aparta apenas unos milímetros para expresar sobre mis labios una simple palabra, que me hace volver a la realidad luego de ese beso.

—Explícame —pide Azrael, y su voz ya no es la del hombre que me siguió en la nieve; es la voz del hombre que sabe que algo no está bien y que necesita entenderlo antes de dejarse llevar por cualquier otra emoción.

Él nunca llevaba un pasamontañas.

Sus ojos recorren mi rostro como si estuviera buscando el punto exacto donde la realidad se está rompiendo, intentando comprender mis acciones, sin tener aun las respuestas que me ha pedido.

—¿Qué tomaste? —pregunta después de un segundo, y no hay juicio en su tono, solo una tensión controlada que intenta no convertirse en rabia.

Trago saliva porque la pregunta golpea justo donde no quería que golpeara.

—Nada… solo… —mi voz se rompe un poco— solo fue un ataque de pánico. No podía respirar. Salí a caminar para… para apagarlo.

Sus dedos rozan mi nuca con una suavidad casi contradictoria con la rigidez de su postura.

—¿Cuánto tomaste para intentar detenerlo?

—Lo suficiente para que el ruido se callara —admito, y odio lo pequeña que suena mi voz cuando digo eso.

Azrael cierra los ojos un segundo, como si el aire dentro del auto se hubiera vuelto demasiado denso para sus propios pensamientos, y cuando vuelve a abrirlos hay algo oscuro y protector al mismo tiempo en su mirada.

—Willow —dice finalmente, con una gravedad que me hace saber que está eligiendo cada palabra—.

No voy a salvarte de sentir. No voy a ser el hombre que te droga para mantenerte tranquila dentro de una jaula invisible.

Pero tampoco voy a permitir que te destruyas para intentar apagar algo que solo necesita ser atravesado, no asesinado.

Su mano se mantiene en mi mejilla, caliente, firme.

—Cuando el pánico vuelva —continúa—, no huyas de mí. Llama. Golpea la puerta. Maldice. Haz lo que necesites, pero no camines sola en la nieve con algo en la sangre que no puedas controlar.

—Estoy…joder, estoy enfadado contigo en estos momentos.

El silencio cae entre nosotros, pesado, íntimo, cargado de algo que no es amenaza ni romance superficial, sino una preocupación que duele porque existe dentro de un hombre que no sabe expresarla de otra manera.

—¿Entiendes lo que te estoy diciendo? —pregunta en voz baja.

Asiento lentamente.

Él se inclina suavemente y besa mi frente, un gesto que es demasiado protector para ser dominante, demasiado tierno para ser el monstruo que pelea en ring clandestino, demasiado humano para el hombre que intenta mantenerse al borde del control mientras me sostiene dentro de su coche en medio de la nieve que sigue cayendo afuera.