Reaper (Código Negro 2) Capítulo 32 #2
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Capítulo 32 #2

—Mírame —le pido suavemente cuando el beso se vuelve demasiado y se detiene, cuando el mundo empieza a inclinarse.

Se aparta lo suficiente para sostener mi rostro entre sus manos. Sus pulgares rozan mis mejillas. Su respiración aún es pesada, pero su mirada… su mirada ya no está perdida.

Está aquí. Conmigo.

—Si cruzamos esta línea —dice en voz baja—, no hay vuelta atrás.

—Nunca quise una salida de emergencia.

Sus labios se curvan apenas, una sombra de sonrisa que no llega a suavizarlo del todo.

—Eres peligrosa —murmura.

—Aprendí del mejor.

Vuelve a besarme.

Nadie está huyendo esta vez. No hay moto rugiendo en la noche. No hay ring, ni público, ni dolor de cabeza alguno que lo arranque de mí. Estamos solo nosotros, en esa habitación cerrada, con la tensión ardiendo entre los dos como una promesa que está a punto de cumplirse.

Una voz irrumpe en la habitación como una piedra lanzada contra un cristal.

—¿Has traído juguete nuevo? — El tono que usa es burlón, cargado de esa falsa confianza que tienen los hombres que creen que todo es un espectáculo.

Me tenso al instante, giro levente la cabeza hasta encontrar el fruto de la voz y lo noto, es el chico rubio del bar. Tiene un piercing en la lengua, el cual veo cuando se la pasa por el labio inferior y sonríe.

Tiene una sonrisa muy bonita, pero no dejo de pensar en qué hace él aquí, también recuerdo que él estaba a mi lado gritando Escorpión como el resto, demasiado cerca, demasiado pendiente.

Recuerdo que me pareció atractivo de forma superficial, pero estaba tan enfocada en Azrael que apenas le presté atención. Pero ahora, al verlo apoyado en el marco de la puerta, entiendo que no fue todo casualidad.

Nos siguió. Me siguió.

Siento el cambio en el cuerpo de Azrael antes de verlo, no se levanta.

No gruñe, no pierde el control. Eso sería demasiado fácil.

En lugar de eso, sus manos suben despacio hasta mi rostro atrayendo mi atención hacia él y sostiene mi rostro con una firmeza que me obliga a mirarlo a los ojos.

—Él es Troy, un amigo —dice con voz baja, estable, aunque sus ojos se han oscurecido peligrosamente—. Y no hará nada que tú no quieras.

La frase no es para el hombre en la puerta, es para mí y vuelve a besarme. Pero este beso es distinto. Es de pura hambre y posesión.

Su boca reclama la mía con una lentitud calculada, como si el otro no existiera, como si el mundo entero pudiera desintegrarse y él seguiría aquí, concentrado únicamente en la forma en que mis labios le responden.

Sus manos bajan de mi rostro hasta mi cintura, afirmándome contra su cuerpo con una seguridad que no deja espacio para dudas. Escucho una risa baja desde la puerta.

—Uff… puedo notar cómo ella te desea… —dice Troy—. Y mucho.

Azrael se separa apenas, lo suficiente para hablar sin soltarme.

—Voy a comprobarlo.

En cuanto dice eso siento su mano hurgar por debajo de mi vestido, lo sube hasta mi cintura y hace mis bragas pequeñas a un lado, comprobando ya mi humedad. Chillo con una leve sorpresa cuando pasa dos dedos en mi clítoris y lo acaricia, su polla debajo de mí palpita después de eso.

—Azrael—gimo—por favor.

Escucho como la puerta se cierra, pero Troy no se va. No invade. No interrumpe. Se queda a observar y eso me excita todavía más, algo que no sabía que me gustaba hasta ahora.

Sigo sentada sobre Azrael, sintiendo su respiración profunda bajo mi cuerpo, sus dedos están ahora dentro de mi coño, cuando Troy se acerca despacio por mi espalda, como si estuviera entrando en un espacio sagrado y supiera que un movimiento brusco podría romperlo todo.

—Estás muy guapa así—dice Troy con voz baja, muy distinta a la del bar—. Vine por lo que vi… y porque él también lo sintió.

Azrael no lo mira, solo mantiene su mirada posada en mí, pendiente.

—Si te incomoda, termina aquí —Menciona, pero ahora su tono no es defensivo, Es protector.

No me siento incómoda, me siento observada.

Deseada, pero no presionada.

Troy se detiene a mi lado, lo suficientemente cerca para que pueda sentir su calor, pero sin llegar a tocarme.

—Mira qué bien lo haces, ratoncita —me dice suavemente Azrael, moviendo sus dedos en mi interior muy suavemente—. Tan sonrojada y necesitada.

No dejo de mirar a Azrael y puedo notar que hay algo vulnerable en su expresión, algo que no muestra en el ring ni en las reuniones ni tampoco en las fiestas familiares.

No es el monstruo , no es Escorpión . Es un hombre que ha aprendido a dividirse para sobrevivir. Deslizo mis manos desde su pecho hasta su cuello, aferrándome a él con total seguridad.

—No me asusta que te gusten los hombres —le digo despacio, buscando su mirada con la mía para brindarle confianza—. Me asustaría que me mintieras.

Sus ojos se cierran un segundo, como si esa frase le hubiera aflojado una presión interna.

Troy se arrodilla a mi espalda, quedando a nuestra altura, sin tocar todavía.

—Mírame, ratoncita —me pide con suavidad.

Ante esa petición, puedo notar como Azrael se acomoda en el asiento y me sujeta las piernas de tal manera que hace que me sienta como una pluma cuando me levanta de su regazo y me voltea.

Mi espalda queda contra su pecho y mis piernas quedan separadas frente a Troy, lo veo acomodado entre las piernas de Azrael y mis piernas separadas por las manos fuertes de mi hombre.

Bajo la vista para notar los ojos del intruso. Su mirada no es dominante, es cálida. Curiosa talvez. Sus ojos son de un todo azul profundo, como el cielo y el mar. Y hay, fuego en ellos.

Debe ser mi curiosidad a punto de estallar, pero este chico no me causa miedo, tampoco lo que Azrael hace en mí, lo nuestro es más fuerte. Troy es un nuevo complemento, es adrenalina pura y eso me gusta porque me atrae de una manera diferente.

En mi postura, puedo sentir el pecho de Azrael vibrar cuando pronuncia:

—No la toques sin que lo pida o lo consienta.

No es una amenaza, es regla. Troy asiente.

—Así será.

El aire en la habitación cambia. Cierro mis piernas suavemente y me bajo del regazo de Azrael, pero no me alejo, no me aparto. Me quedo entre los dos de pie.

Entrelazo mis manos, algo nerviosa por la pequeña confesión que planeo soltar para que ambos sepan mi realidad y miro de reojo a Troy que se encuentra de rodillas casi a la altura de mi entrepierna.

—No sé cómo se hace esto —admito en voz baja.

Troy sonríe, una pequeña sonrisa dulce, coqueta y responde.

—No se hace. Solo se siente. Tú déjate llevar.

Azrael se pone de pie detrás de mí. Sus manos vuelven a mi cintura, sólidas, envolventes. Apoya la barbilla en mi hombro.

—Tú marcarás el ritmo —me dice al oído, sujetándome con posesión—. Siempre.

Siento el calor de Troy frente a mí, el de Azrael desde atrás.

Levanto una mano y, esta vez, soy yo quien acorta la distancia.

Mis dedos rozan el cabello de Troy con delicadeza, explorando, aprendiendo. Él no se mueve de más. Solo respira más hondo.

Azrael desliza sus manos por mis brazos, lento, deliberado, recordándome que está ahí.

—¿Sigues cómoda? —murmura contra mi piel.

—Sí —respondo sin dudar.

La instancia es cálida y me siento pequeña entre ambos cuerpos fornidos, pero sigo sintiendo la seguridad y la confianza que me brinda a mi espalda Azrael.

—Si en algún momento quieres parar, paramos —dice.

Asiento.

Azrael sube una de sus manos por mis costillas hasta sujetar mi mentón y gira levemente mi rostro hacia él y me besa primero.

Es un beso profundo, reclamando, pero no posesivo de manera asfixiante. Cuando se aparta, su mano permanece en mi mandíbula.

Troy se mantiene a la espera, solo observa, pero no invade y cuando finalmente se acerca y sus labios rozan los míos, es distinto. Él es más suave. Él me explora. No compite, complementa.

—Me gusta. —murmura en mi boca.

Azrael no se aleja. Permanece detrás de mí, sosteniéndome, sus manos firmes se posan en mis caderas mientras observa, mientras respira más pesado.

No hay prisa, no hay mayor espectáculo. Solo somos tres respiraciones sincronizándose en una habitación cerrada, donde la tensión ya no es violencia… sino posibilidad.

Siento que yo estoy eligiendo.

Azrael no se aparta cuando Troy se apega un poco más, sus manos se sienten posesivas en mi piel, reclamante.

Yo estoy entre los dos, respirando más rápido de lo que quiero admitir, sintiendo el calor que me rodea por delante y por detrás. Las manos de Azrael siguen dominantes en mi cintura, firmes y estables.

Troy está frente a mí, lo bastante cerca como para que su pecho casi roce el mío.

Y entonces Azrael, de un movimiento rápido, me quita el vestido por encima de la cabeza, dejándome solo en ropa interior negra a juego de encaje. Los escucho gruñir a ambos, aquello es aprobación, lo que hace que me excite y quiera más.

El silencio se vuelve eléctrico.

Troy baja la mirada apenas para observar mi figura y luego la levanta hacia Azrael.

—Ella te desea, Escorpión . Mucho.

Azrael no responde de inmediato. Sus dedos se deslizan lentamente por mis caderas, explorando, bajando apenas por mi cintura, como si quisiera confirmar algo que él ya sabe.

Vuelve a meter las manos dentro de mis bragas.

Me pego más al pecho de Azrael por la intromisión dentro de mi ropa interior y siento mis rodillas debilitarse cuando introduce fácilmente dos dedos en mi interior, mientras acaricia mi clítoris hinchado con el pulgar.

—Lo sé —dice con una calma peligrosa.

Troy inclina la cabeza, observándome con lujuria.

—¿Está mojada?

El calor me sube al rostro, pero no le aparto la mirada.

Azrael desliza su mano retirándola de mi ropa interior de forma, lenta, deliberada, empapándose los dedos de mi excitación, no puedo evitar estremecerme por las sensaciones que me brindan y mi respiración que se entrecorta.

—¿Quieres probarla? —le pregunta Azrael a Troy, su voz es grave, densa.

—Sí —responde Troy sin vacilar, pero sus ojos siguen en mí, no en él.

Azrael acerca levemente su boca a mi oído para susurrar una pregunta que puede abrir más la diversión de esta noche.