Capítulo 32
Willow
Su mano llega a mi cuello sin previo aviso, firme, caliente, posesiva.
No aprieta para hacer daño; aprieta para sentirme, para asegurarse de que sigo ahí, de que no soy una alucinación producto del dolor que sé que lo estaba desgarrando por dentro.
El beso que me brinda no tiene nada de medido ni de elegante.
Es crudo. Su boca reclama la mía con una urgencia que me incendia la piel, y yo respondo sin pensarlo, sin recordar que hace apenas minutos estábamos en la fiesta de su hermano abajo, rodeados de gente, fingiendo normalidad.
Mis dedos se aferran a su camiseta, a sus hombros, a lo que encuentro, porque necesito sostenerme de algo que no sea este vértigo que me arrastra.
Siento su pulso desbocado bajo mis manos. Siento su respiración irregular. Y también siento un gruñido bajo, casi animal, que vibra en su pecho antes de que, de repente, se apartara como si le quemara.
—Azrael… —mi voz sale en un susurro, confundida.
Sus ojos están perdidos, puedo notar confusión. Hay algo salvaje en ellos, algo que no es solo deseo. Es dolor. Es tormenta.
Y entonces se aparta rápidamente y se va.
No dice nada. No me explica. Sale de la habitación como si necesitara huir de mí o de sí mismo, no lo sé.
Tardo dos segundos en reaccionar antes de seguirlo escaleras abajo, atravesando el jardín, viendo cómo se sube a su moto con movimientos bruscos.
El motor ruge y desaparece por la carretera, es como un alma escapando del diablo.
No soy tonta, me necesita, pero huye.
Regreso al interior de la casa casi corriendo y me cruzo con Hunter en el vestíbulo. Me mira preocupada, sabe que algo pasa.
—¿Puedo usar uno de tus autos?
Frunce el ceño.
—Sí… ¿adónde vas?
—Te explico luego.
No espera más. Me lanza las llaves. Confía en mí.
…
Conduzco con el corazón golpeándome el pecho, siguiendo las luces traseras de su moto que logré encontrar a lo lejos.
Va demasiado rápido. Yo también. No pienso en el peligro; pienso en él.
En su mirada perdida. En ese gruñido herido.
Finalmente observo cómo se detiene frente a un edificio donde las luces de neón parpadean en rojo y azul, gastadas, decadentes.
Poco después me estaciono junto a su moto y me pongo el abrigo antes de salir del coche.
Black Veil.
El lugar no es elegante. Es oscuro. Ruidoso. Huele a alcohol y adrenalina.
Sin mayores miramientos entro. Y lo primero que veo es a un tipo rubio con una camiseta negra y brazos musculosos llenos de tatuajes en el bar. Este me mira, demasiado serio y no puedo evitar pensar que es lo único atractivo, además de Azrael, en este lugar.
Logro notar a Azrael caminar a lo lejos. Sin pensarlo lo sigo entre la multitud hasta que el sonido cambia. No es música. Son gritos. Reconozco las apuestas. Golpes secos. Doblo el pasillo y lo veo. Un ring improvisado en el centro, rodeado de gente que corea un nombre.
—¡Escorpión! ¡Escorpión!
Azrael se quita la camisa con un movimiento lento, dejando a la vista el tatuaje que ya conocía en su vientre.
Sin pudor alguno me detengo más de lo debido observando y mis ojos suben recorriendo su torso esculpido.
Ante el momento de mi deleite me encuentro con algo que no había visto antes en alguien: en su hombro, en letras oscuras, claras, directas, se lee:
“Tus piernas aquí”.
El aire se me queda atrapado en los pulmones. Un pinchazo me atraviesa el estómago, pero no son celos. No. Es algo más peligroso. Es deseo mezclado con posesión. Puedo notar como su contrincante sube al ring. Azrael se coloca unas nudilleras de hierro con una calma que asusta.
Cuando suena la campana improvisada, no hay estrategia larga. Hay violencia y mucha sangre.
El primer golpe derriba al hombre como si fuera de papel.
La multitud enloquece.
El otro se levanta tambaleándose y lanza un puñetazo directo al rostro de Azrael. Él lo esquiva con una precisión brutal y responde con un golpe en las costillas que suena incluso por encima de los gritos. Es implacable. No escucha a nadie. No escucha su nombre. No escucha nada. Parece un monstruo.
Azrael golpea una y otra vez hasta que el hombre deja de moverse en el suelo. No celebra. No alza los brazos.
Dios mío.
Luego de unos segundos que ha detenido los golpes, simplemente baja del ring y desaparece por un pasillo lateral. Yo lo sigo. Las luces cambian, son más tenues. El ruido queda atrás. El pasillo conduce a una zona más limpia, más discreta. Puertas cerradas. Habitaciones privadas.
Lo veo entrar en una y algo dentro de mí se rompe al imaginar que podría no estar solo. Abro la puerta sin tocar y sin esperar que me depara del otro lado.
Está sentado en un sofá de cuero, el torso aún desnudo, la piel ligeramente enrojecida por el esfuerzo. Tiene un vaso en la mano; el líquido ámbar refleja la luz tenue. Whisky, probablemente.
No se sorprende al verme.
—Ven aquí —es lo primero que dice.
¿Me estaba esperando?
No me importa.
Entro al cuarto y camino hacia él sintiendo que la tensión entre nosotros es tan densa que podría cortarse con un cuchillo.
Deja el vaso en la mesa baja sin apartar los ojos de mí.
Cuando quedo frente a él, sus manos llegan a mis caderas, acaricia mis nalgas, y me levanta con facilidad, sentándome a horcajadas sobre él como si fuera el lugar más natural del mundo, como si solo perteneciera ahí.
El calor entre nuestros cuerpos es inmediato.
Me mira, y esta vez sí puedo notar con claridad que no está del todo presente.
Su mirada está ligeramente desenfocada, más oscura, más profunda. Sé que salió de la casa de su hermano sintiéndose mal. Hunter me lo ha advertido en instancias. A veces los dolores de cabeza lo hacen… no ser él.
—¿Por qué me seguiste? —pregunta en voz baja, pero hay cierta amenaza en ella. —Eres una mala conductora. Imprudente, te mereces unos cuantos azotes en ese lindo culo que tienes por ponerte en peligro.
—Porque huiste de mí —respondo sin apartar la mirada, llevando mis manos a sus hombros para establecer un equilibrio en su cuerpo—. Y no me gusta que huyas.
Sus dedos se clavan apenas en mi cintura.
—No estaba huyendo de ti.
—¿Entonces de qué?
Su mandíbula se tensa.
—De lo que me haces querer hacer.
El silencio entre nosotros arde.
Paso mis dedos por su hombro, rozando el tatuaje que parece nuevo, algunos bordes aún están cicatrizando.
— Tus piernas aquí —susurro leyendo aquella frase tan seductora—. ¿Siempre fue para mí?
Sus labios se curvan apenas, pero no es una sonrisa amable, es algo engreída.
—Es nuevo, intentaba ser creativo para ti.
Oh, Azrael. Mi corazón golpea fuerte. Suelto un pequeño suspiro negando mientras no dejo de observarlo
—No soy una pelea que puedas ganar a golpes, Azrael.
—No quiero ganarte —responde acomodándose para que su frente quede pegada a la mía.— Quiero consumirte.
La frase cae pesada entre los dos. Siento su respiración en mis labios por la cercanía, el calor de su piel, la tensión vibrando en cada músculo de su cuerpo bajo el mío.
—Mírame —le digo suavemente, llevando una de mis manos a su mejilla para acariciarlo— Estoy aquí. No me asusta tu oscuridad.
Sus ojos parpadean, observándome, como si luchara contra algo interno.
—A mí sí —murmura.
¿Quién lo diría? Siempre las chicas buenas, huyen del monstruo. Yo prefiero correr hacia él.
Bueno, yo no soy una chica buena y él lo sabrá tarde o temprano. Además, el monstruo no parece peligroso.
Parece más bien herido. Su confesión queda suspendida entre nosotros, vibrando en el aire denso de la habitación.
“A mí sí.”
No me aparto. No bajo la mirada. Mis manos bajan por su pecho desnudo, recorriendo su piel caliente, marcada por el combate, por la vida que lleva, por la violencia que descarga en otros para no descargarla en sí mismo.
Siento su respiración entrecortada frente a mi boca, el temblor apenas perceptible bajo su control férreo.
—No voy a romperme —susurro con firmeza—. No soy de cristal.
Algo cambia en sus ojos, no desaparece la oscuridad, pero se enfoca. Su mirada se aferra en mí como si necesitara anclarse a algo real.
Lo beso.
No es el beso brusco de antes ni aquel beso desesperado del pasillo.
Es profundo. Lento. Intencional. Su boca reclama la mía como si necesitara comprobar que sigo aquí, que no soy una visión nacida del dolor que le atraviesa el cráneo.
Sus manos suben desde mi cintura hasta mi espalda, extendiéndose firmes, abarcándome por completo.
Respondo sin reservas.
Mis dedos suben sin temor alguno y se enredan en su cabello mientras me acerco más a él, sintiendo cómo el calor de nuestros cuerpos se intensifica, cómo el aire se vuelve insuficiente.
Su lengua roza la mía con una paciencia peligrosa, como si cada movimiento fuera una decisión consciente y no un impulso.
Cuando se separa apenas, su frente descansa contra la mía.
—No deberías haber venido —murmura, pero no suena a reproche. Suena a una advertencia rota.
—Claro que debía.
Sus manos descienden por mi espalda hasta mi cintura otra vez, apretando con firmeza.
—Esto… —su voz es grave, más áspera—. Esto no es bonito, Willow. No es una historia limpia. No estoy limpio.
—No quiero a alguien limpio —respondo sin dudar posando mi mirada en él para que pueda notar la seguridad en mis palabras—. Te quiero a ti.
El silencio que sigue es más fuerte que cualquier golpe que haya dado en el ring.
Sus labios vuelven a los míos, esta vez con más intensidad, explosivos, como si mis palabras hubieran roto la última barrera que intentaba mantener.
Me sostiene con fuerza, pero no hay violencia en su agarre; hay necesidad.
Hay algo casi desesperado en la forma en que me atrae más contra su cuerpo, como si temiera que me desvaneciera si no me sujeta.
Siento el latido acelerado bajo mi palma cuando apoyo la mano en su pecho.