Capítulo 31
Azrael
La mansión de mi hermano está iluminada como si celebráramos algo más que un cumpleaños.
Hay seguridad en el perímetro. La música es suficiente para cubrir conversaciones incómodas entre los invitados y los círculos cercanos.
El alcohol caro está fluyendo como si el mundo fuera sencillo.
Odio estas fiestas, pero le prometí a Hunter que estaría aquí, además, Willow también estará aquí.
Entro con Claus a mi izquierda y Noel detrás, intercambiando comentarios triviales sobre Londres, sobre negocios, sobre la aparente calma que siempre se antepone a algo desagradable.
Theron, el hermano de Hunter ya está dentro; lo veo reírse de algo que Max acaba de decir mientras un camarero se pasea con una bandeja de copas.
Pero yo no estoy aquí por ellos. La busco con la mirada, siempre al asecho. Y la encuentro casi de inmediato.
Me aliso la camiseta blanca y mi chaqueta negra, no visto una jodida corbata como mis amigos o mi hermano. Yo prefiero lo simple.
Willow está cerca de la mesa principal, hablando con uno de los meseros. Él inclina demasiado la cabeza, lo noto muy cerca de ella para mi gusto. Sonríe falsamente. Ella también sonríe, y algo dentro de mí se tensa hasta el punto de volverse casi físico.
Veo rojo.
No pienso. Solo tomo mi camino.
Cada paso es medido, pero mi mandíbula ya está rígida cuando me acerco lo suficiente para escuchar.
—No, las flores no van ahí —dice Willow con suavidad firme—. Mueve los centros de mesa veinte centímetros a la derecha o bloquearán la vista del pastel cuando Max sople las velas. Y asegúrate de que el champán esté frío antes de las once, ¿sí? Por favor, la señora Hass quiere todo perfecto.
El mesero asiente, algo nervioso.
—Claro, señorita.
Ella sonríe agradecida. No estaba coqueteando. Estaba organizando. Estoy jodido, no puedo comportarme así con ella o la perderé con mi mierda.
Me detengo a su lado. Ella se gira y me ve. Su expresión cambia apenas, un destello que solo yo reconozco.
—Azrael —dice con naturalidad y me regala una sonrisa única—. Has llegado.
—Eso parece —respondo, demasiado seco.
El mesero se retira casi de inmediato. Bien.
—Estás preciosa —añado después de un segundo, bajando la voz y acercándome un poco a ella para respirar aquel aroma que me encanta.
Lleva un vestido oscuro que abraza su cintura y cae con elegancia sobre sus caderas. No es provocativo. Eso es lo peor. Es sutil, en ella luce maravilloso. Y su cabello, sus rizos, demasiado perfectos, demasiado sedosos y huele increíble. Quisiera, lamerla de pies a cabeza.
—Gracias —dice, estudiándome—. ¿Te molesta algo?
—No.
Mentira.
—Pareciera que sí —susurra.
Me inclino apenas hacia ella, con la intención de poder oler aquel punto de unión entre su oído y su cuello.
—No me gusta que nadie te mire como si no entendieran que ya tienes dueño.
Sus ojos se oscurecen, puedo notar una pequeña molestia, pero a su vez es esa promesa de deseo.
—Vaya. No soy un objeto, Azrael.
—No —murmuro suavemente, casi sobre su piel —. Eres una elección. Y yo ya hice la mía.
Puedo notar cómo traga suavemente y antes de que pueda responder, la música cambia. Hunter aparece de la nada y la toma del brazo, apartándola de mi lado.
—La necesito en la pista —declara, riendo mientras se la lleva.
Miro alrededor, visualizando toda la instancia y noto que hay otra chica, la hermana de Noel y mujer del cuñado de mi hermano, Josephine, es quien se une al final a bailar con ellas, desde el centro del salón, le lanza un beso exagerado a su marido, todo un espectáculo acaramelado.
Theron se lleva la mano al corazón en un gesto dramático que arranca carcajadas de los demás.
Willow me sostiene la mirada un segundo más antes de dejarse arrastrar nuevamente.
Y entonces la veo bailar.
No es un baile provocativo. Es algo libre. Ligero. Se ríe con Hunter, gira, levanta los brazos, la veo disfrutar. La luz rebota en su piel. Puedo notar como varios hombres la miran. No descaradamente, pero lo suficiente para que no me agrade.
No digo nada. No me muevo. Pero mi cuerpo está rígido.
—Relájate —murmura Noel a mi lado, con una copa en la mano—. Solo está bailando.
—Lo sé.
—No parece.
Claus se acerca y observa la escena con una media sonrisa.
—Si sigues apretando la mandíbula así, vas a romperte los dientes.
Max se acerca a observar todo, divertido.
—¿Problemas territoriales, hermano?
—No.
Theron también se une e interviene, mirando hacia la pista donde su mujer vuelve a lanzarle otro beso.
—Créeme, si empiezas a prohibirles bailar, pierdes la guerra antes de empezarla.
Max suelta una risa.
—Además, Willow sabe cómo defenderse sola.
No respondo porque, no se trata de que no pueda defenderse. Se trata de que no quiero que nadie la mire como yo la miro. La canción termina y ella desaparece entre la gente. Mi cuerpo reacciona antes que mi mente.
—Vuelvo enseguida —digo, ya retirándome en búsqueda de su silueta.
Subo las escaleras sin preguntar. Conozco la casa. Recorro el pasillo hasta una de las habitaciones de invitados y la puerta está entreabierta. La encuentro sentada en el borde de la cama, mirando su teléfono. La luz de la pantalla le ilumina el rostro.
—¿Te escondes? —pregunto desde la puerta.
Levanta la vista, sorprendida.
—Solo necesitaba un respiro.
Entro y cierro la puerta con suavidad. Demasiada suavidad, quedando apoyado sobre esta.
El dolor comienza detrás de mis ojos, una presión familiar que anuncia mi cambio de ánimo. Me llevo la mano a la sien, realmente siento dolor.
—Bailas bien—le digo mientras masajeo mis ojos buscando alivio.
—¿Estás bien? —pregunta, levantándose y acercándose a mi sin temor alguno.
—No me gusta que bailes así delante de todos.
Silencio, puedo notar como se ha quedado de pie cerca mío cuando he apartado mi mano de mi vista.
—¿Así cómo?
Doy un paso hacia ella.
—Libre.
Sus labios se entreabren, puedo notar su sorpresa y su reproche en su cuerpo.
—No puedes hablar en serio.
El dolor pulsa más fuerte. Mi voz baja un tono.
No, no, joder, no aquí, no con ella, viéndose así y tan cerca de mí, no puedo…joderlo todo.
—Podemos irnos ahora.
—¿Qué?
—Que nos vamos. O bajo ahí y me invento una pelea con cualquiera. No me importa con quién.
Ella me mira consternada, como si intentara descifrar si lo que digo es en serio o si solo estoy bromeando.
No lo estoy.
—Azrael…
—No me gusta cómo te miran —digo, más áspero, casi en un gruñido—. No me gusta que sonrías para otros.
—No estaba sonriendo para otros. Sonrío porque estoy feliz.
Esa palabra me golpea. Esta feliz. Me acerco suavemente hasta quedar a centímetros de ella.
—Ven conmigo —murmuro, la voz cargada de algo más oscuro—. Antes de que haga algo que arruine la fiesta de mi hermano.
—¿Me estás amenazando? ¿Estás bien? ¿Quieres que llame a tu hermano?
—No, solo me estoy conteniendo.
El silencio entre nosotros es denso. Ella no retrocede.
—No voy a irme por una rabieta tuya, Azrael.
La palabra rabieta enciende algo peligroso en mí. Avanzo con ella, casi oprimiendo su espacio, arrinconándola hasta una esquina y mi mano se apoya en la pared junto a su cabeza, sin tocarla, cuando logro encerrarla entre mi cuerpo.
—No es una rabieta —susurro acercando mis labios a su oído para que pueda oírme claramente—. Es que cuando te veo bailar y noto como todos creen que pueden imaginarte en otras cosas… quiero recordarles que no pueden desear lo que no les pertenece.
Su respiración se acelera.
—No soy tuya para que les “recuerdes” nada.
La miro fijamente, sin duda ella no quiere ceder esta vez.
—Dime que no quieres irte conmigo ahora mismo —digo, bajando aún más la voz, apegando más mi cuerpo al suyo—. Mírame y dímelo.
El dolor de cabeza late. Mi control pende de un hilo fino. Ella me sostiene la mirada y la tensión entre nosotros no es fiesta. Es guerra contenida. Sé que, si da un paso hacia mí… no volveremos abajo.
Dentro de toda nuestra tensión puedo notar como ella ve algo, ve más allá de lo que sea que la puta bala haga en mi cabeza y lo apaga.
Su mano llega a mi rostro sin miedo alguno y cierro los ojos, puedo sentir su calidez acunando mi rostro ya apagando todas esas alarmas de emergencia que ya sonaban en mi interior anunciando el descontrol.
—No vayas ahí—susurra con un leve temblor en su voz—donde sea que vayas, no lo hagas. Quédate aquí conmigo.