Capítulo 29
Azrael
El cristal blindado que rodea el piso superior me muestra la ciudad extendiéndose bajo nosotros, impecable, ordenada, ignorante de lo que se decide aquí adentro.
Me apoyo en la mesa manteniendo me en la cabecera, las manos firmes sobre la superficie pulida, mientras la pantalla de en frente proyecta el mapa de las afueras de Milán.
Una zona industrial abandonada.
Un punto rojo.
Un error que vamos a corregir.
Max está sentado a mi derecha, con los dedos entrelazados cubriendo su boca, la mirada fría analizando cada coordenada.
Noel, gira lentamente un anillo de dragón entre sus dedos, pensativo, pero sé que ya ha calculado rutas de entrada y salida tres veces en su cabeza.
Claus permanece en silencio, observando, evaluando el equilibrio entre Londres y lo que estamos a punto de hacer.
—Las aguas están calmadas en Londres —dice Claus finalmente—. Demasiado calmadas.
—Deberían permanecer así —responde Max sin apartar la vista del mapa—. Esto no toca territorio británico.
Max inclina la cabeza apenas hacia mí. Estamos evaluando la información que saqué del último sujeto.
—La información que trajiste de Milán… ¿Es segura ?
Lo miro.
—Completamente.
No es un rumor, tampoco es una sospecha. Aquello es un almacén convertido en centro de distribución humana. Chicas retenidas. Subastadas. Movidas como mercancía entre fronteras. El nombre detrás de la operación aun es pequeño, pero está intentando crecer.
Y eso es el problema. No porque nos afecte directamente. Sino porque nadie crece en esa mierda mientras respiremos.
—¿Cuántos hombres son? —pregunta Noel.
—Quince confirmados dentro. Posiblemente cinco más en rotación exterior. Seguridad básica, pero armados. Creen que están demasiado lejos del radar.
Max se recuesta en la silla, mantiene su mirada en mí.
—¿Y qué propones?
Mis dedos se deslizan por una pequeña pantalla táctil, hasta ampliar el perímetro que se refleja a la vista de todos en la sala.
—Misión de una noche. Ida y vuelta. Entramos a las 02:10. Neutralizamos a todos los activos. Liberamos a las chicas. Quemamos el lugar hasta los cimientos y regresan sus pollas a casa.
Claus alza una ceja.
—¿Eso es todo?
Lo miro sin parpadear, no supone algo difícil a mi parecer.
—Eso es todo.
El silencio que sigue es la confirmación del proceder. Max está de acuerdo conmigo, es lo que código negro hace. Deshace la trata, liberamos y nos llevamos todo. No hacemos rescates a medias. No dejamos estructuras en pie que puedan reconstruirse. Cuando intervenimos, el mensaje es claro.
Max rompe el silencio.
—¿Tenemos un objetivo principal?
—Vivo no nos sirve —respondo con calma—. Pero si respira cuando lo encontremos, quiero que entienda exactamente por qué está a punto de dejar de hacerlo.
Noel suelta una exhalación breve, casi una risa sin humor.
—Milán va a oler a humo mañana.
—Quiero que huela a advertencia —sentencia Max.
Max se inclina hacia adelante, los ojos clavados en mí.
—¿Quién lidera entrada?
—Yo.
Claus niega levemente con la cabeza, puedo notar una pisca de risa en su voz.
—Eres demasiado visible. Y haces mucho ruido.
—Precisamente.
No es por imprudencia. Es cálculo. Si alguien llega a sobrevivir el tiempo suficiente para contar lo que vio, quiero que mi nombre viaje con su miedo. Además, ese es el problema, ahora no me puedo controlar.
—Londres queda bajo tu control esta noche —Max le dice a Claus—. Si algo se mueve, lo aplastas.
Claus asiente. Max se levanta despacio y me mantiene la mirada.
—Solo una noche. Sin ruido innecesario. Sin errores.
Le sostengo la mirada.
—Sin supervivientes. Es una sentencia.
La pantalla vuelve al plano general del almacén. El punto rojo permanece fijo.
Pienso en Willow un segundo. En cómo dormía anoche. En cómo ella cree que el mundo que habita es limpio, estable. Y en cómo yo me aseguro de que lo sea para su bienestar.
Me enderezo y tomo mi chaqueta, dirigiéndome a la salida.
—Salimos en seis horas. Equipo ligero. Incendio controlado. Las chicas van primero. Nadie las toca. No las quiero más asustadas de lo que ya están. —mi orden es clara, precisa.
Porque nosotros no somos ellos. Somos peores. Pero elegimos dónde aplicar el fuego y el poder, y no es en las víctimas. Esta noche, a las afueras de Milán, arderá todo.
…
El helicóptero no lleva distintivos.
Negro. Silencioso. Eficiente.
El aire nocturno golpea mi rostro cuando descendemos en un claro a tres kilómetros del objetivo.
No hay luna visible; las nubes cubren el cielo como si también quisieran participar de lo de esta noche ocultando lo que va a ocurrir.
Me ajusto los guantes con movimientos precisos mientras el equipo verifica armas y comunicaciones.
Nadie habla más de lo necesario. No hace falta.
Max camina a mi lado.
—Quince confirmados —menciona en el intercomunicador interno—. Dos patrullas exteriores en movimiento. Los exteriores son tuyos. Sin disparos si puedes evitarlo.
Asiento.
Nos movemos entre la vegetación baja hasta que el perfil del almacén aparece frente a nosotros: cemento agrietado, ventanas selladas, una estructura que pretende pasar desapercibida. Las luces interiores están encendidas. Confianza. Error.
Levanto el puño, es una señal de alto.
El primer guardia cae sin ruido. El segundo apenas tiene tiempo de girarse antes de que Noel lo silencie.
Nuevamente en marcha. La puerta trasera cede con un corte limpio.
Dentro huele a metal, humedad… y miedo. Ese olor inconfundible que se queda pegado a las paredes cuando demasiadas personas han llorado en silencio.
Dividimos posiciones. Los primeros disparos se escuchan apenas como golpes secos. Rápidos. Precisos. No es una balacera descontrolada. Es una acción rápida. Cada hombre que cae sabía perfectamente en qué negocio estaba.
Un negocio malo, muy malo.
En el centro del almacén encuentro al responsable. Intenta correr.
Error.
Me acerco sin dudar y lo estrello contra una mesa metálica antes de que alcance la puerta lateral. Su respiración se vuelve errática cuando me reconoce.
—No… no sabía que era territorio de ustedes.
Lo golpeo una vez. Suficientemente fuerte para que entienda que hablar no le salvará.
—Código negro es todo el maldito globo terráqueo —respondo con calma—. ¿Acaso les pediste permiso a esas chicas para llevártelas?
Tiembla bajo mi agarre luego de escucharme.
Miro a mi alrededor. Nuestros hombres ya han asegurado el perímetro interior. Las puertas donde retienen a las chicas están al fondo, cerradas con candados gruesos.
—Ábranlas —ordeno por el comunicador.
El sonido del metal cediendo resuena como una liberación contenida. Vuelvo mi atención al hombre frente a mí.
—Mira bien —le digo mientras lo obligo a alzar la cabeza hacia el caos controlado que lo rodea—. Esto es lo que pasa cuando intentas llevarte algo que no te pertenece.
No grito. No necesito hacerlo.
Saco el arma y acabo con todo dejando solo un disparo limpio que atraviesa el cráneo del individuo.
Silencio.
El olor a pólvora se mezcla con el olor a miedo viejo del lugar.
Camino hacia las habitaciones liberadas, he optado por dejar el cuerpo en el centro para que todo quien pase observe nuestra sentencia.
Me dirijo a las celdas con paso firme y me encuentro con aquella imagen que solo reafirma que no me equivoco en mí actuar.
Las chicas están acurrucadas, confundidas, algunas demasiado asustadas para reaccionar.
Levanto las manos despacio, buscando darles algo de confianza y tranquilidad.
—Irán a casa —digo con voz firme—. Esto termina aquí.
Max aparece detrás de mí.
—Perímetro limpio.
Asiento.
—Sáquenlas a todas. Primero que salgan ellas. Después quemamos todo.
El combustible se esparce por el suelo con eficiencia fría. Cuando la última furgoneta arranca con las chicas a salvo dentro, me quedo unos segundos observando la estructura.
Prendo la mecha y la acerco al combustible. El fuego asciende con rapidez, devorando madera, plástico, mentiras. Las llamas iluminan la noche como una señal. No es rabia. Es un mensaje alto y claro.
Claus recibirá la noticia antes del amanecer.
Londres seguirá en calma. Me giro cuando el calor empieza a volverse insoportable y mi cerebro a punto de volverse loco.
Entonces pienso en ella, no en lo que me rodea, en ella, antes de perder la calma, hoy no lo voy a permitir.
Esto fue demasiado fácil para dejar que mi mierda se descontrole, necesito regresar bien.
—Ida y vuelta —dice Noel mientras caminamos hacia el punto de extracción.
Asiento. Misión cumplida. Código negro se encargará de llevar a esas chicas a salvo, a un lugar seguro, la mayoría de las chicas que salvamos nunca tienen hogar, entonces nos encargamos de eso también, una nueva identidad, un nuevo hogar, un nuevo comienzo.
Mientras el helicóptero se eleva y las llamas se reducen a un punto ardiente en la distancia, saco el teléfono. Tengo una notificación de la cámara del pasillo.
Willow ha salido de su apartamento hace veinte minutos. Vuelvo a guardar el dispositivo. El mundo puede arder en las afueras de Milán. Pero mi verdadero control… está a unos centímetros de mi puerta.