Reaper (Código Negro 2) Capítulo 28
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Capítulo 28

Azrael

Cierro la puerta de su apartamento y camino apenas unos pasos hasta el mío. A pocos centímetros. Bendita coincidencia. O bendita obsesión premeditada.

El pasillo aún huele a su perfume.

Entro en mi piso sin encender las luces. No lo necesito. Conozco cada rincón, cada sombra.

Me quito la chaqueta con movimientos lentos, pero mi cuerpo está lejos de la calma que aparento.

Me duele la polla. La tengo dura desde que la vi arrodillarse bajo la mesa, desde que sentí su boca rodear mi pene con esa obediencia consciente que me perforó la paciencia.

Y quiero más. Fue su mirada. Siempre su mirada.

La quise follar sobre la mesa en cuanto salió de ahí, pero mi juego no es que me vean follar su cuerpo en público, ella se merece algo mejor que eso y yo estoy dispuesto a dárselo.

Me muevo por el apartamento y cruzo el salón hasta la pared de monitores.

Las cámaras se activan con un simple toque. Silenciosas. Invisibles. Estratégicamente colocadas hace meses, cuando todavía fingía que solo quería asegurarme de que estaba a salvo. Protección. Ese fue el nombre que le di a mi necesidad de verla. De tenerla. De saber cada movimiento.

La pantalla principal muestra la puerta de su apartamento cerrándose. Segundos después, veo su figura entrar en el dormitorio. Se suelta aquellos rizos que me vuelven loco. Se quita los tacones. Camina descalza por su propia casa sin saber que no está sola.

Aprieto la mandíbula ante el pensamiento, no estoy haciendo nada mal.

Desaparece hacia el baño y el vapor comienza a empañar el lente durante unos segundos antes de que el sistema ajuste la imagen.

El agua cae sobre su cuerpo y yo me obligo a respirar despacio.

Y por la imagen que me entrega, llega mi deseo de tocarme, pero no debo.

No todavía. Lo que me excita no es solo su piel mojada.

Es el hecho de que confía. De que cree que está a salvo.

Y lo está, siempre lo estará.

Porque nadie más la mira. Solo yo.

Cuando sale de la ducha, envuelta en una toalla blanca, el vapor todavía abrazando su silueta, siento cómo el control que mantuve durante toda la cena se tensa hasta el límite.

Se seca el cabello con movimientos distraídos, se pone una camiseta amplia para dormir y ropa interior sencilla. Nada provocativo. Nada planeado.

Y, sin embargo, me enloquece.

Se acerca al espejo y se toca los labios. Los mismos labios que limpié con el pulgar. Los mismos que besé hasta que dejó de respirar con normalidad y los que estuvieron alrededor de mi polla. Hay algo distinto en su expresión. No es culpa. No es vergüenza.

Es pensamiento, algo está en su mente.

Se mete en la cama y apaga la luz.

La visión nocturna toma el relevo. La habitación se tiñe de grises suaves. Se acomoda de lado, abraza la almohada y cierra los ojos. Tarda unos minutos en quedarse quieta del todo. Yo no aparto la mirada.

—Duerme, Willow —murmuro para mí mismo, acariciando levemente la imagen de tranquilidad que proyecta la pantalla.

Pero todo cambia cuando se da la vuelta boca abajo y comienza a retorcerse, su mano va directo al interior de sus bragas y comienza a follarse a sí misma.

Está dolorida, lo sé. Pero todo tendrá su recompensa.

Quisiera estar cerca viéndola, romperle las bragas y comerle el coño desde abajo hacia arriba para acabar follándola contra el cabecero.

Puede que un día.

Mi mano va a parar sobre el escritorio, los nudillos tensos. No soy un adolescente incapaz de controlarse. No soy un animal sin disciplina. Si quisiera aliviar el dolor en mis bolas, lo haría en segundos.

Pero no. Ahora mismo no se quién soy, así que libero mi polla y comienzo a follarme a mí mismo también, viéndola, escuchándola gemir, imaginando que soy yo quien la penetra desde atrás.

Eso es. Estoy cerca, puedo imaginar cómo me apretaría por dentro a causa de su placer, como su coño se humedecería cada vez que me enterrara en ella.

Su grito llega primero y luego los hilos de semen caen en mi escritorio. Eso es, me aprieto las bolas hasta sacar la última gota. Y joder, necesito más pero el deseo contenido me pertenece. Es mío. Es parte del juego.

Lo que me consume no es la necesidad física. Es algo más retorcido. Es saber que está a unos centímetros de mí, separada solo por una pared. Que podría cruzar el pasillo, llamar a su puerta, besarla otra vez y follarla, ya me obedeció una vez, podría hacerle una nueva invitación… pero no lo hago.

Porque esto es lo mejor.

Observarla. Aprender sus rutinas. Memorizar la forma en que respira cuando duerme. La hora exacta en que se mueve. La manera en que su mano busca algo en la oscuridad antes de relajarse.

Ella cree que la dejo elegir.

Y es cierto. Pero lo que no sabe es que yo elijo el terreno donde se juega. Apago el sonido de las otras cámaras y dejo solo la de su dormitorio. Me quito el reloj. Aflojo el cuello de la camisa. Sin dejar de mirarla.

— Eres mía —susurro, no como amenaza… sino como una verdad inevitable.

No porque la encierre.

No porque la obligue.

Sino porque, tarde o temprano, entenderá que siempre he estado aquí.

Vigilando.

Protegiendo.

Esperando.