Capítulo 27 #2
Esas dos palabras me atraviesan como una descarga.
No hay caricia, no hay contacto todavía, y sin embargo siento su dominio como si fuera físico, como si me rodeara el cuello con una mano invisible.
No me siento pequeña. Me siento elegida.
Hay poder en mi posición, en el hecho de que soy yo quien decide permanecer aquí, quien decide obedecer.
Apoyo las manos en sus muslos, despacio, sin brusquedad, y alzo el rostro.
Desde esta perspectiva, Azrael parece aún más imponente.
Sus dedos apartan el mantel y descienden hasta mi barbilla, la sostienen con firmeza, obligándome a mantenerle la mirada.
Sus ojos no arden; son hielo negro, control absoluto.
— Sírvete , Mäuschen —ordena con suavidad.
Y lo hago. No sin antes tocar la gruesa polla marcada por encima de su pantalón, debe estar doliendo como un demonio por estar ahí dentro.
Acaricio desde el centro, toda su longitud hasta llegar a la cabeza que se marca perfectamente como una obra de arte.
Lo escucho gruñir, y yo sonrío, es la sensación más caliente que me puede entregar, incluso puedo llevar mis dedos a mi coño que debe estar goteando, pero no hay tiempo para eso ahora mismo.
No es lo que cualquiera imaginaría. Con mis manos ansiosas suelto su cinturón y el botón de su pantalón para sacar su polla quien me recibe, no hay desorden.
Tengo frente a mí su largo y grueso miembro, el olor a su jabón de tocador.
¿Melocotón? es lo que llega primero, varonil y almizclado, y brillante, perfecto en su color, una polla perfecta. Y en la punta, una gota cristalizada.
El aroma familiar ataca de nuevo. No me sorprendería saber que, fue él quien hizo desaparecer una perfecta pastilla recién sacada de su empaque en mi tocador.
— Cómetela —dice, sin dureza, pero sin opción.
El contraste me golpea. Estoy arrodillada bajo una mesa cubierta con seda, en uno de los restaurantes más exclusivos de la ciudad… y él me ofrece su polla. El gesto es tan inesperado que mi respiración se entrecorta.
La acaricio despacio, con adoración.
Su polla está caliente y yo ligeramente humedezco mis labios, pareciera que estuviera hambrienta.
Llevo su miembro a mi boca sin apartar mis ojos de los suyos, sé que él me observa desde arriba, su mirada oscura, atenta, midiendo cada reacción.
No hay vulgaridad en esto, es precioso. Hay posesión. Hay control.
Mi lengua roza la superficie brillante y el sabor dulce explota en mi boca, intenso, casi inocente…
y precisamente por eso se vuelve perverso en este contexto.
Mis dedos se cierran alrededor del tronco mientras lo sostengo con firmeza.
No aparto la mirada de sus ojos pero algo me llama la atención en su estómago, su camiseta se ha levantado un poco y veo la cola de un escorpión asomándose en su vientre.
No dejo de chupar de arriba y abajo, como si se tratara de un caramelo.
Lo hago despacio. Consciente. Deliberada.
Azrael exhala apenas, un sonido mínimo que solo yo percibo.
—Eso es, Willow.
Sus manos en algún momento acabaron agarradas a la mesa, o es lo que pensaba ya que había perdido su mirada.
Hasta que veo una mano aparecer nuevamente bajo la manta y tocar mi rostro, en el dorso lleva un tatuaje, una cruz con puntas, lo he visto antes y pensé que era el único tatuaje que tenía, que equivocada estaba.
Me sigo moviendo, relajando mi mandíbula para darle cavidad en mi boca.
Cuando lo saco, llevo mi lengua hasta su glande y paso mis dientes, solo un poco para hacerlo enloquecer, se derrite lentamente.
El sabor salado del líquido preseminal se pega a mi lengua y siento el contraste entre la dulzura exagerada y la electricidad que recorre mi piel. No estoy aquí por comida. Él tampoco. Esto es lo que somos, lo que queremos. Va de la obediencia elegida.
Yo elijo chupar su polla. Nadie me obliga.
De nuestra intimidad que nadie sospecha mientras arriba tintinean las copas de vino y alguien ríe sin saber que bajo esta mesa se está tejiendo algo mucho más peligroso, que podría hasta ser un escándalo.
Ante mi degustación de su miembro, acelero mis lamidas y mis chupadas causando que Azrael se vacíe al interior de mi garganta, me toma por sorpresa, pero lo trago gustosa.
Cuando quito su pene de mi boca, puedo notar que ha apartado un poco más el mantel y puedo observar su mirada aun encendida en placer.
—Mírame mientras disfrutas de tu festín —ordena en voz baja, cuidando dentro de su nube de placer que pueda mantener mi mirada en sus ojos.
Y lo hago.
Siento el corazón golpeando contra mis costillas, pero ahora entiendo lo que es: no es miedo, no es excitación pura. Es rendición. Es saber que él podría pedirme que me levante… y lo haría. Que podría pedirme que me quede… y también lo haría.
Su polla en mi boca se convierte en un caramelo. Dulce. Y peligroso.
Se siente como yo antes de conocer al verdadero Azrael.
Y todo a acabado.
Vuelvo a meter su polla ya limpia dentro de su pantalón, me queda apenas un recuerdo dulce que todavía persiste en mi lengua.
Siento un último gruñido antes de que desaparezca por completo su imagen de mi vista y, durante un segundo, me quedo quieta bajo la mesa, respirando despacio, como si necesitara recomponerme antes de regresar al mundo.
El mantel de seda roza mi cabello cuando me inclino hacia atrás y, entonces, salgo de allí sin prisa, sin torpeza, con la misma calma con la que entré.
Azrael ya está de pie.
No sé en qué momento se levantó, pero su presencia me envuelve antes incluso de incorporarme del todo.
Su mano aparece frente a mí, firme, elegante, sin temblor alguno.
La tomo. Sus dedos se cierran alrededor de los míos con una seguridad que no deja espacio para dudas y tira suavemente de mí hacia arriba para ponerme de pie.
El contacto es eléctrico, pero controlado; no hay urgencia en él, solo dominio.
Cuando quedo frente a su pecho, siento su otra mano elevarse hasta mi rostro.
Su pulgar roza la comisura de mis labios con una lentitud casi ceremonial.
El gesto es íntimo, posesivo. Observa la yema de su dedo como si comprobara el rastro invisible de su excitación, como si quisiera asegurarse de que nada quedara fuera de su control.
—Te has manchado —murmura, pero no suena a reproche. Suena a algo más oscuro.
Su pulgar vuelve a deslizarse por mi labio inferior, limpiando lo que ya no está. Mi respiración se descompone apenas. No aparto la mirada. No bajo la cabeza.
Entonces me besa.
No es un beso fugaz ni discreto. Es largo. Profundo. De esos que reclaman territorio sin necesidad de violencia. Su boca se mueve sobre la mía con una paciencia devastadora, como si quisiera saborear cada resto de dulzura que aún me queda.
Siento cómo su mano se afirma en mi cintura, cómo me acerca un centímetro más, lo suficiente para que el mundo desaparezca otra vez. No es un beso para exhibirse. Es un beso para marcar.
Besa tan bien como habla.
Cuando se aparta, lo hace despacio, como si el aire entre nosotros fuera espeso.
Me ayuda a regresar a mi silla como todo un caballero y luego se sienta frente a mí, sin apartar la mirada. La naturalidad del gesto me desarma más que el beso. Ajusta su chaqueta, toma la copa de vino nueva que dejaron mientras yo…joder… y la lleva a sus labios.
Bebe como si nada extraordinario hubiera ocurrido. Como si yo no acabara de arrodillarme bajo la mesa, haberme comido su polla y haber tragado hasta la última gota.
Como si no me hubiera besado de esa forma frente a todos. Mis piernas aún tiemblan ligeramente por la excitación acumulada en mi centro, pero mi voz, cuando sale, es firme.
—¿Eso era una prueba?
Azrael inclina la cabeza apenas, estudiándome. Hay una sombra de satisfacción en sus ojos.
—No.
—Entonces, ¿qué era?
Apoya la copa sobre la mesa con un sonido suave, sin llegar a apartar la mirada de mí.
—La comida que te he ofrecido y que solo yo puedo darte. Era una elección.
La palabra cae entre nosotros con peso.
—¿Mía o tuya? —pregunto, aunque creo conocer la respuesta.
Su mirada se oscurece.
—Siempre es tuya, Willow. Yo doy la orden. Tú decides obedecerla.
Su serenidad es más peligrosa que cualquier amenaza. Porque tiene razón. Nadie me obligó. Nadie me empujó bajo esa mesa. Fui yo quien arrastró la silla. Fui yo quien se arrodilló.
—¿Y si un día decido no hacerlo? —lo desafío, inclinándome hacia adelante.
Azrael sonríe apenas. No es una sonrisa amable. Es la de un hombre que no teme la respuesta.
—Entonces me aseguraré de darte una razón para que quieras hacerlo.
El silencio que sigue no es incómodo. Es tenso. Cargado. Oscuro.
—Te gustó —añade al final, en voz baja. Puedo apreciar un matiz en su voz de tranquilidad. No ha sido una pregunta.
No es una pregunta, es una afirmación. Le sostengo la mirada sin pestañear.
—Sí.
Sus dedos generan un pequeño golpeteo en la mesa, pensando, pero satisfecho.
—Bien. Porque esto —dice, señalando el espacio entre nosotros, invisible pero tangible— no va de humillación, Willow. Va de confianza. Y la confianza es más peligrosa que el deseo. No lo pensaste dos veces. ¿Qué voy a hacer contigo?
Mi pulso vuelve a acelerarse ante la pregunta. El Azrael de hace un año me habría protegido del mundo. El Azrael de la actualidad me enseña a arder dentro de él. Y, lo peor de todo, es que no quiero que me salve.
…
Ahora la mesa es…Demasiado pequeña o quizás solo me siento cohibida.
Nuestras rodillas casi se rozan cuando intento acomodarme.
—¿Por qué ese médico estaba tan cerca de ti? —pregunta de pronto.
No lo dice enfadado. Lo dice controlado.
—Estaba esperando conmigo. Insistió.
—¿Y qué querías tú?
—No quería que esperara conmigo… él, insiste en invitarme a salir, tuve que buscar una salida.
Azrael asiente despacio. Me sirve más agua en mi copa y me la llevo a los labios y lo bebo de golpe, vuelvo a servirme otra copa y hago lo mismo, joder, estoy sedienta.
—No me gusta cómo te mira. —Sentencia con un duro tono de voz.
La forma en que lo dice me eriza la piel.
—¿Celoso?
Levanta la mirada hacia mí, puedo notar su total determinación en la respuesta.
—Sí.
Me quedo en silencio, no lo esperaba. ¿Por qué eso es jodidamente sexy viniendo de él?
—Considera que he sido educado, pero si vuelve a acercarse a ti sin que tú lo quieras, no voy a considerarlo nuevamente.
Mi corazón late más rápido.
—¿Eso es una amenaza?
Se inclina hacia delante, apoyando los antebrazos en la mesa.
—Lo es.
La música sigue sonando suave alrededor, pero en nuestra mesa el aire está distinto. Más caliente. Más tenso.
—No necesito que me protejas de todo el mundo —le digo.
Sus ojos no se apartan, solo me estudia.
—No te protejo porque crea que no puedes sola.
Su voz baja medio tono.
—Te protejo porque quiero hacerlo.
Eso me deja sin respuesta.
El camarero trae una botella de vino y comida, real esta vez. Azrael ni siquiera miró la carta mucho. Ya sabía lo iba a que pedir.
—¿Siempre haces lo que quieres? —pregunto.
—Solo cuando vale la pena.
—¿Y yo valgo la pena?
Su mirada se clava en la mía de una forma que me obliga a quedarme quieta.
—No tienes idea.
El silencio vuelve a llenarse de algo eléctrico. Mis dedos rozan la base de la copa. Los suyos descansan sobre la mesa cerca de los míos. No me toca. Pero podría.
Así como me invitó a que le comiera la polla, así como me besó como si le perteneciera, siento que puede hacer conmigo lo que él quisiera y yo se lo permitiría.
Y eso es peor.
—Willow —dice mi nombre otra vez, más bajo.
—¿Qué?
—No vuelvas a mentir diciendo que vamos a cenar si no piensas hacerlo.
—¿Por qué?
Su mirada desciende a mis labios un segundo antes de volver a mis ojos.
—Porque ahora voy a querer que cada vez que lo digas, sea verdad.
Y no sé si lo que me inquieta es la intensidad en su tono de voz o el hecho de que una parte de mí quiere que así sea siempre.
Sé que no se refiere solo al hecho de cenar y comer, ya sea comida o no.
Es el hecho, de que no solo lo de cenar era mentira…
pero todo lo demás queda en el aire, mientras comemos en silencio.