Capítulo 27
Willow
No sé cuánto tiempo pasa hasta que se detiene frente a un restaurante que no reconozco. Es discreto por fuera, fachada oscura, pocas luces. No parece llamativo, pero hay algo elegante en su entrada.
Apaga el motor. Me bajo primero esta vez, todavía sintiendo el calor de su cuerpo pegado al mío.
Me quito el caso y se lo devuelvo, ahora con la mente más clara noto algo que ni siquiera preguntaré y es cómo es que tiene un caso rosa para mí, o quizás era de una exnovia, no lo sé, pero el gesto de que lo haya conseguido para mí en tan poco tiempo me hace sentir especial.
—¿Qué hacemos aquí? —pregunto y luego poso mi mirada en el restaurante.
Se quita el casco con calma y me mira, atento.
—Dijiste que habíamos quedado para cenar.
Frunzo el ceño.
—Sí, pero eso fue una mentira para zafarme del doctor Calder.
Azrael, con total dominio y control baja de su moto y da un paso hacia mí, quedando demasiado cerca.
—Bueno —dice, bajando la voz—, yo quiero hacer de esa mentira una realidad.
No sé por qué esa frase me pone la piel de gallina, no es rechazo, más bien es un anhelo de promesa. Lo de novio también había sido una mentira, pero supongo que es demasiado pronto para aclararla y quiero disfrutar un poco de ello, estoy divagando, soy un maldito bicho raro.
Entramos.
El restaurante es fino, oscuro, con luz tenue que cae en círculos cálidos sobre las mesas. Hay pocas personas. Música baja. Copas brillando bajo lámparas doradas. Huele a vino, madera y algo especiado que no sé identificar.
Nunca he estado en un lugar así.
Me quito el abrigo, todavía húmedo por la nieve, y de pronto me siento fuera de lugar con mi ropa sencilla. Pantalón negro y camiseta de algodón blanca, y el cabello un poco revuelto por el casco.
—No estoy vestida apropiadamente —murmuro.
Azrael toma mi abrigo sin apartar la mirada de mí, puedo notar cómo me da una repasada rápida, sin juzgarme.
—Para mí estás perfecta. No te preocupes. Nadie lo notará.
—Claro que lo notarán.
Se inclina un poco hacia mí. Lo suficiente para que su voz no sea más que un sonido bajo, intimo entre nosotros.
—Te aseguro que no.
Sus ojos bajan un segundo nuevamente, recorriéndome sin prisa esta vez, sin vergüenza, sin esconder que me está mirando como si fuera la única cosa interesante en toda la sala. En cambio, él vestido todo de negro, sí parece encajar aquí.
—Y aunque lo hicieran… —añade, con total seguridad—, seguirías siendo la mujer más atractiva aquí dentro.
Trago saliva.
—Eso no es verdad.
Su boca se curva apenas en una sonrisa. No es una burla. Es algo más oscuro.
—No estoy mintiendo. Y eso tú lo sabes.
El silencio entre nosotros empieza a cambiar. Ya no es incómodo. Es denso. Cargado.
Azrael toma el mando del rumbo y nos guía a una mesa.
Aparta la silla para que pueda tomar asiento y se acomoda frente a mí con total seguridad.
Un camarero se acerca a darnos la charla de bienvenida y mencionar los platos de la especialidad de la casa, pero, casi no lo escucho.
Estoy nerviosa porque Azrael no deja de mirarme.
No parpadea mucho, mantiene una mirada de halcón sobre mí.
No sonríe, no muestra mayores expresiones aparte de su seriedad habitual.
Sostiene su mirada en mi como si estuviera midiendo algo dentro de mí que ni yo misma sabría identificar. ..
La luz es baja. Dorada. Casi íntima. Azrael no ha apartado la mirada de mí desde que nos sentamos.
No es una mirada suave. Es paciente. Es consciente. Es calculada.
El camarero se dirige a mi consultando qué es lo que me ha llamado la atención de lo que ha mencionado, me siento un poco cohibida al no haberme enterado de nada.
—¿Desea un platillo de entrada? –consulta el contrario posando su atención en mí.
Azrael ni siquiera mira la carta que le ha entregado el mesero, solo se limita a responder por mí.
—Ella no comerá.
Parpadeo.
¿Qué?, No comprendo lo que sucede.
El camarero duda un segundo al notar que Azrael ha respondido por mí y esta vez dirige su atención en mi acompañante.
—¿Y algo de tomar?
—Ella no beberá.
Mi pulso se dispara.
¿Qué diablos? Siento el calor subiéndome por el cuello. No por vergüenza. No exactamente. Por anticipación.
El camarero pasea su mirada entre nosotros de forma alternada, confundido, como si intentara entender si esto es normal. Azrael no le da tiempo y hace un pequeño gesto con la mano para que se retire, a pesar de todo es bastante cortes al dirigirse a él.
—Que nadie nos moleste.
No lo dice fuerte. No lo dice brusco. Lo dice como alguien acostumbrado a que le obedezcan. El camarero asiente y se retira.
Cuando estamos solos, Azrael se inclina ligeramente hacia delante. Sus ojos bailan sensualmente en un íntimo juego. Puedo ver como estos se posan primero en mis labios, recorren mi rostro y luego se vuelven a conectar nuevamente con mis ojos. Puedo ver una promesa que no logro identificar del todo.
—No vas a comer … comida …aún—repite, más bajo.
Siento el aire espesarse.
—No vas a beber… alcohol …aún.
Mi respiración se vuelve más lenta, más consciente.
—No… aún.
La forma en que lo dice hace que algo dentro de mí se apriete.
—¿Entonces qué hago aquí? —pregunto, aunque mi voz ya no suena firme.
Él se acomoda un poco más, causando que nuestras rodillas se rocen bajo el mantel.
—Debajo de esta mesa —dice con calma— está todo lo que necesitas dentro de tu boca en los próximos minutos.
Mi estómago se contrae.
Siento calor.
Un calor inmediato y traicionero. Sé exactamente lo que está insinuando. Sé lo que significa ese tono. Y yo lo quiero tanto como él.
—Azrael… —mi voz sale más suave de lo que quería.
Él no sonríe. Pero sus ojos se oscurecen.
—Estás sonrojada —murmura—. Y aún no he hecho nada.
Trago saliva. La tela de mi camiseta se siente demasiado ajustada de pronto. El restaurante demasiado cálido. La música demasiado lenta.
—Estamos en público —susurro.
—Eso es lo interesante.
Mi boca se abre levemente para protestar, pero solo acaba delatando mi respiración acelerada.
—No puedes decir cosas así.
—Puedo —responde sin titubear, totalmente seguro—. Y tú puedes decidir si quieres fingir que no entiendes… o admitir que te gusta que te lo diga.
Se hace un silencio en la instancia, entre nosotros, pero este no es incómodo. Es eléctrico. Siento su pie rozar el mío bajo la mesa, puedo notar su provocación.
Lenta.
Deliberada.
No ha sido un accidente.
—Mírame —demanda suavemente.
Y lo hago.
Error.
Porque la intensidad en su mirada me deja sin aire.
—Dime que no quieres saber qué pasaría si dejo de ser paciente y caballeroso, como el que conociste hace un año. Dime que no quieres hacerlo y todo esto se detendrá. Ante todo lo que me interesa es tu comodidad y no quiero esperar toda la velada por tu respuesta.
El calor se extiende por mi cuerpo como una corriente lenta.
—No… Sí … —empiezo, dudando de mi respuesta.
Pero no termino la frase. Porque mentir sería demasiado obvio. Azrael se reclina apenas en la silla, observándome como si ya hubiera ganado algo que todavía no me atrevo a admitir.
—Eso pensaba.
Esta decidido y ahora sé que no vinimos a cenar. Vinimos a algo mucho más peligroso.
— Come , Willow. No me hagas repetírtelo de nuevo.
El corazón me late tan rápido y tan fuerte que siento que se me saldrá del pecho. No es miedo. No es solo excitación. Es algo más oscuro, más profundo. Es la certeza de que estoy cruzando una línea invisible y que, al hacerlo, no estoy perdiendo nada… estoy eligiendo.
Es una entrega consciente, una sumisión que nace del deseo y no de la debilidad.
Amaba al Azrael de hace un año, cuando lo conocí; al hombre impecable, controlado, casi perfecto.
Sabía que era demasiado bueno para ser cierto.
Ahora lo miro desde el suelo y comprendo que este Azrael —el que no sonríe para agradar, el que ordena sin alzar la voz, el que me observa como si ya me poseyera sin tocarme— siempre estuvo ahí, escondido bajo la piel del otro. Y me gusta más. Mucho más.
La silla suena cuando la arrastro hacia atrás.
El roce de las patas contra el suelo resuena como un anuncio indecente en medio del murmullo del restaurante.
Sé que hay miradas. Las siento. Algunas curiosas, otras escandalizadas, otras demasiado conscientes de lo que están presenciando sin entenderlo del todo.
Pero me importa poco. Estoy segura de que ellos tampoco han venido solo por la comida.
Este lugar vive de los secretos, de los acuerdos silenciosos, de las manos que se rozan bajo la mesa mientras arriba se mantiene la compostura. Eso lo hace aún más interesante.
Una rodilla toca el suelo cuando me dejo caer lentamente desde la silla y luego la otra.
El frío del mármol atraviesa la tela fina de mi pantalón y me eriza la piel.
No aparto la mirada de Azrael mientras desciendo; quiero que vea que no titubeo, que no hay vergüenza en mi gesto.
La mesa está cubierta con un mantel de seda, caro, pesado, con un bordado delicado que casi parece una burla ante lo que está a punto de ocultar.
Desde fuera, nadie podrá verme. Desde dentro, el mundo se reduce a nuestro y a la silueta firme de sus piernas frente a mí.
Gateo despacio, consciente de cada movimiento, de cómo mi respiración se vuelve más densa, más cargada.
El espacio bajo la mesa es estrecho, íntimo, casi claustrofóbico, pero en lugar de asfixiarme me envuelve.
El sonido del restaurante se amortigua; las conversaciones se transforman en un murmullo lejano.
Lo único real es él. El leve movimiento de su mano al dejar la copa que le han entregado por cortesía.
La pausa calculada antes de acomodarse apenas unos centímetros hacia adelante.
—Buena chica —murmura, lo suficientemente bajo para que solo yo lo escuche.