Capítulo 26 #2
No digo nada más. Cuelgo y aprieto el teléfono contra el pecho mientras la nieve sigue cayendo, lenta, obstinada, como si el mundo quisiera enterrarnos en un invierno que no termina nunca.
Espero que Azrael aparezca entre lo blanco del estacionamiento, entre los faros de los autos que se difuminan por el frío, con esa forma única suya de caminar como si nada ni nadie pudiera alcanzarlo… excepto yo.
—Es una pena, Willow—dice el doctor Calder detrás de mí. —En verdad quería ser yo quien te llevara a cenar.
Nuevamente no sé qué responder ante eso, me giro para verlo y parece derrotado, pero hay algo más, algo que sabe ocultar muy bien, enojo .
El doctor Calder me regresa la mirada, y ahora está demasiado cerca para mi gusto.
Con esa postura profesional que empieza a quebrantarse dejando ver algo que no sé cómo nombrar, hay miradas que se vuelven incómodas, aunque no digan nada.
Siento su atención deslizarse por mi perfil como si estuviera intentando leer algo que no tiene permiso de tocar.
Me cruzo de brazos, incómoda, porque el frío no es lo único que me hace querer protegerme; también es la forma instintiva en que mi cuerpo se resguarda cuando alguien invade un espacio que no ha sido invitado a ocupar, y puedo ver de reojo que Calder abre la boca como si estuviera buscando la forma de buscar charla cuando no me apetece hablar.
—Willow, yo… —dice, y el silencio se queda suspendido un segundo después de esa media frase porque el viento levanta la nieve entre nosotros como si estuviera interrumpiendo el discurso que planeaba el contrario.
Pero el doctor no continúa hablando y yo tampoco pregunto qué iba a mencionar porque hay algo dentro de mí que ya sabe que no me va a gustar lo que venga después.
Entonces me llega el sonido.
Primero es un rugido bajo, metálico, que atraviesa el aire frío del estacionamiento como si alguien hubiera despertado un animal dormido dentro del motor de una máquina oscura que se acerca desde la calle.
Un sonido que hace que mi cabeza se gire de golpe antes que pueda pensarlo porque hay algo profundamente familiar en esa vibración del asfalto contra el plástico de los neumáticos, algo que hace que mi corazón reaccione antes que la razón.
El doctor también mira hacia la entrada del hospital, siguiendo la dirección del ruido que se vuelve cada vez más cercana hasta que desde entre la nieve que cae sin descanso, aparece la silueta oscura de una moto avanzando con una precisión casi desafiante contra el clima.
Como si el conductor conociera exactamente cómo domar la carretera cubierta de hielo y la tormenta silenciosa que se ha instalado sobre la ciudad, no fuera más que un susurro en el aire.
Una Ducati Diavel negra se aprecia en dirección al estacionamiento.
La moto se detiene cerca de la entrada con un movimiento controlado que termina en un freno suave, y el motor permanece vibrando un segundo más en el aire antes de apagarse.
El hombre desmonta con lentitud, como si el frío no tuviera ningún poder sobre la forma en que se mueve en su ahora chaqueta de cuero.
Se quita el casco y sacude apenas el cabello oscuro que ha quedado húmedo por la nieve derretida sobre las hebras negras que quedaban libres de la cobertura del casco, luego levanta la mirada y esta recorre la instancia buscándome como si yo fuera el único punto del mundo que necesita confirmar antes de decidir cómo respirar.
Azrael no sonríe. Nunca sonríe cuando está midiendo el espacio entre él y el resto del mundo, pero su expresión cambia apenas cuando me encuentra, una tensión que se suaviza en el borde de su mandíbula y en la profundidad oscura de sus ojos porque está comprobando algo que no dice en voz alta pero que sé que está pensando: que estoy de pie, que no tengo sangre en la ropa, que sigo completa, que no me rompí mientras él no estaba conmigo.
El doctor suelta un pequeño sonido ilegible detrás de mí, un intento fallido de comentario que muere antes de convertirse en palabra, y entonces aclarando su voz, comenta de forma legible.
—Parece que tu novio es bastante intimidante —dice Calder con ese tono que intenta ser ligero y termina sonando nervioso, como si también estuviera sintiendo la presión que Azrael arrastra con cada paso que da hacia nosotros.
No respondo porque Azrael se encuentra ya cerca, cada movimiento suyo es silencioso, pesado, pero sé que está evaluando la situación.
Repasa con una mirada al hombre cerca de mí, se fija en cómo me muerdo el labio inferior cuando estoy nerviosa, y sabe lo bien que se ve en esa moto.
Seguramente fue lo más rápido que consiguió para venir a mi rescate como pudiera, o simplemente hoy es día de moto y tengo que bajarme de mi propia nube.
Cuando llega frente a mí no mira al doctor ni una sola vez, solo me mira a mí con esa intensidad oscura que siempre hace que algo dentro de mi pecho se apriete con una mezcla extraña de miedo y seguridad.
— Nena.
Mis bragas sintieron esa palabra antes que mi cerebro. El apodo sale de su boca con total naturalidad, como si fuera él la única persona en el mundo con derecho a reclamarme como suya.
Azrael llega frente a mí y se queda con la palma extendida, esperando mi reacción. Es esa forma suya de buscar el control en una instancia que él ocupa y que me ve involucrada de forma forzosa sin haber hecho algún acuerdo previo.
Antes de que pueda moverme, tomo la mano de Azrael, el doctor habla.
—¿No vas a presentarnos, Willow?
No me gusta su voz cuando se dirige a mí de esa manera.
Azrael gira la cabeza apenas hacia él y retira la mano con cuidado, con una lentitud que no es cortesía sino advertencia, como si estuviera decidiendo si ese hombre merece siquiera el esfuerzo de reconocer su existencia.
—Él es el doctor Calder —digo, sintiendo la incomodidad subir por mi columna—. Me estaba acompañando mientras tú llegabas, cariño .
Azrael no le ofrece la mano, regresa cuidadosamente su mirada hasta mí para estudiarme. No hay gesto social alguno. Solo pregunta, muy bajo, analizando cada uno de mis gestos por si le llego a mentir.
—¿Te tocó?
Joder. Directo al grano. Estoy segura que mi corazón ha dejado de latir luego de escucharlo. Su tono es como si quisiera arrancarle la cabeza. El doctor Calder al escucharlo, intenta hablar.
—No tiene ningún…
Azrael levanta apenas un dedo, un movimiento mínimo pero brusco que lo interrumpe sin necesidad de decir nada.
Luego repite, buscando mi respuesta y con un tono más oscuro:
—Te pregunté si te tocó.
—No, claro que no —respondo, porque sé que si digo otra cosa, la atmósfera entre nosotros se volverá más pesada—. Solo estuvo esperando conmigo. El doctor Calder solo estaba haciendo amable.
La mandíbula de Azrael se tensa un milímetro, apenas visible.
—Hace frío —dice.
No es una observación.
Es un aviso de que el tipo, el lugar y la situación son variables que él ya ha evaluado como hostiles para mí.
—Lo sé —susurro.
—Sube a la moto, Willow.
La forma en que lo dice no es violenta, pero tampoco es negociable.
Es el tono de alguien que no duda en que voy a obedecer porque entiende algo que el doctor Calder no entiende, este hombre podría destriparlo en un abrir y cerrar de ojos si hace algún movimiento en falso o que llegue a considerar amenazante para mí.
El doctor carraspea y decide intentar intervenir otra vez.
—Tal vez debería llevarla yo… —insiste— El clima no es seguro para que viaje en moto. ¿No cree?
Azrael finalmente lo mira, con desprecio.
Y esa mirada es el tipo de silencio que pesa más que una amenaza.
—¿Qué parte de que Willow no se subirá a un coche contigo no fue lo suficientemente clara, doc ? —pregunta Azrael, muy despacio.
Calder sonríe apenas. Una sonrisa que no llega a los ojos.
—Soy su médico. Somos amigos.
Azrael inclina la cabeza un poco, analizando. No le cree, ni yo tampoco.
Si fuera el caso, no lo hubiera llamado y no hubiera montado la escena de novia preocupada. Nunca he tenido un jodido novio en mi vida. Suelto un pequeño suspiro y Azrael me ve de reojo, como si acabara de confirmar algo desagradable.
—Los médicos que hacen esperar a sus pacientes bajo la nieve no son en los que Willow debería confiar.
El doctor responde:
—Solo estaba asegurándome de que estuviera acompañada.
Azrael responde, con una calma peligrosa:
—Ella no necesita compañía. —sentencia para luego ignorarlo.
La nieve sigue cayendo entre nosotros. El viento mueve el borde de mi abrigo, lo que me hace estremecer de frío, Azrael lo nota y se acerca hacia mí. Vuelve a hablar, esta vez solo dirigiéndose a mí.
—Ven conmigo. —Y después añade, apegándose un poco a más a mí, un susurro oscuro que tiene algo de advertencia y algo de intimidad brutal: —Si sigues hablando con él como si fuera una persona segura, voy a empezar a pensar que no te enseñé bien qué tipo de hombres no deben acercarse a ti.
Me toma de la mano y me lleva hasta su moto. En el trayecto no dice nada más.
Toma el casco y lo coloca en mi cabeza sin pedir permiso, ajustando la correa bajo mi barbilla con dedos firmes, seguros.
El roce de sus nudillos contra mi piel es breve, pero suficiente para que algo se encienda en mí bajo el frío que me cala los huesos.
Y como si fuera poco, como si no pesara nada, me toma de la cintura y me sube a la moto, jadeo ante la sorpresa y me aferro a sus brazos sin soltarlo.
—Sujétate bien ahí atrás. —ordena.
Cuando se acomoda frente a mí en el asiento, el motor cobra vida y ruge otra vez, el sonido vibra en mi pecho.
Emprendemos el viaje y el frío me golpea al principio, cortante, duro, pero en cuanto deslizo los brazos alrededor de su cintura y me aferro a él, todo cambia.
Mi cuerpo se pega a su espalda y el calor que desprende le atraviesa la ropa, es como si atravesara el viento, como si atravesara la nieve.
Apoyo la frente entre sus omóplatos y cierro los ojos un segundo, permitiéndome disfrutar del momento y perderme en mis pensamientos.
Con él, el invierno duraría menos.
La ciudad se transforma en luces borrosas y calles húmedas. No conduce como un loco, pero tampoco despacio. Conduce seguro. Con control. Como si cada curva estuviera calculada antes de tomarla.