Capítulo 26
Willow
Presente.
Dos días después
El viento golpea las puertas del vestíbulo del edificio cuando salgo.
La nieve cae con una ráfaga violenta, como si el invierno hubiera decidido quedarse suspendido en el aire para recordarme que el tiempo también puede sentirse detenido cuando, el corazón está demasiado cansado para seguirle el ritmo.
Me detengo un momento bajo el umbral, cerrándome el abrigo hasta el cuello porque el frío tiene esa manera traicionera de colarse por las costuras de la ropa y deslizarse sobre la piel como si quisiera instalarse dentro de los huesos.
Observo la calle blanca, los coches cubiertos por una capa espesa de nieve y las luces amarillentas de los faroles luchando contra la tormenta silenciosa, buscando destacar con su luz titilante.
Es entonces cuando siento su presencia antes de oír su voz.
—¿No pensarás salir con este clima? —pregunta Azrael desde atrás, con ese tono suyo que siempre parece estar entre la burla suave y aquella seriedad que nunca termina de mostrar del todo.
No me giro de inmediato. Puedo apreciar su figura por los vidrios de las puertas del vestíbulo, noto que está apoyado contra la pared, como si hubiera estado esperándome al bajar las escaleras o esperando verme aparecer por la puerta.
Como si supiera exactamente a qué hora salgo, aunque nunca me lo diga.
—Bueno, tú estás aquí abajo, podría decir lo mismo —respondo, observando cómo la nieve se acumula lentamente sobre la acera que se divisa más allá de su figura en el vidrio.
—De hecho, pienso llevarte. Te vi bajar.
La frase me provoca una pequeña tensión en el pecho, una molestia que no sé si nace de la intrusión o de algo que no quiero analizar demasiado.
—Me estás espiando.
—Ya quisieras —se burla, y por el tono sé que está sonriendo aunque no lo esté mirando directamente.
Joder, no puedo con sus cambios de humor. No hoy. No en un día que ya se siente pesado antes siquiera de empezar a caminar.
—No es necesario, el hospital queda cerca —le digo mientras cruzo el abrigo sobre mi pecho para protegerme mejor del viento—. Me iré con cuidado. Que tengas un buen día…
Empiezo a caminar hacia la puerta de salida, pero el hielo oculto y delgado, hace que mis botas resbalen apenas.
No es una caída, solo siento un desequilibrio traicionero, la sensación de que el mundo gira un segundo de más y el cuerpo no logra encontrar el punto exacto donde sostenerse.
Y entonces su mano se cierra alrededor de mi brazo con una firmeza que no lastima, pero que me detiene de golpe.
Demasiado cerca.
—¿Pero qué? —digo, sintiendo el latido de mi corazón acelerarse por la sorpresa.
—Te dije que te acompaño —responde, soltándome solo cuando está seguro de que recuperé el equilibrio—. Deja de ser testaruda.
No digo nada durante unos segundos. Solo lo miro, porque algunos copos de nieve se han quedado atrapados en su cabello oscuro y el viento parece querer reclamarlo también, como si el invierno intentara hacerlo parte de su silencio, al parecer ha salido antes de esperarme, me pregunto.
Hay algo en Azrael que no termino de entender. Algo que se esconde detrás de la frialdad que intenta proyectar y de la forma en que aparece cuando menos lo espero, como si estuviera observando mis movimientos desde algún lugar que no alcanzo a ver del todo.
—No necesito que me escoltes —murmuro al fin, aunque no retiro el brazo de su mano todavía.
—No es escolta —dice—. Es compañía.
Y esa palabra se queda suspendida entre nosotros como un peso extraño, más denso que la nieve que cae sobre la calle.
Caminamos en silencio cuando salimos a la acera y el viento nos recibe con un golpe frío que me hace inclinar la cabeza, como si el invierno quisiera obligarme a mirar el suelo en lugar de la ciudad blanca que se extiende delante de mí.
—¿Has dormido? —pregunta Azrael de repente.
La pregunta llega con la precisión incómoda de alguien que conoce demasiado bien las grietas que intento ocultar.
—Lo suficiente —respondo algo recelosa, porque no voy a decirle que las pesadillas se han vuelto huéspedes permanentes de mis noches, cambiando de rostro y de escenario, pero dejando siempre la misma sensación de vacío pegado al pecho.
—Mientes muy mal —dice.
No respondo. Porque tiene razón.
El edificio queda atrás mientras avanzamos por la acera cubierta de nieve, el sonido de nuestros pasos ahogado por la blancura del día, que parece absorber cualquier ruido como si también quisiera devorar el silencio que llevamos dentro.
—Estoy bien —digo finalmente soltando un pequeño suspiro, deteniéndome un segundo antes de cruzar la siguiente esquina—. Es en serio.
Azrael me observa de esa manera suya, como si estuviera buscando algo que ni yo misma sé nombrar.
—No estás bien —responde después de unos segundos observándome—. Pero hoy no voy a discutir contigo.
—¿Solo hoy?
—Solo hoy —dice, y su voz se vuelve un poco más baja, como si estuviera regalando aquella tregua a algo que ninguno de los dos menciona.
El viento vuelve a levantarse, arrastrando pequeños remolinos de nieve contra nuestras piernas, y el mundo se siente demasiado blanco, demasiado silencioso, demasiado vacío para alguien que carga con todo el ruido que siento dentro. Luego, nos limitamos a caminar sin mayor conversación.
—Gracias por acompañarme —le digo al fin, y no sé por qué lo digo, tal vez porque el frío me hace decir cosas que normalmente solo se quedan en mi mente o porque hay algo en la forma en que está parado frente a mí que lo hace verse dispuesto a quedarse ahí hasta que yo entre al edificio donde trabajo.
Azrael asiente apenas.
—No me agradezcas —responde—. No he terminado de vigilarte.
No sé si es una amenaza o una promesa.
Cuando doy un paso hacia la entrada del hospital, escucho su voz otra vez, más baja, casi perdida entre el sonido del viento.
—Cuídate, Willow.
No respondo.
Porque si respondiera, tal vez le pregunte por qué me mira con esos ojos, como si yo fuera algo que estuviera a punto de romperse.
Y no quiero escuchar la respuesta.
…
Me detengo a observar por la ventana la nieve cayendo con una lentitud casi dolorosa, como si el mundo hubiera decidido detenerse un poco más para obligarme a esperar.
Aprieto el teléfono entre los dedos, sintiendo el frío atravesar los guantes delgados que llevo puestos, y niego otra vez cuando el doctor Calder insiste en que me lleva a casa en su coche.
No quiero ir con él, no quiero hablar con nadie ni escuchar nada que no sea la voz que terminé por escuchar hace unas horas antes de comenzar mi pequeño turno de ocho horas, esa voz que todavía se me queda vibrando en el pecho como si hubiera estado demasiado tiempo en silencio, opto por guardar el teléfono en mi bolsillo.
—Vamos, hace un clima de mierda —comenta el doctor Calder, mirando la nieve que se empieza a acumular más de la cuenta el estacionamiento del hospital.
—Gracias, pero prefiero caminar —respondo, aunque sé que es una estupidez. Sé que debería aceptar, que el viento sigue arrastrando la nieve sin piedad alguna y esta golpea mi abrigo como si quisiera empujarme de regreso al edificio.
—¿Acaso tienes novio?
La pregunta me hace cerrar los ojos un segundo y tomar un poco de aire.
Pienso en Azrael, en la forma en que dice mi nombre cuando me ve y en el pequeño quiebre de su respiración al escucharme.
No puedo evitar esbozar una pequeña sonrisa al pensarlo.
Es un sentimiento cálido y peligroso al mismo tiempo.
—Sí —digo al final convencida, posando mi mirada en el contrario—. Y estoy esperándolo, de hecho.
El doctor suspira, mira su reloj y luego al cielo blanco que continúa cayendo sobre nosotros.
—Bien, esperaré contigo hasta que venga. No quiero que te pase nada.
Hijo de puta.
Aprieto los labios, porque no me apetece explicarle que he mentido y que no necesito su protección, que ya estoy demasiado acostumbrada a esperar bajo tormentas que no se detienen y bajo silencios que pesan más que la nieve acumulándose sobre mis hombros.
—Eso no es necesario…
No termino la frase, no insisto. Porque no sé qué más decir después de eso. En realidad sí quisiera que alguien esperase conmigo, pero no él, no así, no con esa preocupación fingida y doble intencionada que no pertenece a mi mundo.
Saco el teléfono otra vez. Mis dedos se mueven casi solos, buscando el número en la lista de contacto, sé que aún lo tengo, como si mi memoria necesitara comprobar que sigue ahí, que el contacto no ha desaparecido, que no fue un sueño haber guardado su número.
Presiono el botón de llamar sobre el número que he encontrado y ruego en silencio. Ruego que conteste. Ruego que sea el mismo número. Ruego que no se haya perdido en algún lugar oscuro donde no pueda encontrarlo.
Y contesta a la primera.
—Willow —dice.
Azrael.
Solo mi nombre. Bajo y oscuro, como si hubiera estado repitiéndolo dentro de su cabeza antes de hablar. Él también debe tener mi número guardado y esa idea le da un vuelco a mi corazón como una adolescente.
—Hola, cariño —respondo, y sonrío sin darme cuenta—. ¿Ya vienes? Te estás tardando mucho.
Hay un silencio muerto del otro lado, un silencio que conozco demasiado bien en él, como si estuviera evaluando algo que no puedo ver.
—¿Estás bien?
La pregunta me envuelve el pecho con una presión suave y peligrosa. Miro al doctor de reojo y bajo un poco la voz, aunque sé que puede oírme si quiere.
—Sí. Estoy esperándote en el hospital. Dijiste que pasarías por mí para ir a cenar.
Escucho un sonido grave, algo que podría ser una maldición susurrada o el roce de su respiración contra el teléfono.
—Mierda… ¿hay alguien contigo?
Suelto una pequeña risa apenas, forzada, porque la preocupación en su voz es algo que no sé cómo afrontar sin que me duela.
—Sí, estás cerca… está bien —murmuro—. Te amo .
¿Te Amo? Qué carajos Willow.