Reaper (Código Negro 2) Capítulo 25
37%

Capítulo 25

La puerta principal se abre y las risas masculinas entran primero, jóvenes, despreocupadas, ajenas a lo que significa estar en esta sala con las cortinas cerradas y el aire espeso.

Mi tío deja la cámara sobre la mesa con una calma que da más miedo que cualquier grito, se acomoda la camisa como si estuviera a punto de recibir invitados importantes y no a un grupo de chicos que no deberían estar aquí.

Nos mira una por una, despacio, evaluando, como si fuéramos objetos alineados en un escaparate que él mismo ha preparado.

Siento que el corazón me late tan fuerte que alguien va a oírlo, que se va a delatar solo.

—Compórtense —dice sin elevar la voz, pero sus ojos se clavan en mí—. Nadie quiere dramas. ¿Entendido?

Una de las chicas asiente demasiado rápido. Otra se abraza el estómago como si tuviera frío. Yo intento tragar saliva y no puedo. Me obligo a mirarlo a la cara aunque me tiemblen las piernas.

—Tío… —mi voz sale en un susurro, pequeña, rota— dijiste que solo eran fotos.

Su expresión cambia apenas un milímetro, lo suficiente para que entienda que he cometido un error al hablar. Se acerca despacio, invade mi espacio, huele a alcohol y colonia barata. Me sujeta del brazo con una firmeza que me promete un severo castigo si sigo cuestionándolo.

—Y lo son —responde con una sonrisa tensa que solo es una falsedad—. No empieces a imaginar cosas donde no las hay. No seas desagradecida. Te estoy dando un lugar donde vivir, ¿recuerdas? Tus padres ya no pueden hacerlo.

La mención de mis padres me atraviesa como un golpe seco.

No les importó morir y dejarme aquí. No les importó dejarme en las manos de él, ya que es lo único que me quedaba.

Me suelta con un pequeño empujón que casi parece cariñoso, si alguien lo mirara desde fuera, pero yo siento la amenaza en la presión de sus dedos. Lo odio.

Los chicos entran al salón y el ruido aumenta.

Miradas curiosas, murmullos, una risa nerviosa que me pone la piel de gallina.

Ninguno parece mayor que yo, pero eso no hace que la situación sea menos aterradora; al contrario, la hace más absurda, más cruel.

Somos niños jugando a algo que no entendemos, dirigidos por un adulto que sí entiende perfectamente lo que hace.

Soy lista y sé que está mierda es retorcida, lo he visto ver películas de adultos, porno, no de esas en las que piensas que ya lo has visto todo, he visto cosas en la televisión demasiado jodidas para mi edad.

Puedo darme cuenta, pero soy demasiado cobarde para gritar y huir, tampoco puedo decirle que no.

—¿Están listas? —pregunta uno de ellos con una sonrisa torpe que se borra cuando ve nuestras caras.

Ninguna responde. El silencio pesa como una losa.

Mi tío se coloca en medio de la habitación, abre los brazos como si estuviera inaugurando un espectáculo y su voz adquiere un tono festivo que me revuelve el estómago, puedo apreciar una sonrisa en su rostro que me genera nauseas.

—Que comience la fiesta.

Siento que algo dentro de mí se apaga en ese instante, no de golpe, sino como una luz que parpadea antes de rendirse.

Miro a las otras chicas y veo el mismo miedo reflejado, la misma pregunta sin respuesta, y entiendo que nadie va a venir a detener esto, que no hay un adulto bueno cruzando la puerta para salvarnos. Solo estamos nosotras.

El sonido de la respiración jadeando de los chicos y su saliva en la boca al vernos en ropa interior me genera demasiada repulsión pero no hay más opción que aceptar la realidad, pase lo que pase esta noche, ninguna volverá a ser exactamente la misma. Y menos yo.